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martes, 15 de enero de 2008

Feelings

Las luces de la ciudad de Tomoeda decaían en su potencia. Poco a poco, los faroles dejaron de reflejar el naranja color del atardecer, de un verano poco soportable, para dar paso a un triste color azulino claro, que alumbraría a partir de ese momento las calles hasta la llegada del amanecer.

Noche tranquila, cielo lleno de estrellas.

Noche inquieta y llena de preguntas.

Ansiedad que no pudo ser satisfecha florece en su pecho. Suspiros escapan de sus labios y sus ojos se pierden en la infinidad de la oscuridad. Verdes cristales reflejan la tristeza, la fuerza de voluntad y la espera paciente al primer destello de una estrella. Todo aquello que pudiese mostrar una pequeña jovencita de quince años de edad cuya vida aún no había sido recorrida en su plenitud pero que guardaba en su pequeño corazón de niña el deseo más ferviente, el regreso del ser querido y verdadero amor.

-Sakura…- se oyó decir a una voz diminuta y fina.- ¿No puedes dormir? – preguntó preocupada.

Un pequeño gemido lamentoso fue lo único que se escuchó como respuesta.

-Sakura.- dijo con tono más preocupado.

La muchacha estaba sentada frente a la ventana y se recostada en el barandal de esta. Miraba como el cielo cambiaba sus tonos entre rojizos y anaranjados con total lentitud. En las tardes de verano, cuando no tenía nada pendiente, le gustaba sentarse allí y pensar. Hacía que el tiempo fuese algo trivial mientras estuviera posada allí.

El pequeño animal de pelaje dorado voló hasta posarse frente a su ama: la dueña de las cartas mágicas y poseedora del báculo de la estrella, Kinomoto Sakura.

-Sakura…-volvió a llamar con angustia más pronunciada.

La jovencita de cabellos cortos de ligero color marrón volvió su vista hasta posarla con los pequeños ojos negros de aquella criatura más parecida a un peluche.

-Kero-chan…-respondió en voz vaga casi ausente.

El nombrado acerco una patita a la frente de su dueña, golpeándola suavemente.- Estoy muy preocupado por ti.- la carita expresaba lo que las palabras trataban de explicar.

Kinomoto quedó observando a su compañero, sus ojos brillaron como recobrando su vitalidad.

-Per…perdóname Kero-chan.- soltó con sinceridad, acariciando la cabeza de su guardián.- No fue mi intención preocuparte.- continuó esbozando una linda sonrisa. Aquel gesto cumplió su cometido y el animalito correspondió con otra sonrisa, una calmada.- Sólo me quedé pensando…

-Pero, haz estado así desde que iniciaste el primer semestre de la escuela media…, Tomoyo está muy angustiada por ti…incluso Yue…-habló Kerberos sin apartar la mirada de los ojos jade de la dueña de las cartas.- ¿Ha pasado alguna cosa? O… ¿Hay algo que pueda hacer por ti? – preguntó con mucho interés y con ver decidido.

Las esferas verdes por ojos de Sakura se entrecerraron enternecidas.- Muchas gracias, Kero-chan. Pero no me pasa nada en realidad…sólo que…

-Tú sabes que siempre puedes contar conmigo, ¿cierto Sakura?. Somos amigos.-

Ella abrió sus brazos y, con sumo cuidado, abrazó al animalito. Sus mejillas sonrosadas chocaban con la pequeña cabeza de su guardián en miniatura. Una disimulada lágrima rodó por la mejilla opuesta, oculta a los ojos de Kerberos.

-Te lo agradezco, siempre estaré muy agradecida de tenerte a ti como mi buen amigo, Kero-chan.

El “gran” guardián y protector de la dueña y señora de la baraja de la “Estrella”, relajó sus músculos y sonrió, disipando las dudas que por un momento embargaron su corazón.

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Los primeros rayos de una cálida mañana se infiltraron por la ventana de la habitación de una niña de primaria. El reloj despertador aún no había anunciado la hora, prevista una noche antes, para levantarse. Permitiéndole a esa persona, dormir hasta que llegase el momento de despertar. Ni siquiera la luz que caía de frente al rostro femenino, inquietaban el sueño de la doncella.

Pocos minutos pasaron hasta que sonase la alarma.

Ella elevó con delicadeza un párpado, el rayo de luz cayó directamente a los irises esmeraldas. “Lastimada”, se tapó con las ligeras sábanas hasta tope de su cabeza. No quería levantarse y dar cara a una calurosa mañana. El despertador esférico y de color rosa, seguía en su labor, sin que nadie lo apagase. Cuando el sonido se hizo insoportable, una delicada mano topó la superficie de este, cesando el ruido.

Con pesadez, descubrió las sábanas y su vista, aún cerrada, se negaba a enfrentar un nuevo día. A su corta edad, esta niña había sufrido incontables emociones, las cuales habían servido para el crecimiento y fortalecimiento de su carácter. Amable, cariñosa, sincera y muy valiente; eran las cualidades que daban nombre al título de Cazadora de cartas. Sin embargo, lo de “cazadora” sería un término en pasado. Ahora, con quince años de edad, era la dueña absoluta de unas cartas que habían cambiado para siempre su vida.

Les debía tanto a esas entidades y no pasaba un solo día sin que agradeciese a los cielos el poder contar con ellas.

Se sentó y estiró los músculos que habían estado en reposo durante el sueño. Había sido una agradable noche y le costaba el tener que despertar. Una sonrisa, con los ojos aún cerrados, adornó el rostro infantil.

-Hoy…daré lo mejor de mí.- susurró suavemente para ella sola soltando una risita al final.

Un cajón de su escritorio se abrió lentamente y de su interior, una criatura de aspecto gracioso emergió con igual pesadez que la niña en la cama. Voló con torpeza hasta la cabecera del sitio en donde dormía su ama. Sakura al notar la presencia de su guardián, le saludó:

-Buenos días, Kero.- soltó en tono sutil sabiendo que el nombrado aún no despertaba del todo.

-Buenos días…-respondió el animalito con cansancio.- El despertador sonó más de lo debido ¿no, Sakura? – añadió despejando un poco más su mente.

-Sí.- contestó la chica de cabellos cortos y marrones.- Perdóname si te desperté muy temprano Kero-chan.- habló con sinceridad la jovencita.

-No te preocupes.- el animal parecido a un peluche de pelaje dorado siguió.- ¿Pero, porqué lo pusiste muy temprano…? Que yo recuerde ni cuando te toca servicio lo colocas a esta hora.

-Es que hoy he decidido que me esforzaré mucho más.- en su tono se notaba el entusiasmo.- Ya no saldré más apurada a la escuela y no me atrasaré con los deberes.- su sonrisa era de confianza y compromiso.

Kerberos alabó su empeño pero…

-Algunos hábitos son difíciles de cambiar, Sakura. Poco a poco se logra mejores resultados, ¿sabes?

-Sí – sin molestarse a la falta de confianza, ella respondió.- Pero, igual lo intentaré.- terminó con el rostro iluminado ante su irrevocable decisión.

El guardián de dorados ojos asintió convencido.

Ella era Sakura después de todo. Además, tenía un poderoso conjuro de su parte.

Se levantó y animosa, se vistió con el uniforme de verano para poder ir a su escuela. Su cabello había mantenido el corte habitual sólo estaba un poco más largo, pero no lo suficiente como para que rozase con su nuca. Sus coletas de esferas habían sido reemplazas con unos ganchos de colores y sus mechones de cabellos seguían intactos, adornado el perfil de su rostro.

Su rostro…

Había cambiado un poco. Aún conservaba el encanto de la inocencia pero un leve velo de mujer cubría el mismo. Sus facciones se habían vuelto más finas, sus pestañas más largas y sus labios un poco más gruesos. La adolescencia daba sus primeros pasos y la transformaban en una bella jovencita.

Porque hermosa, su alma siempre fue.

Peinó y arregló su cabello, alisó con sus manos los pliegues de una corta falda blanca y acomodó con cuidado la corbata que desde la blusa, caía hasta mitad de su pecho. Estaba lista. Antes de salir del cuarto, cogió su maleta de forro de cuero negro y el saco característico de su colegio. A pesar de ser verano, era un reglamento de la escuela el llevarlo. Se despidió de Kero desde el marco de la puerta y salió sin oír el recado de los dulces de la tienda nueva que anunciaban por televisión que tanto deseaba que Sakura se los comprase.

Sería para otra vez.

Bajó las escaleras de su casa sin hacer bulla. La hora que marcaba el reloj de la cocina era cinco minutos para que sean las siete de la mañana. Su hermano, estaría durmiendo aún; y su padre estaría también descansando. Porque si mal no lo recordaba, él había estado despierto hasta altas horas de la noche por asuntos de la universidad. Sí, su padre aún trabajaba en aquel lugar, pero ahora le habían ascendido de cargo y era decano de la facultad de Arqueología. Un gran logro, el cual festejaron ni bien se enteraron de ello.

Su hermano había conseguido una beca en deportes y estudiaba en la universidad, alternando deberes y trabajos de medio tiempo. Sakura también quiso conseguir un pequeño empleo pero, tanto su padre como su hermano se negaron; y ella acabó, para beneficio y seguridad de todos, con los quehaceres completos de la casa. Así, ayudaba más de lo que ella pensaba.

Caminó hasta la cocina, posó su maleta en la mesa y decidió preparar un rápido desayuno. Las manecillas señalaban las siete y cuarto cuando terminó de colocar la mesa para ella y su familia. Esos eran sus labores diarios: preparar las comidas del día, ocuparse de la limpieza y el lavado de la ropa; y una que otra tarea más. Pero, la mayoría de las veces, la casa estaba vacía y no había mucho por hacer. Así que la pasaba en su cuarto repasando su brujería.

Kero la había mantenido ocupada en sus ratos libres repasando hechizos para el uso veloz de las cartas sin la necesidad de recitar un conjuro previo a su uso. Así, la de ojos verdes había podido dominar tan sólo con el pensamiento la capacidad de usarlas sin siquiera nombrarlas. Como Clow solía hacerlo en vida…

Pero, no sólo el mejorar los talentos de la dueña de las cartas de la “Estrella” había sido el objetivo de la criatura mágica y guardiana. El principal y, quizá, el verdadero motivo para mantenerla distraída era el que ella no se pusiese a pensar en aquel muchacho que viajó a China años atrás. Preocupado, Cerberos se encargó en la labor de dedicar su tiempo a que ella no pensase en el descendiente de Clow.

Todo por amor a su amiga.

Cuando la mesa estuvo puesta, no pasaron muchos minutos hasta que su hermano, la altiva apariencia masculina, llegase al mismo lugar que estaba ella. Sonrió con malicia y una expresión de desconfianza se mostró en su faz. Si bien, ya no la trataba de monstruo, aún no le daba los créditos suficientes para tratarla de otra manera.

-Buenos días, hermano.-saludó ella desde el otro extremo de la cocina.

La jovencita de vivaces ojos vedes, al notar que su pariente estaba expectante observando la mesa, le comentó:

-No se come por los ojos.

-Si se pudiese…me dejarías ciego.- contestó, sentándose a la mesa y cogiendo un bocado de lo servido.

La menor de los Kinomoto observó con falso desprecio a su hermano, pero luego su semblante cambió al verlo comer sin más quejas. Todos los días era lo mismo, no se cansaría hasta recibir un buen comentario de Touya alabando su comida. Aunque fuese una labor difícil, ella lo conseguiría. Así sería.

Después de todo, si quería ser en el futuro una buena esposa…lo menos que podía hacer, era congraciar a su esposo con deliciosas comidas…A su esposo…verlo feliz, al lado de ella.

Una mueca triste y un ligero sonrojo fue lo que mostró la niña de moños durante el resto del desayuno. Touya, el joven de cabellos oscuros, miró y analizó la faz de su hermana y el cambio de su actitud, llegó a la misma conclusión de siempre: ese mocoso.

No le había preguntado el porqué de estar levantada más temprano. Sabía que no tenía práctica de porristas ni que tenía que ir por servicio al salón de clases. Pero aún así, no interrogó. Entendía que de alguna manera, la persona que tenía frente suyo, estaba reclamando autonomía y él respetaba eso. No quería que ella cambiase radicalmente. Tenía en mente por siempre tener a su hermanita pequeña, la inocente y dulce Sakura. Se había acostumbrado a la idea pero, entendía que el “por siempre”, era sólo un engaño.

Ella crecería y buscaría por sus propias medidas la capacidad de “volar”. Sin la necesidad de contar con manos que la elevasen al cielo…le costaba y dolía ver que ella muy pronto no lo necesitaría.

No poseía más el talento mágico, se lo había otorgado a la criatura parecida a un ángel llamada Yue para que cumpliese su labor. Pero aún así, sentía que no había hecho todo lo que en sus manos estuviese para lograr apoyarla y auxiliarla. Percibía que se había quedado estancado en su tarea de ser su hermano protector…Aún sin poseer poderes sobrenaturales, había podido evitar el gran sufrimiento que causó ese mocoso al partir. No pudo proteger aquel corazón que lloró de tristeza noche tras noche, y que las palabras dulces no podían apaciguar. Lo único que hizo fue observar y maldecir a aquel que se fue dejando un corazón roto.

Mordió su labio inferior, un leve quejido escapó de la boca del joven universitario.

-Hermano, ¿estás bien? – preocupada, la niña de ojos esmeraldas, elevó su vista hasta los cafés de su pariente.

Este evitó la mirada.- No pasa nada.- y continuó comiendo.

-Hermano…-enfatizando la palabra.

Del rabillo del ojo- Que pasa – habló de mala gana, sin intención de seguir la conversación, el muchacho trigueño.- Come rápido sino se te hará tarde y por puro gusto te habrás levantado temprano.

Haciendo un puchero silente, ella se levantó de la mesa y llevó sus platos al fregadero.

-¿Tienes clases temprano en la universidad hoy, hermano? – pregunto interesada la joven. Olvidándose de la antipatía que sintió momentos antes.

-No.- tomando un sorbo de café.- Mis cursos empiezan luego del medio día.- terminó.

-Entonces, ¿por qué te haz levantado a esta hora…?

Sin responder, Touya Kinomoto se levantó de su lugar, dándole la espalda a su hermana. No sin antes, detenerse en la puerta y murmurar con suave voz:

-Que te vaya bien en la escuela, “Sakura”.

Y ella sonrió.

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Yendo por el camino habitual con dirección a la escuela pre-secundaria, la dueña de las cartas que poseían su nombre, cruzó con velocidad el gran parque céntrico de la ciudad de Tomoeda. Aún conservaba los patines que tanto había usado en su niñez cuando le tocaba la tarea de lidiar con alguna carta rebelde. Guardaba agradables recuerdos con ellos.

También, seguía siendo buena en los deportes y, las matemáticas continuaban siendo su materia menos agradable. En lo que se refería a pequeñas cosas, todo era igual que cuando era pequeña. Su esencia no había sido alterada.

Llegó al portón principal de la gran escuela, se encontraba abierto pero sin alumnos que entraran por el gran umbral que dividía las calles del interior de la institución. Pasó y se dirigió con paciencia hacia el salón de clases.

Fue la primera en llegar.

Abrió las ventanas, dejando que el aire fresco recorriese los rincones de cada esquina en la que el oxígeno no hubiese podido llegar. Borró las escrituras de las pizarras y modificó la fecha correspondiente. Luego, limpió los borradores y los colocó en el pupitre correspondiente al tutor. Con sonrisa en el rostro, regresó a su asiento.

Siempre había tenido la buena fortuna de que su lugar en el aula estuviese al lado de una ventana. Es como si le permitiesen la oportunidad de distraerse de lo tediosas que podían ser las clases y, mirando al exterior, podía dejar que su imaginación jugase con los pétalos de cerezo que en primavera florecían. Y, no sólo eso. Imaginaba que podía llegar a muy lejos…usando sus propias alas, volaría hasta China…encontraría la esencia añorada por tantos años y se dirigiría ahí sin pensarlo dos veces.

Ansiaba el poder verlo. Más alto que ella, más varonil y más caballero. Pero, igual de tierno y de amable; de valiente y… de tantas cosas más con las cuales poder soñar acerca de él. De su amado, Li Syaoran.

Suspiró. La nostalgia invadiendo su corazón y la imagen de él gobernaba su cerebro. Le extrañaba demasiado…no importaba cuantos fuesen los intentos de Kero-chan, de su hermano, o los quehaceres de la casa; siempre había un segundo en que su mente podía divagase en recuerdos. Pero, no podía dejarse abatir por ello. Debía mostrarse firme, para que así la buena voluntad de los otros no fuese en vano.

No quería preocupar más a nadie. Seguramente, si aquel muchacho la viese en ese estado, también estaría inquieto por saber lo que le pasa. Sonrió. Él es una persona muy tímida y sería casi imposible que se acercase directamente a interrogarla sobre sus sentimientos.

Un sonrojo cubrió el rostro de la niña casi mujer. Bellos ojos jades brillaban vivaces y a punto de desbordar penas. Una curvatura triste era lo que los labios dibujaban en aquel hermoso rostro. La mirada perdida en aquella ventana, divisando en el portón, la llegada de los alumnos del instituto Tomoeda.

Limpió su rostro con el reverso de su mano y dio unas suaves palmadas a sus mejillas, dándole una tonalidad rosa natural.

-No puedo ponerme triste.- se dijo, animándose.- Daré lo mejor, ahora y siempre.- continuó, llenando su espíritu de confianza y entrega.- Por mi familia, por Kero-chan, por Tomoyo-chan, por…. Syaoran-kun y…por mí.

El salón fue llenándose poco a poco. Afables estudiantes se saludaban los unos a los otros mientras que jovencitas reían en los pasillos comentando lo que habían hecho el día anterior.

Alrededor de la carpeta de la joven de cabellos cortos y marrones, había un grupo de jovencitas que reían sutilmente. Una de ellas, llevaba gafas y poseía un cabello largo y liso; su nombre Naoko Yanagisawa. A su lado, una joven conversaba con la susodicha de forma entusiasta, ella era Chiharu Mihada, que también era la novia del estudiante de mayor “ingenio” de la escuela, Takashi Yamazaki. Una joven de delicadas facciones sonreía a lo comentado por la otra muchacha. De cabellos oscuros y ondeados, Rika Sasaki a medida que se involucraba en la conversación, no dejaba de acariciar aquel anillo que posaba en su dedo anular izquierdo.

Estar rodeada de aquellas personas la hacía feliz. El poder conversar con ellas la motivaba a seguir sonriendo.

Una voz débil pero armoniosa interrumpió la conversación.

-Buenos días.- saludó la recién llegada.

Tomoyo Daidouji se presentaba ante ellas con escasos minutos de retraso. Se disculpó diciendo que habían llamado de la oficina de su madre y requerían sus servicios como modelo para un nuevo lanzamiento de muñecas que su madre estaba promocionando. Aparte de una prominente cantante, a su corta edad había sido la imagen para numerosas marcas de ropa y era la modelo adolescente más cotizada.

Aquello no le llamaba mucho la atención pero era de suma importancia para su madre. Así que la complacía. Además, al involucrarse en aquel mundo, aprendía con devoción lo necesario para que su sueño de confeccionar vestuarios se hiciese realidad. Su ideal incluía a su mejor amiga, Sakura Kinomoto, como la principal modelo.

-Buenos días, Tomoyo-chan.- respondió al momento la de cabellos cortos marrones.

-¿Qué tal, Sakura-chan? – respondió con encantadora sonrisa, ubicándose a su lado, en la carpeta que le tocaba.

-Muy bien, gracias.

La conversación no pudo durar más debido a la llegada del tutor de la clase. Un hombre alto de carácter amable y de claros ideales, que robaba suspiros a las escolares y hacía sonrojar de ternura a una muy especial.

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Los cursos del día acabaron y las campanas anunciando el retiro del alumnado comenzaron a sonar. La joven de largos cabellos azulinos, Tomoyo Daidouji, se acercó a Kinomoto.

-Con las chicas pensábamos en ir a las tiendas que se encuentran en el centro después de clase. ¿Te gustaría ir? – preguntó con dulzura el prodigio del canto.

-¿A las tiendas? – repitió inocente la antes cazadora.

-Así es. Iremos a conocer la marca de maquillaje que mi mamá produjo hace unos meses.- continuó, esperando que la jovencita aceptase.- Seguramente, si somos más, nos harán buenos descuentos.- finalizó con sonrisa un tanto maliciosa.

-Nunca había ido a ver maquillaje…- murmuró Sakura.- Pero, está bien, iré. Sólo dame un momento.- aceptó, guardando rápidamente sus útiles en su maleta.- Listo.- curvó sus labios en radiante sonrisa.

Naoko, Chiharu y Rika; las esperaban en la puerta principal de la escuela.

-Se demoraron.- habló la más entusiasta.

-Que bueno que decidiste acompañarnos.- dijo Naoko, cambiando el humor de la conversación.

-Sí, gracias por invitarme.- contestó una avergonzada jovencita.- Pero a decir verdad, nunca he tenido oportunidad de mirar maquillaje, ni mucho menos probármelo.- sus mejillas se encendieron ante su sinceridad.

Rika rió.- Yo tampoco he podido hacerlo, Sakura. Pero me llama la atención y creo que es mejor si vamos todas juntas.- confortó ella.

-Gracias, Rika-chan.- agradeció la susodicha.

-Entonces, vamos yendo.- intervino, Tomoyo.

Las jóvenes adolescentes se dirigieron con rumbo al centro de la ciudad de Tomoeda. El lugar en donde la mayor parte de los habitantes pasaba largas horas en sus almacenes y restaurantes. Disfrutando de lo apacible que podía ser ese pueblo y sin siquiera recordar los incidentes que pasaron hace años. Gente alegre y conversando era lo que se podía observar a donde se voltease la vista.

Recorrieron las galerías principales de la zona antes de dirigirse al lugar en donde se ofrecía el producto que era de su interés inicial. Eran jóvenes mujeres y la curiosidad de aquel elemento que transformaba hasta la menos agraciada en un monumento a la belleza femenina, que si bien, ninguna en realidad lo necesitaba, era un simple “intentar” ante tanto comercio que veían en el sitio.

Entraron al local y fueron recibidas por mujeres de divina silueta que las acompañaron hasta un área que, con un cartel, indicaban los productos especiales para niñas. Rubores de ligeros colores, labiales de tonos rosados, brillos, compactos de tonalidades pastel; y demás artículos de belleza que no denotasen agresividad en ellos. Todo pensando en lo más natural para las pre-adolescentes.

Chiharu fue la más interesada, probaba los labiales y sonreía ante un gran espejo que había en ese pequeño lugar. Naoko sólo reía ante las poses que podía hacer su amiga cuando se dejaba llevar. Rika observaba avergonzada un compacto de sombras, dudosa de probárselo. Tomoyo sólo se limitaba a observar con Sakura a su lado.

Pronto, la dueña de las cartas tuvo la urgencia de seguir el juego con sus amigas. Acercándose hacia un mostrador que portaba brillos de distintas tonalidades en pastel. Tomó uno y los desenroscó. Untó un poco en sus labios y observó su rostro en el espejo.

Se ruborizó ante lo que veía. Sus amigas la rodearon.

-Te queda muy bien, Sakura-chan.- habló Chiharu.

-Sí, te ves muy linda.- corroboró Naoko, la de lentes.

-¿Lo…lo creen así? – temerosa, la de ojos jades, quiso dejar el artículo en su lugar pero una mano la detuvo. Tomoyo le miraba con ternura y agregó.

-Te lo puedes quedar, Sakura-chan. Es un regalo mío.- convenció la de cabellos azulinos y largos.

-Pero…- dudó de nuevo, la nombrada como las flores de cerezo.

-Acéptalo, ¿si?

Tras un momento de incierto. Ella dijo que sí.

Al salir de la estancia, Sakura anunció que debía retirarse a su hogar. Tenía que preparar la cena.

-Volveremos a salir muy pronto.-comunicó Naoko.

-Espero que también vengas con nosotras.- habló Chiharu con alegría en el tono.

-Sí, lo haré.- agradeció la escolar, dándose vuelta.- Muchas gracias por el regalo, Tomoyo-chan.- dijo antes de partir.

-No hay de qué.- contestó finalmente la antigua maniática de las grabaciones, Tomoyo Daidouji.

Las cuatro amigas vieron como una de las suyas se perdía entre la multitud de las personas. Todas llevaban un semblante tranquilo y sonrisas corrían en la comisura de los labios de cada una. Sus corazones latían impasibles y las dudas de semanas atrás parecían haberse disipado.

-Me alegro que Sakura-chan, nos haya acompañado.- comentó una jovencita de cabellos marrones casi cobrizos, Chiharu Mihara.

-Ha estado cabizbaja desde que iniciamos el nuevo curso.- continúo la de lentes y de cabello lacio, Naoko Yanagisawa.

-Es cierto, no se comportaba como antes y su sonrisa parecía vacía.- Rika Sasaki, agregó con sutil tono de preocupación.- Fue buena idea el salir todas juntas, verdad Tomoyo-chan? – la mirada de la nombrada aún trataba de encontrar la espalda femenina que las había dejado momentos atrás. Al oír su nombre, volteó hasta fijarse en los ojos de quien le hablaba.

Asintió con la cabeza.

-Fue bueno verla sonreír. Aunque el motivo de la salida no fue algo especial...-confesó.- Al menos, Sakura-chan pudo relajarse y divertirse…al menos…ya no estaba con ese semblante triste y ese ver distraído…- habló la jovencita de quince años de cabellos largos azulinos oscuros.- Sólo me gustaría poder ver aquella sonrisa más a menudo, como antes. Como cuando Li-kun estaba entre nosotras…-divagó.

-Ella no ha podido… ¿verdad?

-No, aún lo sigue esperando.- habló Daidouji.- Lo seguirá haciendo y no se rendirá. Yo sé que Sakura-chan se repondrá pronto y volverá a ser como antes. Volverá a saludarnos con tanta energía que hará que nos contagiemos de ella. Será esa misma alegría y devoción lo que hará que Li-kun regrese.

-Ojalá y así sea, Tomoyo-chan.- dijo Rika, observando la faz preocupada de su amiga.

-Yo confío en Sakura-chan; y “sé que todo estará bien”.

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Tomó un camino diferente al habitual al retornar al su domicilio. Distinto pero no desconocido. Se deslizó por las avenidas cuesta abajo de la pequeña ciudad y cruzó calles con una velocidad impresionante. No quería detenerse, pero tampoco quería llegar pronto al lugar que había dicho al que llegaría.

Sus irises verduscos divisaron un complejo de departamentos que ocupaban una gran manzana a la vuelta de la esquina. Frenó sus patines y se quedó estática frente a ese lugar. Su mirada estaba quieta en una puerta visible a sus ojos pero con el sólo mirarla, no lograría que esta se abriese.

Ella sabía desde hace mucho tiempo que la puerta de aquel departamento, el interior, era habitado por una familia diferente. Ya no encontraría a aquel chico detrás de aquel lumbral. Ya no vería la sonrisa que con cariño la recibía, aprecio que ella en su niñez no percató los indicios del verdadero amor. El corazón alojado en su pecho marchó sin cesar en un palpitar acelerado. Sus mejillas calientes, sus manos temblantes y el labial inferior apretado con sutileza contra el otro…, ella quiso llorar.

Aguantó la respiración y negó fuertemente con la cabeza colocando las manos sobre su pecho.

-No, no voy a llorar.- se dijo así misma.- No lo haré.- repitió.- Porque cuando vea a Syaoran-kun, lo recibiré con una sonrisa…-susurró con su dulce voz de enamorada.- Porque yo…- rosadas mejillas aumentaron sus tonalidades y la voz cesó por emoción más que por vergüenza.- Será mejor, ir a casa.- dando un último vistazo a gran edificio delante de ella.- Adiós…

Con una velocidad menor a la primera, Kinomoto regresó a su hogar con la vista clara y con un suave viento rozando su rostro. Las palmas de sus manos casi podían tocar el aire al sentirse tan ligeras.

Al llegar, abrió la puerta para luego cerrarla con llave. Notó que los zapatos tanto de su padre como de su hermano, no se encontraban en el recibidor. La curvatura de sus labios se alargó en una gran sonrisa, ahora podía preparar la cena sin preocupaciones por el tiempo. Corrió por el pasillo y subió las escaleras con dirección a su habitación.

Tocó como de costumbre la puerta para avisarle a la criatura mágica sobre su presencia, pero no recibió respuesta. Abrió despacio y se sorprendió que su guardián no saliese a recibirla.

-Que raro…- habló.- ¿Kero-chan…?- llamó con incertidumbre.- Ya llegué, Kero-chan. Sal…- buscó en el cajón y no lo encontró. Divisó en la superficie de su escritorio una nota escrita torpemente. La cogió y leyó las letras superficiales que habían sido trazadas con rapidez.

“Sakura, como no llegaste a escuchar lo que quería pedirte, he decido ir por mi cuenta a ver los dulces de esa tienda nueva que aquella periodista comía con mucho apetito por la televisión. No tardaré.

Saludos,

El gran Kerberos.

P.D: Escuché decir a tu padre que llegaría tarde, y que tu hermano tendría prácticas hasta entrada la noche. Aún así, prepara una deliciosa cena y un gran postre.”

La muchacha releyó la carta otra vez. Y fuera de que Kero había salido en busca de dulces por su cuenta, de que su padre y su hermano no estarían con ella para cenar…descubrió que estaba sola en su casa.

Estaba sola en su casa…

Dejó el trozo de papel sobre el escritorio de lisa madera y fue a sentarse en su cama de cubrecama rosa pastel.

Suspiró.

Movió inconcientemente sus pies de arriba abajo. No sabía que hacer. Tenía tiempo suficiente de preparar la comida sin necesidad de hacerla en ese preciso momento. Sus ojos se perdieron en la infinidad del piso, como buscando la respuestas en el parquét de madera. Dándose cuenta que aún seguía con el uniforme de la escuela media Tomoeda, se dio prisa en cambiarse de atuendo.

Optando por una falda de pliegues color blanco y un polo de tiras delgadas naranja, el calor la obligaba a vestirse lo más cómodamente posible para poder así estar a gusto dentro de aquel lugar cerrado y en el que a escasas maneras la brisa de un aire acondicionador llegaba.

Sentándose ahora en el suelo, frente a aquel aparato que brindaba frescura, cogió su maletín sacando de su interior: cuadernos, su caja de útiles, dos libros de texto y…en un pequeño estuche, aquel regalo que su mejor amiga le había obsequiado.

Miró con curiosidad el empaque de aquel producto de belleza. Era alargado y de color rosa. Con un motivo de estrella en el centro que encerraba el nombre de la compañía de la madre de la de azulina mirada y miembro del coro de la escuela a la cual asisten. Destapó el objetó y desenroscó hasta ver salir por la superficie aquella silicona de color transparente que haría de otorgar a sus labios un brillo natural.

Allá en la tienda, con esmero presenció como sus amigas se divertían con aquellas muestras y ella también quiso ser parte de eso. Agarró lo primero que a su vista cruzó y su intención jamás fue el de llevar tal objeto con ella. Un regalo dado especialmente por aquella persona que la quiere como una hermana y con el fin de animar su espíritu.

Volvió a probar en sus labios aquel brillante material. Viéndose detenidamente a un espejo, se miró como en mucho tiempo no lo hacía. Las facciones suaves de su rostro se tiñeron de un carmesí que hacía juego con el color del labial y sus ojos miraban incrédulos a lo que su cristal reflejaba.

Se veía a sí misma, mayor y… ¿bonita?

Se avergonzó terriblemente.

-Je…je…je…- río en su nerviosismo.-…que estoy haciendo…si me vieran…así - sus irises destellaban sin perder la vista a aquella imagen de joven mujer.- Que pensaría…- posó una palma sobre la mitad de su rostro en el espejo.-…que diría Syaoran-kun…si me viese mayor…-soltó de repente, meditándolo en lo personal de su alcoba.- Es posible, ¿qué aún…sienta lo mismo por mí…? – Su mente no pensaba con claridad y sus labios profesaban a la imagen aquello que su corazón evitaba sentir.- …le gustaría de esta manera...- retiró la mano de la superficie del espejo, contemplando a la joven de quince años.- O…- con el revés de su mano, limpió de ras aquellos delicados labios, quitando por completo el luminoso material.- o…así? – La faz de niña volvía a aparecer, con una sonrisa triste y una expresión de vergüenza.-…que estoy haciendo…- en confusión, regresó a la pregunta del principio y la fundamental.

Cerró sus brazos alrededor de sus piernas y aproximó su mentón a sus rodillas, dejando que su rostro cayese completamente sobre ellas y, así, ocultar las fuertes lágrimas que resbalaban por la cándida superficie de su rostro.

-Syaoran-kun…- sollozó tristemente. Su aliento tibio chocaba contra sus piernas y las gotas caían de los irises verduscos sin poderse detener. El cabello de castaño claro color, tapaba su frente y resbalaba por los contornos de su fino rostro- Syaoran-kun…- una vez más, en susurro. Cesando sus palabras, sólo se dedicó a derramar su corazón y sus esperanzas en cristales de acuoso elemento. Unos minutos pasaron, el reloj era su sonido de fondo y sus oídos seguían fielmente ese tic-tac que le alertaban o, más bien desmentían, que el tiempo seguía su curso y que por ella, no se detendría.

El tiempo es traicionero. Aquel muchacho le pidió que le esperara y ella accedió.

“Para siempre”, dijo ese día en la parada de autobús, exhausta después de haber perseguido aquel vehículo que se llevaba a su verdadero amor.

“Te quiero”, gritó emocionada aquella vez en que pensó que él le había olvidado. Cuando creyó que no había más en que poder fiarse completamente y que su amor había desaparecido. Ese día sintió que el mundo en verdad había llegado a su fin. Pero, “Amor” le salvó.

-Te quiero…ahora….-la agitación volvió a embargarla a medida que recordaba los sucesos pasados y su desesperación se volvió una angustia severa.- Quiero que vuelvas.- lloró.- Quiero que vayamos a la escuela juntos.- sus manos, abrazadas a sus piernas, se sujetaron con firmeza.- Quiero conversar contigo, poder reírnos juntos, que Tomoyo-chan nos grave con su cámara y que Yamazaki-kun nos diga sus historias…-una pausa.- Quisiera…- su voz confusa cayó.- Tan sólo desearía…volver a repetir esas palabras…- y, de nuevo, sucumbió en llanto.

Aquel sonido tan lamentable, lo era aún más para aquellas criaturas mágicas que, desde su forma primaria, escuchaban los sollozos de su querida dueña y, sobretodo, amiga. Las cartas de nombre Sakura, que poseían sentimientos y voluntad, maquinaban alguna solución para poder aliviar el pesar de aquella muchacha. Su dolor era el de ellas, y la amistad les impedían el no actuar. Pronto, comprendieron el real deseo de su señora. No es que desconocieran de el, pero no podían aliviar el corazón que frente a ellas se destrozaba. Conocían el motivo, la persona, el alma, las palabras; que tanto Sakura Kinomoto quería entender, tener, abrazar y escuchar.

Si la magia lo solucionase todo, hubiesen evitado que aquel joven se marchase.

Como que así pudo ser…pero no fueron los deseos de ella en ese momento. La fe es lo mantiene de pie las esperanzas. Las ansias de querer ver al ser amado pronto sucumben con el traicionero y real tiempo, y tarde o temprano, ese momento tan cruel de la desolación vendría.

Pero estaban preparadas.

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Cuando el cielo se cubrió en una sábana negra estampada de puntos luminosos, ya la dueña de las cartas mágicas antes pertenecientes a Clow, cansada por el llanto, cayó en pesado sueño. La intrusa luna, escabullía uno de sus rayos desafiantes por una cortina entreabierta del cuarto de la doncella. Aquel haz de luz se posó sobre la superficie de una baraja de apariencia normal.

Pronto, la primera carta brilló.

“SUEÑO”

Y, el cuerpo de la Card Captor se iluminó.

Una ciudad de luces artificiales.

Cristales de color jade observaban atónitos un paisaje no esperado.

La Torre de Tokio.

De pie, sobre la superficie de una azotea de algún edificio, ella estaba parada…

-Porque…-habló desconcertada.- Porque estoy soñando con esto.- dijo más fuerte tomándose por los codos y sujetándolos contra su pecho.- Yo ya no tenía este sueño desde hace mucho tiempo…-miró su cuerpo. No había un traje especial de “batalla” hecho por su amiga de la infancia. Se vio que portaba su uniforme del instituto y que tampoco tenía el báculo de la estrella en sus manos, ni el colgante de la llave en su cuello.

Pronto se dio cuenta.

-Un sueño…premonitorio…- sus labios esbozaron las palabras pero ningún sonido salió de ellos.- Pero…por qué…-pensó más calmada.

Sin embargo, antes de que profundizase en su pensar, una fuerte ventisca la sacó de ese estado mental. Sus cabellos taparon su visión y aquel aire, le hizo perder un poco el balance. Pronto, sus ojos divisaron un componente faltante en la escena.

Los pétalos de cerezo.

Sakura por primera vez sostenía con sus manos las flores de las que provenía su nombre. Eran tan delicadas…

La ventisca volvió, esparciendo las pequeñas delicias rosadas por el aire, Kinomoto estaba maravillada por el espectáculo. Una sonrisa ingenua apareció en su rostro. Aquellas flores le recordaban el camino que tomaba todos los días para ir a la escuela y en los cuales iba acompañada de su hermano y de su primera ilusión, Yukito Tsukishiro. Eran hermosos recuerdos.

Pero, el momento de emotividad no le duró mucho.

Como si aquellas ventiscas anteriores anunciaran la venida de un torbellino desastroso, la ciudad cayó en tinieblas y lo único que alumbraba aquella oscuridad, era la imponente Torre de Tokio, maravilla de Japón.

La dueña de la baraja hechizada, no sabía porqué, pero supuso que debía acercarse a ese lugar. Arquitectura que se le fue anunciada en su primer sueño y que decidiría su vida para siempre. Aquel sitio en el cual habría librado el juicio final con el ser mágico Yue y que había vencido gracias a su valor y su fuerza del corazón. Además de ser el lugar en donde, en un sueño también, conocería a Eriol Hiragisawa y a sus guardianes, Ruby Moon y Spinel Sun. Los cuales también la pondrían a prueba y conseguirían, no sólo la transformación de sus aliadas, sino la realización del primero amor.

Un espacio con el cual estaba relacionada íntimamente.

Aún así, no se movió de su lugar.

No por miedo, no por dubitación.

Sino, porque lo vio.

Una figura estaba parada al borde de un peldaño de aquella estructura. Alta y con un porte elegante. No parpadeó para no evitar ni un solo detalle y talvez, por temor a que ese espejismo lejano no se esfumara. No pudo divisar su rostro, pero aquellos cabellos marrones, movidos por la brisa, oscuros bañados por lo plateado de la luna, si los pudo reconocer. Era como esa vez, como en ese sueño en el que anunciaba su llegada. Con el rostro tapado con un grueso cerquillo y un traje con motivos chinos; con el tablero mágico en una mano tratando de ubicarla. Pero esta vez, aquella forma masculina portaba un traje oscuro y sujetaba un objeto con firmeza a su lado.

Sakura gritó pero su voz fue cortada cuando la luna iluminó el rostro de aquella persona tan lejana a ella. Un rayo captó la dulce sonrisa y el ver bondadoso de su amado, Syaoran Li.

Ella dejó que una lágrima recorriera el borde de su rostro y juntando ambas manos en el pecho, como si tratase de que su corazón se quedase quieto y dejara de latir tan violentamente contra su delicado pecho, exclamó el nombre tan deseado.

-SYAORAN-KUN!

-SYAORAN-KUN! – el eco devolvió el llamado.

La jovencita quiso acercársele pero las delicias rosas rodearon su cuerpo, impidiéndole su aproximación al cuerpo que yacía en aquel brillante lugar.

-SYAORAN-KUN, SYAORAN-KUN! – llamó con desesperación. Las lágrimas eran llevadas por el aire que circulaba a su alrededor, pero unas nuevas salían al instante. Gotas gruesas llegaron a caer al suelo, dejando su marca de dolor en ella.

El rostro de esa persona acentúo una sonrisa y le dirigió unas palabras.

-…….

Ella no las escuchó. El viento arrasó con la imagen de una Torre de Tokio y de un perfil luminoso en ella.

Todo se volvió oscuridad.

Los pétalos pararon en su danza brusca y fueron descendiendo a lo que podía llamarse piso. Una alfombra de rosa color se formó. La de ojos esmeraldas ahora teñidos en desgracia, cayó de rodillas en ella. La suavidad de aquella manta impidió que se lastimara, más eso no le importaba.

Le había “perdido” otra vez.

-Por…qué…- voz temblante y entrecortada susurraba una búsqueda de esta tragedia.

Talvez fue por su estado emocional quebrantado, pero la joven mujer no se percató de que había despertado.

Su frágil cuerpo tiritaba y sus manos, que sujetaban la cubre cama con fuerza, podían verse temblar. Su hermoso rostro, tan de niña, tan de mujer, expresaba una mueca de profunda desolación. Un sueño premonitorio…, una realidad que se avecina, una desgracia por carta adelantada, unas lágrimas que habían sido ahorradas pero ahora derrochadas por la tristeza. Ella no entendía.

-Fue todo… un sueño… ¿verdad? – dijo para sí en un suspiro, último aliento después de tranquilizarse. Sus ojos observaban quietos sus manos ahora relajadas. Con el reverso de la izquierda, limpio su frente de las gotas de sudor que allí estaban. Volvió su ver a su mano derecha, notando que esta encerraba en ella algo. Abriéndola, descubrió un solo pétalo de flor de cerezo. Lo miró atónita y, cerrándola, acercó su mano hasta su pecho, confiando, en que todo lo que había visto en ese sueño era cierto y que, pronto habría buenas nuevas.

Dejó escapar un suspiro y curvó sus labios.

-Te volveré a ver…-sus ojos cerrados hacían un voto a la flor y sonriendo con la esperanza que brotaba siempre en su pecho y que, ni el tiempo ni el dolor habría logrado vencer.- No importa cuanto tardes, Syaoran-kun…sólo lo sé.- sus mejillas se tornaron de un delicado color sonrosado.- Te esperaré, mi querido Syaoran-kun.

Aún inquieta por lo que había visto, se dispuso a volver a retomar el sueño. Después de todo, eran las tres de la mañana…

En el escritorio, las cartas que eran suyas, resplandecieron nuevamente. Pero, esta vez, ningún poder fue evocado de ellas. Más bien, parecían contentas, un brillo de regocijo, porque estaban seguras, que su ama tendría un buen sueño lo que continuase de la noche.

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-Mmmm…

Un animal parecido a un peluche observaba suspendido en el aire a una joven muchacha dormir.

-Hay…algo raro en ella.- masticaba en sus labios aquel pensamiento que tenía desde que había salido del cajón en el cual descansaba.- Parece…feliz…- dijo en tono dubitativo.

Acercándose a ella, la miró fijamente.

-Mmmm…Syaoran-kun…

Escuchó de los labios de ella.

-Cómo? – habló el guardián en miniatura totalmente confundido.- Soñando, Sakura? – en tonalidad cariñosa, soltó al oído de la susodicha. Una sonrisa había sido dibujada en los juveniles labios, facción que no será borrada aún cuando despertase la dueña de las cartas.

Virando los ojos hacia el reloj despertador, percató que faltaban pocos minutos para que este sonase. Voló hasta posarse al costado de aquel objeto. Tomándolo con sus patas, manipuló las cuerdas hasta agregar treinta minutos más a la alarma que despertaría a su amiga.

-No es necesario que crezcas tan rápido, Sakura.- habló la criatura, sus pequeños ojos oscuros miraban con estima a la durmiente.- No es necesario que cambies.- volviéndose a las cartas que estaban encima del amplio escritorio, estás se iluminaron.- Nos gustas tal y como eres,…Sakura.- agregó en sonrisa.- diciendo esto, voló de regreso al cajón.- Descansa unos minutos más, mi señora.

El cajón se cerró y la habitación volvió a quedar en silencio.

En la primera planta de la casa, ruidos de la cocina indicaban que los habitantes de la morada estaban despiertos. Treinta minutos habían pasado desde que el muñeco cambiase la hora escogida. Ella seguía durmiendo cual ángel en gracia de Dios. La sonrisa hermosa no se esfumaba.

Sonó el objeto antes modificado indicando la hora.

-Sakura! Ya es tarde! – se oyó en tono alarmante.

-Mmmm, un rato…ya me levanto.- perezosamente, Kinomoto se sentó en su cama. Estirándose, con una mano cogió el reloj.- Pero si aún es temprano…- sin abrir los ojos, habló.

-Mira otra vez.- dijo el peluche en sonrisa burlona.

-Eh?- fijó los esmeraldas en las manecillas, notó con espanto que habían cambiado la hora antes señalada.- EHHHHHHH!!!

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En el primer piso, el padre de la dueña de las cartas escuchó el grito proveniente del segundo piso de su casa.

-Al parecer Sakura ya despertó.- habló complacido el hombre, depositando una taza de café en la mesa.

-Algunos hábitos nunca cambian.- dijo con sorna, el joven hermano de la muchacha, recibiendo el recipiente que le había extendido su padre. Esbozó una sonrisa comprensiva a la hora de tomar el líquido caliente.

Arriba, bulla era lo único que se lograba escuchar.

-Pero, pero…. Estoy segura que dejé el despertador fijo…entonces…porqué…- decía como podía, Sakura mientras se colocaba, con torpeza, el uniforme estudiantil.- Como…..- se cuestionaba, acomodándose la corbata.

-No lo sé.-

La de ojos jade me dirigió una mirada acusadora que fue esquivada con gracia.

-Sakura! Yo ya me voy.- la voz de su hermano llegó hasta el cuarto de la hechicera, distrayéndola.

-Hermano, espérame! – contestó, peinándose con un cepillo las hembras de su no tan corto cabello.

Bajó las escaleras rápidamente. Entró a la cocina, saludó a su padre y tomó con velocidad aquello servido en la mesa, unas migajas de pan aún se veían en su rostro. Se dirigió hacia la salida, encontrando a su hermano montado en su bicicleta en el umbral de la puerta, listo para irse. Le sorprendió ver una sonrisa tranquila en el rostro de su aquel hombre.

-Aún eres una niña de primaria que se queda dormida y se atraganta al desayunar.- habló con calma, señalando el rostro de su pequeña hermana.

-No es así.- contestó enfadada ella, limpiándose con los dedos los residuos de comida.

Touya Kinomoto amplió una sonrisa y perdió su mirada por las calles de la cuidad.

-Me voy, Yukito me espera.- dicho y hecho, partió.

-Pero…-trató de detenerlo, pero ya era muy tarde.- Mi hermano aún me fastidia por lo de levantarme tarde…aunque ya sea estudiante de media…-habló con pesadez y vergüenza.

-Sakura, ya pasaste la hora límite.- señaló su padre con una sonrisa cariñosa.

-Ehhh, si, ya me voy.- se despidió ella.- Es tarde, tarde…

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Saliendo de la casa, por el enfado, había olvidado ponerse los patines que había utilizado el día anterior. Corrió con velocidad, tomando la misma ruta de siempre, aquella vía con cerezos adornando la vista. El viento chocaba su rostro mientras corría y en sus pensamientos, el llegar temprano era lo único que los llenaba.

Hasta que lo vio.

Un joven estaba caminado delante de ella con parsimonia. Uno de los brazos del muchacho estaba recogido llevando un objeto entre su mano y pecho. Por detrás, los ojos verdes de Sakura, examinaron lo alto del hombre, el cabello fino de color marrón oscuro y el uniforme masculino de su escuela. La curiosidad la llamaba.

Pasando por su lado, aminorando la velocidad, miró de reojo al muchacho y sus pies de detuvieron automáticamente.

Un oso rosa alado estaba posado en el brazo del joven hombre.

Sus ojos no podían creer lo que veían y sus labios se entreabrieron para soltar una sola palabra tan extrañada como los abrazos de su madre y dicha de una manera tan dulce, que si no fuese por la sorpresa la repetiría constantemente.

-Syaoran…kun…?- soltó con delicadeza.

Y el viento llevó ese nombre hasta los oídos de aquella persona tan ansiada…

martes, 29 de mayo de 2007

Fanfiction

“LA LEYENDA DE ZELDA: UN RECUERDO DEL PASADO, EL LLAMADO DEL FUTURO”


Por: Zeldas


PRIMERA PARTE. “LA VOZ DEL UNIVERSO”

“¿En qué estaba pensando en esos momentos?... Supongo que ni siquiera yo mismo lo sé…pero lo que si puedo entender es que tantas angustias y penalidades quedaron momentáneamente en el olvido, con sólo mirar la sonrisa del cielo de mi mundo otra vez…”


CAPÍTULO 2. “NO TE VAYAS NUNCA DE MI LADO…”

“YOU NEVER GO AWAY OF MY SIDE…”

“VOUS ALLEZ JAMAIS LOIN DE MON CÔTÉ…”


Tenuemente, se podía escuchar el alegre trino matutino de las aves, el borboteo juguetón del agua y el arrullo de las hojas al caer, mientras que por el oriente, el majestuoso disco solar asomaba amistosamente su magnífica luz que opacaba el débil destello de la luna que se ocultaba fugazmente, y en la tierra, el canto de los grillos cesaba para recibir el nuevo día.

Los sonidos naturales del amanecer llegaron hasta los oídos del pequeño Link quién abrió pausadamente sus hermosos ojos color de cielo, al mismo tiempo que escuchaba complacido el maravilloso espectáculo que le ofrecía la madre naturaleza.

Lentamente fue incorporándose de su cálido lecho. Ya no sentía dolor alguno en su cuerpo, pero su alma y su corazón estaban sumergidos en un profundo vacío, sin embargo pronto desapareció tan sombrío pesar, por que en él se clavó un dulce recuerdo en que pensar, una promesa que cumplir.

Tomó una diminuta y descolorida bolsa de grueso cuero que siempre traía consigo y sacó de ella una ocarina de un tono azulado que tenía dibujada en la parte superior un dorado emblema que correspondía a la sagrada trifuerza…la ocarina del tiempo…

Al verla, al sentirla, al tocarla, el semblante del joven muchacho se llenó de júbilo, tomándola entre sus manos y llevándola con suma ternura a sus labios, comenzó a entonar una bella melodía, suave, tierna, única… Zelda´s Lullaby…

Link tocaba con todo su ser, sus sentidos se cerraron completamente, tanto que no advirtió que Kara y Koga penetraban a la pequeña habitación sin emitir ruido alguno, temiendo distraerle y así calladamente pudieron disfrutar tan deliciosa melodía que sin darse cuenta Link estaba ofreciendo, tras unos breves minutos, al terminar pudo escuchar una sonora exclamación que hizo que se sobresaltara y dejara caer el añil y delicado instrumento.

-¡Link!¡Qué bien tocas!-gritó el pequeño Koga mientras aplaudía y saltaba alrededor de su amigo en paños menores.
-¡Hermoso!,¡Sencillamente hermoso!-dijo a su vez la señora de la casa mientras aplaudía-No sabía que un pequeñuelo como tú, aparte de ser un héroe, tocará tan bien-

Link se ruborizó tanto con los elogios que le dedicaban sus amigos que habían entrado a la estancia sin permiso.

-Te ofrecemos una disculpa por no haber llamado a la puerta antes de entrar- al ver la cara de asombro del chico Kara sonrió de manera apenada mientras se agachaba para tomar la ocarina - Pero es que desde el lugar en donde nos encontramos escuchamos esa canción tan hermosa que nos maravillamos tanto al darnos cuenta que provenía de aquí y más fue nuestra sorpresa al saber que eras tú el que la estaba tocando-
-Si, no te molestes con nosotros, mamá y yo no quisimos interrumpirte-habló Koga también quién se lanzó para tomar primero el instrumento musical, adelantándose a su madre – Toma, Link-
- Gracias- Link revolvió el cabello del pequeño pelirrojo hasta dejarlo más despeinado de lo que estaba - No se preocupe señora, además esta es su casa-
-Anda, anda. ¡Qué chico tan galante eres!- Kara hizo un guiño gracioso dejando a Link sin palabras -Bien, ahora déjame revisar esa herida, luego tomarás un baño y después nos acompañaras a desayunar, ¿de acuerdo?-
-Si, por supuesto-

Dicho y hecho, la buena señora revisó con sumo cuidado la herida del niño quién trataba de no reírse por las cosquillas que le hacía Koga en las plantas de los pies.

-Esto esta mucho mejor. Eres muy fuerte-murmuró admirada al observar que la joven espalda sanaba rápidamente, después de realizar otra nueva curación- Bien, ahora será mejor que tomes un baño y te esperaremos abajo, vamos Koga-
-Si, mamá-
-Si, señora, muchas gracias-dijo Link mientras agradecía con la mirada fija a esas personas que lo trataban como un miembro más de la familia.

Y apresuradamente, después de desnudarse completamente, tomó una ducha con abundante agua tibia y jabón que eran como una caricia para su pequeño cuerpo, al que secó con un lienzo de suave algodón, después vistió una muda de ropa que traía consigo siempre entre sus cosas, así como su Espada Kokiri, el gran Escudo del Héroe y su apreciada ocarina.
En poco tiempo, disfrutaban todos juntos un delicioso y sustancial desayuno que consistía en pan, leche, miel silvestre, queso y fruta. También Epona, tomaba un merecido descanso y un generoso desayuno en la comodidad del establo.

-Link, ¿En dónde conseguiste una ocarina tan bonita?-preguntó Koga interesado por tan singular tesoro, al mismo tiempo que engullía un pedazo de pan.
-Es de una gran amiga mía-respondió el muchacho mientras que se sonrojaba al pensar en esa “gran amiga” a la que no, ni nunca, olvidaría.
-¿Una amiga?-preguntó Kara a la vez y luego al ver como el rostro de Link se tornaba de un color rojo, añadió graciosamente - ¿No será acaso de alguna novia que tengas oculta por ahí? -

Link, quien estaba tomando un vaso con leche fresca se atragantara y se dibujara en su pequeña y atractiva cara todos los colores del arco iris, mientras que los demás reían de forma divertida.
Sin saber por qué, de repente entre el bullicio, la risa, el carácter y el físico de la señora hizo que Link se inmutará, pues creyó ver de repente en esos rojos cabellos, en la piel morena y en los amarillos ojos a una vieja amiga que había conocido en ese “gran viaje en el tiempo”.

"¿Acaso será…?" Link enrojeció de golpe y agachando la cabeza trató de disipar esa absurda idea "¡Rayos!, eso es imposible"

-¡Vamos!¡No es para tanto!- cándidamente Kara le tendió un pañuelo naranjado y sin dejar de reír ante lo que creía que esa reacción del chico no podía ser otra cosa más que un juego de enamorados -Y dime, ¿Cómo se llama tu amiga?-
-Su nombre es…es…Ze...Zelda, señora…-respondió el muchachito tartamudeando y perdiendo la serenidad nuevamente.
-¿Zelda?-preguntó extrañada y después de reflexionar, cayó en cuenta y la buena señora abriendo sus enormes ojos como platos -¡¡¿¿No es acaso la princesa Zelda??!!!¡¡¿¿La princesa de Hyrule??!!!-
-Si…así es…-dijo el niño con emoción.
-¿Cómo es que la conoces?- Koga se hallaba igualmente sorprendido dejando caer su ración de miel sobre el largo mantel -¿Cómo esta eso de que es tu “gran amiga”?-
-Bueno, es una larga historia-contestó Link quien después se quedó extrañadamente callado.
-Ahora entiendo el por qué llevas armas que tienen grabados los emblemas de la familia real-murmuró prudentemente Kara quien la noche anterior se había percatado de tan singulares instrumentos y no queriendo ahondar más en el tema.
-Pues yo no entiendo mamá-
-Luego te lo explicaré, cuando seas más grande- y dirigiéndose la bella morena al valeroso niño -Por cierto, Link…Supongo que tu destino es el castillo de Hyrule ¿verdad?... ¿Para ver a tu amiga?...-
-Así es-contestó Link con un hilo de voz.
-Pues no te ves muy emocionado…creo que no la quieres ver realmente-comentó el pequeño Koga que veía distraídamente los rizos que le caían en la frente.
-¡No es eso!-exclamó con energía mientras retorcía el pañuelo entre sus dedos, mientras que Koga lo veía sorprendido y era reprendido silenciosamente por su madre debido al comentario que de forma inocente había hecho, que por cierto no era nada grato.
-Lo que pasa es que simplemente, hace tiempo que me fui de viaje…y no sé si ella…quiera…quiera verme-terminó de decir y calló por un buen rato.
-¿Y por qué dudas?-dijo la joven madre tratando de romper ese silencio de muerte y haciendo a un lado la sencilla tetera, tomó una de las manos del muchacho haciéndole que se sobresaltará.
-Yo creo que ella ha de estarte esperando impaciente, ¿Sabes que un amigo siempre te estará recordando en cada momento, en cada instante?…Te verá aunque no estés frente a él, te escuchará aunque no le hables, rezará por ti aunque tu pienses que ni siquiera lo este haciendo. ¿No piensas lo mismo?-
-Tiene razón-respondió el niño saliendo de su mutismo y después levantando su profunda mirada hacia Kara le dedicó la mejor de sus sonrisas haciendo de que la joven señora se perturbara.
-Tiene mucha razón-volvió a decir -Yo también tengo muchos deseos de verla…-
-Eso es seguro-dijo amablemente la mujer.
-Si, los dos hicimos una promesa y una promesa nunca se rompe-pensó Link en su interior y esto le dio nuevas fuerzas, tantas que se levantó precipitadamente de su lugar -Entonces señora, Koga, si ustedes me lo permiten, quisiera partir en este preciso momento hacia el castillo-
-Por supuesto Link, debes cumplir con tu deber aunque nos encantaría que te quedarás más tiempo aquí junto con nosotros-exclamó Kara.
-¡Tan pronto te vas!, ¡Quédate un poco más!-gritó Koga quien en el acto se abalanzó sobre el pecho de su amigo y comenzó a llorar lastimosamente.
-Vamos Koga, no llores- dijo Link de forma apacible y temiendo de que el niño hiciera otra travesura como la de la noche anterior -Te prometo que vendré a visitarte pronto, claro, si tu mamá me lo permite-
-Esta será siempre tu casa, Link- habló emocionada la madre mientras tomaba en brazos a su hijo.
-Gracias señora, por todo y disculpe las molestias que le hemos ocasionado Epona y yo. Partiré ahora mismo para poder llegar antes del anochecer-
Link salió de la pequeña casa y se dirigió hacia donde estaba su compañera de aventuras, seguido por la madre y su hijo quienes le observaban y una vez dispuesto todo, el niño montó sobre Epona y sonriente, agitó uno de sus brazos.
-¡Hasta pronto Koga!... ¡Gracias por todo señora!-
-¡Vuelve pronto! ¡Vuelve pronto!-gritó Koga con la carita sucia debido a su llanto.
-¡Gracias a ti Link! ¡Gracias por darme la vida de nuevo!-exclamó la humilde dama que señalaba orgullosamente a su hijo.

Y dando un suave golpe en los costados de la fiel Epona, quien relinchó felizmente igualmente agradecida para con los amigos de su magnífico dueño, se alejaron rápidamente de la villa. Al momento que desaparecían de la vista de Kara y Koga, la amable señora, quien recordaba la cautivadora sonrisa de ese muchacho, dijo para si misma:

-No sé por qué pero esa sonrisa…esa sonrisa es idéntica a la de ellos…-

¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨

Link y Epona rápidamente dejaban atrás la apacible villa, mientras que el tiempo pasaba volando, la mente del pequeño héroe se vio llena de magníficos recuerdos de su pasado y forjaban también el futuro porvenir. Imágenes de una variedad de lugares visitados por él se presentaron como un cálido ensueño frente a él, pues como olvidar su entrañable bosque Kokiri, con aquéllos altos y espesos árboles con sus gruesos troncos ámbar y las hojas esmeraldas que cantaban ante el soplo del suave viento, el cálido hogar de los gorons ubicado en la peligrosa Montaña de la Muerte, el acuático azulado y profundo mundo de los zoras, el desierto de la arena color de oro habitada por las ladronas gerudo, el gigantesco y tranquilo rancho Lon Lon, hogar de su querida yegua, el inolvidable Lago Hylia, su verdadero lugar de nacimiento y por supuesto la apacible villa que acababan de abandonar.

También pudo recordar con gran exactitud el rostro, la voz y las virtudes de sus más grandes amigos: La amable Saria, el malhumorado pero leal hermano Darunia, su enamorada y alocada amiga Ruto, la fuerte y brava Nabooru, la cariñosa Malon, la sabia y recta Impa, el apacible Rauru y por supuesto ya se encontraban en su corazón el travieso Koga y la solicita Kara, además…ella…si ella… ¡Ella!

- ¡Quiero verla! -exclamó tiernamente el chico de los ojos de color de mar con su intensa e irresistible sonrisa.

Pero…la inicial alegría de desvaneció de su apuesto rostro, que aunque siendo aún él pequeño ya podía notarse signos de una jovial belleza varonil, en el momento en que llegaban y se detenían a las afueras del mercado del reino, las dudas volvieron a su corazón. Claro, ningún ser humano por más extraordinario que sea es totalmente perfecto…aunque…

- ¿Por qué tuve que irme?-se preguntó Link al ver ese lugar que le causaba emoción y nostalgia por igual y más al sentir el vendaje que yacía en su espalda, producto de una herida que fue debidamente curada por Kara quien se había abstenido discretamente de formular pregunta alguna sobre el por qué de tal herida…una herida provocada por él…por Majora…

Al ver que su dueño caía en las oscuras sombras de la duda otra vez, Epona relinchó y sacudió su cabeza cariñosamente como tratando de sacarlo de tan dolorosas reflexiones y de infundirle ánimo, logrando que Link volviera en si.

- ¿Eh?...¡oh!...lo lamento tanto amiga mía, no debí recordar cosas tan desagradables como ésas…yo…-por un momento sintió que la voz se le entrecortaba por la emoción y comenzó a acariciar la crin de su linda compañera- Pero al pensar que incluso también tu estuviste en peligro…

Epona volvió a relinchar fuertemente como si protestará ante el desánimo de su dueño y golpeando el suelo con los cascos de sus patas delanteras volvió su alargado rostro, clavando sus negras pupilas sobre otras que le miraban tristemente. Link sintió el brillo de esos redondetes ojos que por sí solos pareciera que le decían:

"Todo ha terminado, no pienses más en ello"

- Tienes razón, pequeña – Link no puedo evitar sonreír ante aquellas mudas palabras llenas de ánimo y consuelo mientras ponía su dedo sobre el diamante blanco que coronaba la faz de la yegua - Todo se ha arreglado… Termina está a salvo y nosotros hemos regresado y eso es lo que importa ahora. Bien Epona…¡Alguien nos espera!...¡Ella nos espera!- agregó el muchacho tomando con gran decisión las ocres riendas, olvidando los momentos amargos y recobrando el carácter que siempre lo ha caracterizado.

Ambos amigos se internaron dentro del pueblo, sin darse cuenta, dejaron detrás de sí a unos parlanchines mercaderes envueltos en una nube de polvo levantado por los sendos cascos de Epona y una insignificante y diminuta pluma negra que cayó suavemente en la tierra…


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- ¡¡Por Nayru!!!...¡¡Qué acabe esto de una buena vez!!-gritó enfadada una pequeña y despampanante rubia de ojos color zafiro vestida de blanco que salía apresuradamente de un gran salón y se dirigía al jardín seguida por su institutriz.
- Por favor, princesa, guarde compostura -aconsejó con prudencia la mujer de cabello blanco y labios de rubí, quien jamás había visto tan exaltada a su protegida.
- ¡¡¿¿Acaso no te parece injusto lo que mi padre hace conmigo, Impa??!!-
- Su padre lo hace por el bien del reino-volvió a hablar la guerrera tratando de hacer entrar en razón a su princesa.
- ¡El reino!... ¡Siempre el reino!... ¿Y yo qué?...-exclamó muy disgustada al ver que ni siquiera su institutriz la comprendía en ese instante. De su padre lo podía esperar todo, ¿Pero de ella?
- Será mejor que me retire-dijo suspirando Impa mientras se alejaba por el enorme portón de bronce, creyendo inútil el esforzarse por calmar a la encantadora Zelda.
-¿Por qué?... ¿Por qué?-se preguntó Zelda al verse ya sola.
-¿Por qué no me entiende?...¡¡¡¿¿¿Por qué nadie entiende???!!!...¡¡¡Link!!!...regresa…regresa…¡¡¡Link!!!...-comenzó a gemir la linda niña…en esos momentos… escuchó unos pasos, suaves pero firmes a la vez que seiban acercando hacia ella y creyendo que era de nuevo su protectora, aún furiosa gritó:
-¡Impa!... ¡Déjame sola!... ¡Déjame en paz!-
-Zelda…- Una dulce voz se dejó escuchar a sus espaldas…esa voz que la llamaba solo con ternura…con dulzura... volteó al lugar de donde provenía esa voz única y abriendo sus ojos al máximo y con su cara llena de rubor, exclamó temblorosa y emocionada a la vez:
- ¡¡¡Link!!! -
- Zelda… -repitió el muchacho, utilizando el mismo tono que utilizaba sólo con ella, mientras que la observaba detenidamente y le dedicaba una gran sonrisa, esa sonrisa que a todos cautivaba.
- ¡Has vuelto!¡Has cumplido tu promesa!...-gritó eufórica mientras que sus ojos derramaban lágrimas de felicidad… y de forma inesperada para el pequeño héroe, la linda princesa corrió hacía donde él se encontraba y le abrazaba con gran entusiasmo.
- He vuelto… - susurró mientras la estrechaba entre sus brazos - He vuelto…para siempre…-
Después, en tan sólo unos instantes, ambos se miraron a los ojos. Parecía como si el cielo y el mar se fundieran en uno solo…parecía como si el tiempo se hubiese congelado, y en un lenguaje sin palabras, sin sonidos, sin nada, parecía como si Zelda le dijera:
- No te vayas nunca de mi lado… -


Continuará…

viernes, 12 de enero de 2007

*Crónicas de Mimir*

Oki, siguiendo me atrevo a postear el primer capítulo de Mimir, corregida y con una pequeña adhesión poética, que aqui entre nos es una blasfemia en contra del mundo de la letras, nada bueno salió del mismo pero bueh, no se aburran con mis pavadas absurdas U__U. Espero más adelante subir otros fanfictions que escribí, basados en The Legend of Zelda, una llamada "Un recuerdo del Pasado, el Llamado del Futuro", "La Triforce Dorada y el Despertar del Héroe" y una nueva que vengo prometiendo desde hace tiempo: "La Piedra de la Agonía".
¡Yay! Pues espero no dejar los proyectos a medias xD. Lo sé ¬¬U Soy una vaga e irresponsable ;_; Pero también tengo mi vida, trabajo y estudio duro...Además bien dicen: "¿Año nuevo? ¡Fics Nuevos!" xD... Ok, eso se escuchó bien estúpido ¬¬U.
Espero igual en mis siguientes entradas poner otras cosas como mi sufrimiento por estudiar Estadística, el viaje a Sudamérica y ver que más se me ocurre. Volviendo...Críticas, opiniones, tomatazos son bien recibidos de ustedes mi público *Se escuchan sonido de grillos* ¬¬ ejem...

Capítulo 1. El Inicio: Una vez más...

"Caminando despacio, viento...susurra el infinito. Hechicera, la soledad ya no será más tu compañera, el aroma de la naturaleza, tus felinos pasos y la luz de la luna llena te guiarán al comienzo de una nueva era...sueña"

El inicio....

Desde la escuálida cabaña de maderos porosos y palmeras secas que le daban techo, el mar de Mitra se mostraba apacible. Los gránulos suaves y amarillentos de la extensa arena eran salpicados por las espumeantes olas en sus orillas.

Un encorvado viejo de baja estatura, cabellos pastosos que le caían pesadamente a la cintura y apoyado en un grueso cayado, alzó la mirada y observó a una taciturna muchacha que se encontraba a su lado. Contemplaba el paisaje.

Era joven, aunque la delicadeza de sus formas la hacían ya toda una mujer. Tenía cuerpo delgado y fino, la piel a pesar de que los tostados rayos de sol siempre caían sobre ella era excesivamente blanca como la leche. Los ojos grandes eran de una intrigante combinación de verdes con tonalidades grises que se perdían sobre el azul del océano. Unas tupidas pestañas le daban una belleza más allá de lo natural.

Una refrescante brisa marina comenzó a soplar tímidamente, atravesando todos los recovecos de la costa con su característico ulular, llegando hasta envolver la choza. El viento hizo que sus largos cabellos rojizos bailaran y se mecieran a la par junto con sus ligeros ropajes de tintes nada alegres. El golpeteo de su perfumado pelo en su rostro, era lo único que le obligaba a salir de su silencioso mutismo.

Tyra, huérfana de padres y a quien se le había negado de un pasado, se despedía del lugar que la había adoptado hace ya más de seis años.

- ¿Estáis segura de lo que pensáis hacer? – Quiso saber Ethan, el anciano de iris marrones que vestía una túnica de un blanco roto. La chica sin ni siquiera sobresaltarse, dejó escapar un suspiro y le miró nostálgica y a la vez indiferente por unos momentos.
- Si, maestro - Fue su escueta contestación.
- Ya veo – el hombre se refugió en uno de sus gestos típicos: Acariciar su espesa barba con su encallecida mano izquierda
– Si es de suma importancia para vos. No os detendré. -

La pelirroja inspiró profundamente. Estaba completamente decidida. Se recogió los largos y lacios cabellos de fuego y los ató a su nuca con una sencilla red de hilos metálicos para después acomodar ambas manos en el interior de unos gruesos guantes de dura piel. Ethan, que se jactaba de conocer a la chica como una hija, tuvo que admitir que ella jamás había sido débil de carácter. Si, era cierto, Tyra le tenía sumo respeto, era agradecida y le veía como el padre que nunca tuvo, pero era excesivamente parca en su manera de demostrar sus emociones y él encontraba en ello su talón de Aquiles, una debilidad efímera pero a la vez una poderosa fuerza inigualable…Un arma de dos filos.

-Maestro – La chica dejó escuchar su voz profundamente femenina mientras se colocaba sobre su nariz y sus labios una mascarilla de plata, ocultando en parte la blanca cara, dando así por terminado sus preparativos para partir – Os suplico un último consejo. -
- Confiad….-
- Claro – Tyra susurró escéptica ante tal apacibilidad. La cara bronceada de Ethan se iluminó y antes de que ella dijera otra cosa, aunque sabía que era una chica de pocas palabras habló en voz más baja como si de una confidencia se tratase: – Sabéis a que me refiero…-

Por su carácter no pareció sorprenderle lo que le había dicho pero no pudo evitar dibujar en sus labios un rictus de amargura que el anciano adivinó a pesar de que se ocultaban detrás del trozo de metal.

- Por lo tanto, con vuestro permiso debo partir – sin más compañía que una descolorida capa con capucha, la muchacha de ojos gris verdosos echó a andar.

No le gustaban las despedidas. “En el adiós se muere un poco” decía… Ethan lo sabía y solo le siguió con la mirada.

“Sois todavía muy joven, pero la vida te ha hecho madurar. Confías en la naturaleza, pero sería mucho mejor que dejarás fluir tus sentimientos a la par con tu pensar y que algún día dejarás a un lado esa actitud de hielo y siempre sonreirás ante la vista de los demás…”


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Tyra avanzaba sobre su único medio de transporte: ambas piernas. Recorría un tosco sendero cuyo único adorno eran una variedad de lozanas matas de arbustos que le guiaría a los dominios del río Uryan y al suroeste, el hogar de los forajidos. Era el tercer día de viaje, pero sentía como si llevara una hora avanzando.

“El tiempo es de lo de menos…va y viene como el correr del día y la noche. Sólo la vida sucumbe ante el primer ocaso”

Se mostraba inflexible y dura hasta consigo misma. Dormía poco en lugares muy incómodos, andaba mucho y sólo se alimentaba a lo largo de toda una jornada de tan sólo de un puñado de frutos secos y solamente había bebido el agua de lluvia que cayó la noche anterior. Aún así se mostraba fuerte y sin dificultades. Cosas tan simples eran un misterio a su lado. La naturaleza le protegería…
Pronto alcanzó un lugar donde varios viajeros como ella pernoctaban para descansar. Aflojó el paso. Sitio sencillo de más lo que pudo ver: Junto a unos grandes troncos podridos se levantaban unas improvisadas tiendas hechas de mugrientas telas y que toscos palos las mantenían dudosamente en pie. Dentro de ellas trajinaban una docena de hombres y mujeres de edad adulta. Otros, los más ancianos, algunos con bebés en brazos se la pasaban sentados sobre la tierra, dormitaban o contemplaban el ir y venir de los primeros. Cerca se hallaban tumbados tres pequeñas embarcaciones pintadas de azul, desalineadas y viejas atadas entre si con varias cuerdas. Varios pares de palas también se hallaban descuidadamente derrumbadas a la par. Se hallaban húmedas. Estaba claro, el río reinaba a unos cuantos pasos de ahí. Al otro lado, una niña morena de cabello negro y corto se empeñaba en encender un fuego con que calentarse y preparar la cena. El viento racheado, sin embargo, hacía inútil su intento. A su costado se hallaban desplegadas una variedad de toscas redes, oxidadas cuchillas y sendas cubetas que despedían un olor nauseabundo completaban el ajuar.

“Son una familia de pescadores”

Estaba en lo cierto: Algunos de los hombres que habían salido de una de las tiendillas, con las túnicas arremangadas, limpiaban y troceaban pescado, arrojando con violencia las vísceras a diminutas tinajas de barro que pronto se llenaban de una multitud de insectos más que de la carne rojiza. Estando a una corta pero prudente distancia, se echó la capa con la capucha encima y se encogió sobre si misma. No porque hiciese frío o tuviese timidez o miedo, más bien para pasar inadvertida al momento que tuviese que pasar a su lado. Hubiese sido mejor tomar otro camino, pero como era el único, además algo le empujaba a hacerlo.

- El lago Elyon se halla a cuatro jornadas – Anunció un obeso y calvo pescador. Era el guía que al parecer era la cabeza de las embarcaciones. La chica al escuchar eso se quedó quieta, atenta. Su instinto nunca se equivocaba.

Algunos de los que estaban ahí la vieron pero no le prestaron excesiva importancia.

- Ahí esta la Villa de Keel. Por fin descansaremos en un lugar cómodo-
- Y tendremos una buena pesca, no como esa porquería – Uno de los hombres, de prominente bigote señaló las tinajas con desprecio. El calvo le hizo un gesto de común acuerdo.
- Tanto fregarse el lomo para sólo unas cuantas sucias truchas - Comentó otro lanzando un escupitajo a las piedras. Algunos pescadores eran bruscos en su hablar y de malos modales.
- Alegraos que aunque sea es algo para llevarnos a la boca- Dijo una de las mujeres más ancianas amonestando a los hombres.
- Lo importante es que por fin podremos estar en paz- Comentó después una madura matrona envuelta en un vaporoso traje verde que balanceaba en su cabeza un jarro vacío y que se torcía los dedos nerviosamente y que miraba para todos lados - Estos lugares no me gustan nada-
- Más que estamos cerca del “Lugar Maldito”- Completó la vieja con rostro lúgubre.

El “Lugar Maldito” era precisamente el suroeste. La aguja de la rosa de los vientos que se avistaban en las brújulas (según ellos) no debería estar marcado tal lugar. Era tierra infértil, bombardeado sin piedad por una infinidad de cavernas y poblados de ladrones, asesinos, invocadores de mala reputación, lisiados de todo tipo y bastardos amargados. Cualquiera que tocase con la planta de su pie tal guarida se le consideraba “impuro” o “escoria”, no importara quién fuera, adulto o niño por igual.

La pelirroja se encogió de hombros. Las personas solían exagerar las cosas. Su presencia ahí no pintaba para nada entre tanto chismorreo sin sentido. Y sin más se alejó hacía el río.

“Tal vez mis antepasados hayan sido del suroeste”- pensó con sarcasmo.

Pero pronto en la cabeza de Tyra se dibujó un rostro, la cara blanca y los cabellos rubios de Calik…uno de los que buscaba… No llevaba recorrido ni diez minutos cuando varios gritos y chillidos que retumbaban a la distancia la hicieron volver en sus pasos. ¿Qué sucedía? No es que le importará ni que fuera curiosa pero un característico hedor a sangre que le llevó hasta ella el aire la puso en alerta.

“El viento sopla”

Dejó que otros segundos pasaran. Después se decidió. Comprobó al regresar al lugar que había abandonado hace poco que las míseras tiendas habían sido arrasadas y la poca luz que las alumbraba se había extinguido. Las cubas con los restos del pescado habían desaparecido. Por el desorden y la impresión de las huellas de los pies que observó en la tierra bruta supuso que casi toda esa gente había salido corriendo escapando de quien sabe que cosa. Y he dicho bien: “casi toda esa gente”. La niña que había visto manipulando la fogata estaba tirada boca abajo. Seguramente al tratar de huir ante una inminente desesperación resbaló y cayó al suelo, quedando inconsciente.

La levantó con cuidado y observó que tenía el rostro manchado de sangre y polvo. Era la sangre que había percibido. Mientras trataba de atar cabos a lo ocurrido, de repente, un sonoro rugido surgió por su costado derecho. Tomando a la niña giró por el suelo, evitando ser la víctima de una siniestra garra que apareció de la nada. Prontamente se puso de pie con una habilidad envidiable que solo sus piernas le permitían hacer, al mismo tiempo que sus bellos ojos se tornaban terriblemente rasgados. Volteó y trató de identificar a su atacante o más bien a sus atacantes. Pero sólo logró contar unas siete u ocho sombras que se escurrían como una exhalación entre la oscuridad Pero por el característico rugido, Tyra se dio cuenta de lo que eran: Animales de filosas garras, de no gran tamaño pero de una velocidad increíble. Una de las tantas clases de felinos que abundaban en Mimir, pero éstos eran especialmente famosos por su agresividad para con los humanos y que poseían algo mágico...

- Yaguars - Se dijo segura de si misma.

Escuchando los secos rugidos de nueva cuenta, la chica esperaba tranquilamente en caso de que uno de esos ejemplares se lanzará en una frenética carrera en su contra. A pesar de que su visión era casi nula sabía donde estaban, su aura de vida los delataba. La estaban acorralando. El pescado no había sido suficiente para saciar su hambre. Antes de que trataran siquiera de acercarse más, Tyra dejó a la pequeña a su lado. No quería lastimarlos (al fin y en cuentas eran seres vivos, un regalo de la madre naturaleza) así que decidió ahuyentarlos. Se puso de pie, de un tirón se quitó la capucha de su cabeza, cerró sus ojos y se concentró.

Levantó su brazo izquierdo y moviendo su mano marcó un círculo en el aire. Acto seguido con la derecha hizo tres lentos movimientos y la apoyó sobre la palma de la otra. En un instante, apareció entre ellas una diminuta esfera que contraía y dilataba su resplandor.

- Gelum…- susurró.

Sin explicación, comenzó a surgir un vapor que pronto comenzó a expandirse a su alrededor, después invadió toda la escena. El truco funcionó, eso lo pudo comprobar con su fina percepción. Los yaguars al sentirse amenazados se alejaron presurosos. Así de sencillo. La joven segura y satisfecha disipó lo que había hecho. Unos quejidos le advirtieron que la niña había despertado.

La pobre veía todo nublado. Estaba mareada. La ojiverde sin meditarlo la tomó del brazo levantándola.

- ¡Soltadme!- Gritó la chiquilla al sentir que alguien la agarraba. Trataba de safarse de la suave pero firme presión de la mujer a quien creyó su atacante. Era claro que estaba aterrada y no se había percatado nada de nada.
- ¡Dejadla ir!- una voz rasposa como la lija se escuchó autoritaria.

Tyra soltó a la niña que salió corriendo tambaleante pero de forma rápida a sus espaldas. No le sorprendió, ya había sentido la presencia de cada persona que conformaba la multitud que terminaba de acercarse. Los pescadores, que en el fondo estaban avergonzados de haber huido de esa manera sin pelear siquiera, según en sus propias palabras, habían regresado temerosos a repeler a esos “miserables gatos” más aún al darse cuenta que habían abandonado a una de los infantes.

- ¡Mujer!, ¿Has sido tú la que has ordenado a esas bestias a que nos atacasen?- Ver a una extraña chica con una vieja túnica, de mirada agresiva, una mascarilla de plata que ocultaba su cara y que en sus manos saliese restos de humo parecía ser muy sospechoso, más aún que coincidiera con la aparición y desaparición de esas criaturas.
- ¿Qué clase de monstruo asqueroso sois?- Increpó un alto hombre de complexión robusta y que carecía de cejas.

La muchacha no parecía escuchar las “sutiles” palabras. Sus pensamientos de repente se habían centrado en esos fascinantes seres. Y recordó unas palabras que tenía olvidadas.

“Calik decía que los yaguars hablan la lengua de los dioses y señalan el camino a la verdad”

Los hombres armados con palos, arpones y antorchas, con las mujeres detrás de ellos, se acercaron amenazadoramente a la pelirroja. Su silencio los hacía parecer más agresivos.

- ¡Es una de esas brujas que habitan el Lugar Maldito! – Bufó la mujer de la vestidura verde.

Esto incitó a los demás a prepararse para atacarle. Ella se echó hacía atrás no por temor, en lo absoluto. Pronto recordó donde estaba y que había hecho. Su carácter le hizo sentir que había cometido una imprudencia en auxiliar a esa niña que traía la nariz rota y que ahora lloraba en los brazos de una de las mujeres. “Su destino estaba marcado y yo he intervenido”

¿O quizá no fue un error?

-¡Bruja! –

Un leve e inaudible crujido llegó hasta sus sensibles oídos que eran capaces de diferenciar el paso de un lobo gris de uno de pelaje blancuzco hizo que clavara sus ojos gris verdosos exactamente en el lugar de donde había provenido. Ahí no había nada, pero su desarrollado sentido no la engañaba. Pronto lo supo, uno de esos yaguars aún seguían cerca. Sin ni siquiera pensarlo, quiso salir de dudas. Antes de que el primero de los que conformaban esa multitud se le lanzara encima, un destello los cegó a todos por un breve instante. La luminosidad fue tanta que intentaron desesperadamente en proteger sus ojos. Una vez con las pupilas levemente heridas, fueron recuperando paulatinamente la visión. Se dieron cuenta que la chica había desaparecido…

*Crónicas de Mimir*

"Crónicas de Mimir"

Ayway...con mis nervios a punto de estallar porque el médico me ha prohibido comer chocolate (pero no pienso hacerle mucho caso X_X) y no me salen algunos dibus, me dispongo a comenzar con subir las urls correspondientes a esta historia interactiva, del cual me han hecho favor de participar las personas que más admiro en el mundo de las letras y claro, de manera personal: Metal_Link (mi hermano), Minaya, Nayru, Roskat, Säbel, Shadow, Saku_Zelda, Triforce_Deity, The Hero of Time y una servidora. Todos con un inigualable estilo, han hecho de Mimir un lugar lleno de emociones, aventuras, misterio, amistad y amor n.n

Os doy la probadita del prólogo, una imagen de mi personaje: Tyra de Celes, de la cual postearé su ficha y bueno, disfrutadla ^^


"Hace mucho tiempo, antes de que existiera el tiempo y el espacio, antes de que la vida soplara su tierna brisa por todos los poros de nuestra piel, antes de que el mundo junto con todos sus colores y sensaciones se formara, existía vagando por ese desorden Chaos, gobernante de ese universo en silencio. La nada dominó por millones de lo que hoy llamamos años. Hasta que una vez, si es que se le pudiese llamar así, cansada de esa monotonía, Chaos puso fin a su eterna y solitaria travesía. Y desde su interior trajo a su universo a miles de hijos animados e inanimados… Pero en vez de ser un acto de amor o de cambiar el desorden que imperaba, Chaos lo vio como una forma de demostrar a alguien que no fuese a ella misma su poderosa influencia y de calmar momentáneamente su aburrición.
De todos los miles de hijos, siete de ellos, siete dioses, hijos de la confusión y hermanos de la deidad en sangre y corazón, se dieron cuenta de la actitud egocéntrica y posesiva de Chaos. Decepcionados de quién fuese su creadora descendieron desde la matriz de su progenitora alejándose hasta el punto más lejano del centro de los dominios de la diosa, eso sí, acompañados por otros tantos de sus hermanos menores.
Esos siete grandes dioses eran: Odla, el de los brazos de oro, el dios de la tierra, Lathia, la de los cabellos de zafiro y diosa de la bóveda celestial, Sibel, la de los pies argentados, diosa del agua, Reivaj, de labios ardientes y dios del fuego, Elia, la de piel de porcelana y diosa del viento, Horth, el de espíritu esperanzador, dios del valor e Ikah, el de ojos rasgados, dios de la dualidad.
Los siete, decididos a crear un lugar diferente a lo que habían experimentado y en donde derramar sus dones, comenzaron y terminaron su labor inmediatamente que para nosotros hubiese sido una tormentosa eternidad.

En el lugar elegido, Odla, con sus potentes brazos cultivó la roja y negruzca tierra y le dio forma.

“He construido la dura piedra y la suave arena. Aquí fundaremos un nuevo mundo, le llenaremos de cosas nuevas, lejos de la arrogancia y perpetuidad de nuestra madre y a la vez nuestro padre Chaos” Y una vez de terminar de moldear, dio paso a la primera de sus hermanas.

Lathia, creó los cristalinos y vastos cielos, y a través de ellos esparció su vasta presencia.

Otro mundo de inmenso azul he puesto, pues Odla necesitaba un manto que cubriese la soledad de su mundo terreo” La diosa se fusionó con el firmamento.

Sibel, con sus limpias y purificantes lágrimas inundó el nuevo mundo de agua, el elemento del inicio.

Lloro de alegría, pues delante de mi Odla y Lathia han creado cosa más hermosa y perfecta. Más hincha mi interior de gozo porque puedo llenar los huecos caminos que han dejado para que vaciara en ellos mi fascinación en forma de gotas de perla” Dijo la divinidad en un susurro.

Reivaj, de su boca, surgió una gigantesca llamarada naranja-amarillenta circular a la que llamó “sol” el cual proporcionaría calor a las formas creadas y no creadas de la tierra. Una pequeña lengua de fuego que formaban la mítica estrella se separó y alejándose al otro extremo del mundo se enfrío pero no perdió su brillo y tomó forma. El dios la nombró “luna”.

“Da calor al día, hijo Sol…Luna, velad la noche como una hermana guardián guerrera…” Exclamó Reijav, sonriendo ante su creación.

Elia, con el movimiento de sus finos dedos creó los rollizos vientos que danzarían por todos los recovecos del planeta.

“Respira y vuela, dulce aroma de mil esencias…encontrad tu lugar en esta esfera” La bella divinidad, tímida y callada no hizo más que suspirar.

Horth, con su rica alma jovial esculpió y dio vida a todos los seres desde el más insignificante árbol hasta el primer ser mortal que desde entonces moraron el mundo que él llamó Mimir.

“Os doy la habilidad de caminar por la tierra perfecta que ha creado Odla, de la cual comerán y dejarán plasmada vuestras huellas. Lleven sus ruegos hasta el vasto cielo de Lathia. Beban de la fuente de diamante de Sibel para que sacien su sed de saber. Despierten cuando la estrella de fuego se levante por el oriente de Reijav y cuando se esconda iluminen su sueño con el pálido brillo de su diminuta melliza la luna…Dejad que vuestra materia respire el viento de mi amada hermana Elia…Vivid pues y yo os protegeré, tened valor y fe…” Así habló Horth, mientras sus pupilas se tornaban decididas sobre sus criaturas.

Ikah, finalmente proveyó al alma de cada hombre y mujer, bestia y planta de su propia esencia: la dualidad que equilibra las fuerzas opuestas e iguales a la vez…Luz y Oscuridad…

“Vuestra savia, ya sea roja o transparente, vuestra piel ya sea blanca o negra, recordad que todos, “sin excepción” os he puesto en ella, en cada alma, la semilla del universo: el recuerdo de Chaos. Ya dependerá de vosotros con cual cubriréis vuestro destino…si envolveréis el don de la vida que mi hermano Horth os ha dado con el bien o mal, con odio o amor, con sombras o luz… Pero no olvidéis que al principio y al final sólo encontrareis lo inevitable…” Fueron estas palabras que profirió la boca divina del gran Ikah.

Los grandes dioses complacidos, al completar su misión regresaron a su nueva morada erigida en los cielos… Sin embargo, los dioses lo saben, el viento de las tormentas de Mimir lamentará una trágica historia que sucederá... Esta es una vieja historia, ahogada en los recuerdos del mundo sagrado, olvidada a la fuerza por quienes sufrieron y recordada por los valerosos seres como el despertar de un deseo.
Todos los seres cometen errores…otros pequeños…otros grandes…lo que es cierto que al fin y al cabo estos actos afectan en mayor o menor medida a quienes les rodean y tarde o temprano se pagan... El tiempo medido con arena de reloj cayó sobre aquellos seres creados, para unos alegremente, para otros en poca medida de forma hostil y Mimir empezó a levantarse. La vida en el “Reino de Oro” comenzó a ser eso, vida, al darse la evolución….Todo en un principio fue armonía, abundancia y prosperidad… Sin embargo los milenios pasaron y todo cambió por intervención de otros dioses procreados por el mismo eco de la confusión y envenenados por la influencia de Chaos, la deidad que nunca perdonó que sus primeros hijos la abandonaran… Celosos por las maravillas creadas por los siete dioses, aconsejaron a humanos inimaginablemente egoístas y efímeros que se levantaran en armas en contra de otras divinidades menores que habían sido elegidos por los dioses creadores para cuidar del bienestar de sus hijos mortales.
Inevitablemente una maléfica guerra se desató… Una batalla en la que nadie ganó...nadie perdió…
Los verdes esmeraldas y vastos campos de Mimir perdieron su pureza al ser pisoteados por seres abominables que no supieron comprender el regalo del dios dual. Las altas montañas perdieron su eterna calidez y fueron envueltas por un gélido frío eterno. La transparencia de su mar y de sus ríos fueron consumidos por el color a muerte y sabor a ajenjo y la morada de los mortales se asimiló en un ahogante desierto. Los dioses desde su eterno paraíso veían como sus hijos, uno a uno morían…La oscuridad invadió el corazón de Mimir, que lentamente, como si esperase que en cualquier momento detuviese su palpitar. Hasta que un milagro, podría ser, entre tantos fantasmas y olor a muerte asfixiando la esperanza, dos luces brillantes aparecieron en el firmamento del desvastado reino, dos luceros de los cuales se escribirían su propia historia y se cantarían su belleza, el destino del cosmos infinito….la cruenta batalla terminó hasta la intervención de Ikah y Horth quienes fueron los únicos que bajaron del cielo… A partir de ese día comenzó una segunda y nueva época para la frágil Mimir, conocida como la “Era de Cristal” Nadie sabe cómo acabó todo. Nadie supo si los dos dioses regresaron a su mundo o se mezclaron entre la prole de los pobres mortales… Sólo que después del correr de ese río de sangre, Mimir fue relativamente purificado y sus tierras fueron habitadas por humanos simples y otros con habilidades inimaginables, híbridos, guerreros y semidioses, producto de los deseos de aquellos seres que se llaman así mismos las “Divinidades del Crepúsculo” con los seres de este pequeño y frágil mundo. Sin embargo algo desconocido que había sobrevivido a tales consecuencias seguía oculto, cuyo único sentimiento era la ambición que crecía cada día más con volver a surgir…débil al terminar el ayer…destructivo en el amanecer… Nadie supo en que tiempo ocurrió, ni tampoco con el paso de los años ha llegado alguien a saber la verdad. La mayoría de los seres no le dan importancia pues, realmente, no son cosas de que preocuparse… ¿O quizá la historia que mezcla el principio con el fin como lo predijo Ikah no termina ahí…? "

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