Las luces de la ciudad de Tomoeda decaían en su potencia. Poco a poco, los faroles dejaron de reflejar el naranja color del atardecer, de un verano poco soportable, para dar paso a un triste color azulino claro, que alumbraría a partir de ese momento las calles hasta la llegada del amanecer.
Noche tranquila, cielo lleno de estrellas.
Noche inquieta y llena de preguntas.
Ansiedad que no pudo ser satisfecha florece en su pecho. Suspiros escapan de sus labios y sus ojos se pierden en la infinidad de la oscuridad. Verdes cristales reflejan la tristeza, la fuerza de voluntad y la espera paciente al primer destello de una estrella. Todo aquello que pudiese mostrar una pequeña jovencita de quince años de edad cuya vida aún no había sido recorrida en su plenitud pero que guardaba en su pequeño corazón de niña el deseo más ferviente, el regreso del ser querido y verdadero amor.
-Sakura…- se oyó decir a una voz diminuta y fina.- ¿No puedes dormir? – preguntó preocupada.
Un pequeño gemido lamentoso fue lo único que se escuchó como respuesta.
-Sakura.- dijo con tono más preocupado.
La muchacha estaba sentada frente a la ventana y se recostada en el barandal de esta. Miraba como el cielo cambiaba sus tonos entre rojizos y anaranjados con total lentitud. En las tardes de verano, cuando no tenía nada pendiente, le gustaba sentarse allí y pensar. Hacía que el tiempo fuese algo trivial mientras estuviera posada allí.
El pequeño animal de pelaje dorado voló hasta posarse frente a su ama: la dueña de las cartas mágicas y poseedora del báculo de la estrella, Kinomoto Sakura.
-Sakura…-volvió a llamar con angustia más pronunciada.
La jovencita de cabellos cortos de ligero color marrón volvió su vista hasta posarla con los pequeños ojos negros de aquella criatura más parecida a un peluche.
-Kero-chan…-respondió en voz vaga casi ausente.
El nombrado acerco una patita a la frente de su dueña, golpeándola suavemente.- Estoy muy preocupado por ti.- la carita expresaba lo que las palabras trataban de explicar.
Kinomoto quedó observando a su compañero, sus ojos brillaron como recobrando su vitalidad.
-Per…perdóname Kero-chan.- soltó con sinceridad, acariciando la cabeza de su guardián.- No fue mi intención preocuparte.- continuó esbozando una linda sonrisa. Aquel gesto cumplió su cometido y el animalito correspondió con otra sonrisa, una calmada.- Sólo me quedé pensando…
-Pero, haz estado así desde que iniciaste el primer semestre de la escuela media…, Tomoyo está muy angustiada por ti…incluso Yue…-habló Kerberos sin apartar la mirada de los ojos jade de la dueña de las cartas.- ¿Ha pasado alguna cosa? O… ¿Hay algo que pueda hacer por ti? – preguntó con mucho interés y con ver decidido.
Las esferas verdes por ojos de Sakura se entrecerraron enternecidas.- Muchas gracias, Kero-chan. Pero no me pasa nada en realidad…sólo que…
-Tú sabes que siempre puedes contar conmigo, ¿cierto Sakura?. Somos amigos.-
Ella abrió sus brazos y, con sumo cuidado, abrazó al animalito. Sus mejillas sonrosadas chocaban con la pequeña cabeza de su guardián en miniatura. Una disimulada lágrima rodó por la mejilla opuesta, oculta a los ojos de Kerberos.
-Te lo agradezco, siempre estaré muy agradecida de tenerte a ti como mi buen amigo, Kero-chan.
El “gran” guardián y protector de la dueña y señora de la baraja de la “Estrella”, relajó sus músculos y sonrió, disipando las dudas que por un momento embargaron su corazón.
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Los primeros rayos de una cálida mañana se infiltraron por la ventana de la habitación de una niña de primaria. El reloj despertador aún no había anunciado la hora, prevista una noche antes, para levantarse. Permitiéndole a esa persona, dormir hasta que llegase el momento de despertar. Ni siquiera la luz que caía de frente al rostro femenino, inquietaban el sueño de la doncella.
Pocos minutos pasaron hasta que sonase la alarma.
Ella elevó con delicadeza un párpado, el rayo de luz cayó directamente a los irises esmeraldas. “Lastimada”, se tapó con las ligeras sábanas hasta tope de su cabeza. No quería levantarse y dar cara a una calurosa mañana. El despertador esférico y de color rosa, seguía en su labor, sin que nadie lo apagase. Cuando el sonido se hizo insoportable, una delicada mano topó la superficie de este, cesando el ruido.
Con pesadez, descubrió las sábanas y su vista, aún cerrada, se negaba a enfrentar un nuevo día. A su corta edad, esta niña había sufrido incontables emociones, las cuales habían servido para el crecimiento y fortalecimiento de su carácter. Amable, cariñosa, sincera y muy valiente; eran las cualidades que daban nombre al título de Cazadora de cartas. Sin embargo, lo de “cazadora” sería un término en pasado. Ahora, con quince años de edad, era la dueña absoluta de unas cartas que habían cambiado para siempre su vida.
Les debía tanto a esas entidades y no pasaba un solo día sin que agradeciese a los cielos el poder contar con ellas.
Se sentó y estiró los músculos que habían estado en reposo durante el sueño. Había sido una agradable noche y le costaba el tener que despertar. Una sonrisa, con los ojos aún cerrados, adornó el rostro infantil.
-Hoy…daré lo mejor de mí.- susurró suavemente para ella sola soltando una risita al final.
Un cajón de su escritorio se abrió lentamente y de su interior, una criatura de aspecto gracioso emergió con igual pesadez que la niña en la cama. Voló con torpeza hasta la cabecera del sitio en donde dormía su ama. Sakura al notar la presencia de su guardián, le saludó:
-Buenos días, Kero.- soltó en tono sutil sabiendo que el nombrado aún no despertaba del todo.
-Buenos días…-respondió el animalito con cansancio.- El despertador sonó más de lo debido ¿no, Sakura? – añadió despejando un poco más su mente.
-Sí.- contestó la chica de cabellos cortos y marrones.- Perdóname si te desperté muy temprano Kero-chan.- habló con sinceridad la jovencita.
-No te preocupes.- el animal parecido a un peluche de pelaje dorado siguió.- ¿Pero, porqué lo pusiste muy temprano…? Que yo recuerde ni cuando te toca servicio lo colocas a esta hora.
-Es que hoy he decidido que me esforzaré mucho más.- en su tono se notaba el entusiasmo.- Ya no saldré más apurada a la escuela y no me atrasaré con los deberes.- su sonrisa era de confianza y compromiso.
Kerberos alabó su empeño pero…
-Algunos hábitos son difíciles de cambiar, Sakura. Poco a poco se logra mejores resultados, ¿sabes?
-Sí – sin molestarse a la falta de confianza, ella respondió.- Pero, igual lo intentaré.- terminó con el rostro iluminado ante su irrevocable decisión.
El guardián de dorados ojos asintió convencido.
Ella era Sakura después de todo. Además, tenía un poderoso conjuro de su parte.
Se levantó y animosa, se vistió con el uniforme de verano para poder ir a su escuela. Su cabello había mantenido el corte habitual sólo estaba un poco más largo, pero no lo suficiente como para que rozase con su nuca. Sus coletas de esferas habían sido reemplazas con unos ganchos de colores y sus mechones de cabellos seguían intactos, adornado el perfil de su rostro.
Su rostro…
Había cambiado un poco. Aún conservaba el encanto de la inocencia pero un leve velo de mujer cubría el mismo. Sus facciones se habían vuelto más finas, sus pestañas más largas y sus labios un poco más gruesos. La adolescencia daba sus primeros pasos y la transformaban en una bella jovencita.
Porque hermosa, su alma siempre fue.
Peinó y arregló su cabello, alisó con sus manos los pliegues de una corta falda blanca y acomodó con cuidado la corbata que desde la blusa, caía hasta mitad de su pecho. Estaba lista. Antes de salir del cuarto, cogió su maleta de forro de cuero negro y el saco característico de su colegio. A pesar de ser verano, era un reglamento de la escuela el llevarlo. Se despidió de Kero desde el marco de la puerta y salió sin oír el recado de los dulces de la tienda nueva que anunciaban por televisión que tanto deseaba que Sakura se los comprase.
Sería para otra vez.
Bajó las escaleras de su casa sin hacer bulla. La hora que marcaba el reloj de la cocina era cinco minutos para que sean las siete de la mañana. Su hermano, estaría durmiendo aún; y su padre estaría también descansando. Porque si mal no lo recordaba, él había estado despierto hasta altas horas de la noche por asuntos de la universidad. Sí, su padre aún trabajaba en aquel lugar, pero ahora le habían ascendido de cargo y era decano de la facultad de Arqueología. Un gran logro, el cual festejaron ni bien se enteraron de ello.
Su hermano había conseguido una beca en deportes y estudiaba en la universidad, alternando deberes y trabajos de medio tiempo. Sakura también quiso conseguir un pequeño empleo pero, tanto su padre como su hermano se negaron; y ella acabó, para beneficio y seguridad de todos, con los quehaceres completos de la casa. Así, ayudaba más de lo que ella pensaba.
Caminó hasta la cocina, posó su maleta en la mesa y decidió preparar un rápido desayuno. Las manecillas señalaban las siete y cuarto cuando terminó de colocar la mesa para ella y su familia. Esos eran sus labores diarios: preparar las comidas del día, ocuparse de la limpieza y el lavado de la ropa; y una que otra tarea más. Pero, la mayoría de las veces, la casa estaba vacía y no había mucho por hacer. Así que la pasaba en su cuarto repasando su brujería.
Kero la había mantenido ocupada en sus ratos libres repasando hechizos para el uso veloz de las cartas sin la necesidad de recitar un conjuro previo a su uso. Así, la de ojos verdes había podido dominar tan sólo con el pensamiento la capacidad de usarlas sin siquiera nombrarlas. Como Clow solía hacerlo en vida…
Pero, no sólo el mejorar los talentos de la dueña de las cartas de la “Estrella” había sido el objetivo de la criatura mágica y guardiana. El principal y, quizá, el verdadero motivo para mantenerla distraída era el que ella no se pusiese a pensar en aquel muchacho que viajó a China años atrás. Preocupado, Cerberos se encargó en la labor de dedicar su tiempo a que ella no pensase en el descendiente de Clow.
Todo por amor a su amiga.
Cuando la mesa estuvo puesta, no pasaron muchos minutos hasta que su hermano, la altiva apariencia masculina, llegase al mismo lugar que estaba ella. Sonrió con malicia y una expresión de desconfianza se mostró en su faz. Si bien, ya no la trataba de monstruo, aún no le daba los créditos suficientes para tratarla de otra manera.
-Buenos días, hermano.-saludó ella desde el otro extremo de la cocina.
La jovencita de vivaces ojos vedes, al notar que su pariente estaba expectante observando la mesa, le comentó:
-No se come por los ojos.
-Si se pudiese…me dejarías ciego.- contestó, sentándose a la mesa y cogiendo un bocado de lo servido.
La menor de los Kinomoto observó con falso desprecio a su hermano, pero luego su semblante cambió al verlo comer sin más quejas. Todos los días era lo mismo, no se cansaría hasta recibir un buen comentario de Touya alabando su comida. Aunque fuese una labor difícil, ella lo conseguiría. Así sería.
Después de todo, si quería ser en el futuro una buena esposa…lo menos que podía hacer, era congraciar a su esposo con deliciosas comidas…A su esposo…verlo feliz, al lado de ella.
Una mueca triste y un ligero sonrojo fue lo que mostró la niña de moños durante el resto del desayuno. Touya, el joven de cabellos oscuros, miró y analizó la faz de su hermana y el cambio de su actitud, llegó a la misma conclusión de siempre: ese mocoso.
No le había preguntado el porqué de estar levantada más temprano. Sabía que no tenía práctica de porristas ni que tenía que ir por servicio al salón de clases. Pero aún así, no interrogó. Entendía que de alguna manera, la persona que tenía frente suyo, estaba reclamando autonomía y él respetaba eso. No quería que ella cambiase radicalmente. Tenía en mente por siempre tener a su hermanita pequeña, la inocente y dulce Sakura. Se había acostumbrado a la idea pero, entendía que el “por siempre”, era sólo un engaño.
Ella crecería y buscaría por sus propias medidas la capacidad de “volar”. Sin la necesidad de contar con manos que la elevasen al cielo…le costaba y dolía ver que ella muy pronto no lo necesitaría.
No poseía más el talento mágico, se lo había otorgado a la criatura parecida a un ángel llamada Yue para que cumpliese su labor. Pero aún así, sentía que no había hecho todo lo que en sus manos estuviese para lograr apoyarla y auxiliarla. Percibía que se había quedado estancado en su tarea de ser su hermano protector…Aún sin poseer poderes sobrenaturales, había podido evitar el gran sufrimiento que causó ese mocoso al partir. No pudo proteger aquel corazón que lloró de tristeza noche tras noche, y que las palabras dulces no podían apaciguar. Lo único que hizo fue observar y maldecir a aquel que se fue dejando un corazón roto.
Mordió su labio inferior, un leve quejido escapó de la boca del joven universitario.
-Hermano, ¿estás bien? – preocupada, la niña de ojos esmeraldas, elevó su vista hasta los cafés de su pariente.
Este evitó la mirada.- No pasa nada.- y continuó comiendo.
-Hermano…-enfatizando la palabra.
Del rabillo del ojo- Que pasa – habló de mala gana, sin intención de seguir la conversación, el muchacho trigueño.- Come rápido sino se te hará tarde y por puro gusto te habrás levantado temprano.
Haciendo un puchero silente, ella se levantó de la mesa y llevó sus platos al fregadero.
-¿Tienes clases temprano en la universidad hoy, hermano? – pregunto interesada la joven. Olvidándose de la antipatía que sintió momentos antes.
-No.- tomando un sorbo de café.- Mis cursos empiezan luego del medio día.- terminó.
-Entonces, ¿por qué te haz levantado a esta hora…?
Sin responder, Touya Kinomoto se levantó de su lugar, dándole la espalda a su hermana. No sin antes, detenerse en la puerta y murmurar con suave voz:
-Que te vaya bien en la escuela, “Sakura”.
Y ella sonrió.
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Yendo por el camino habitual con dirección a la escuela pre-secundaria, la dueña de las cartas que poseían su nombre, cruzó con velocidad el gran parque céntrico de la ciudad de Tomoeda. Aún conservaba los patines que tanto había usado en su niñez cuando le tocaba la tarea de lidiar con alguna carta rebelde. Guardaba agradables recuerdos con ellos.
También, seguía siendo buena en los deportes y, las matemáticas continuaban siendo su materia menos agradable. En lo que se refería a pequeñas cosas, todo era igual que cuando era pequeña. Su esencia no había sido alterada.
Llegó al portón principal de la gran escuela, se encontraba abierto pero sin alumnos que entraran por el gran umbral que dividía las calles del interior de la institución. Pasó y se dirigió con paciencia hacia el salón de clases.
Fue la primera en llegar.
Abrió las ventanas, dejando que el aire fresco recorriese los rincones de cada esquina en la que el oxígeno no hubiese podido llegar. Borró las escrituras de las pizarras y modificó la fecha correspondiente. Luego, limpió los borradores y los colocó en el pupitre correspondiente al tutor. Con sonrisa en el rostro, regresó a su asiento.
Siempre había tenido la buena fortuna de que su lugar en el aula estuviese al lado de una ventana. Es como si le permitiesen la oportunidad de distraerse de lo tediosas que podían ser las clases y, mirando al exterior, podía dejar que su imaginación jugase con los pétalos de cerezo que en primavera florecían. Y, no sólo eso. Imaginaba que podía llegar a muy lejos…usando sus propias alas, volaría hasta China…encontraría la esencia añorada por tantos años y se dirigiría ahí sin pensarlo dos veces.
Ansiaba el poder verlo. Más alto que ella, más varonil y más caballero. Pero, igual de tierno y de amable; de valiente y… de tantas cosas más con las cuales poder soñar acerca de él. De su amado, Li Syaoran.
Suspiró. La nostalgia invadiendo su corazón y la imagen de él gobernaba su cerebro. Le extrañaba demasiado…no importaba cuantos fuesen los intentos de Kero-chan, de su hermano, o los quehaceres de la casa; siempre había un segundo en que su mente podía divagase en recuerdos. Pero, no podía dejarse abatir por ello. Debía mostrarse firme, para que así la buena voluntad de los otros no fuese en vano.
No quería preocupar más a nadie. Seguramente, si aquel muchacho la viese en ese estado, también estaría inquieto por saber lo que le pasa. Sonrió. Él es una persona muy tímida y sería casi imposible que se acercase directamente a interrogarla sobre sus sentimientos.
Un sonrojo cubrió el rostro de la niña casi mujer. Bellos ojos jades brillaban vivaces y a punto de desbordar penas. Una curvatura triste era lo que los labios dibujaban en aquel hermoso rostro. La mirada perdida en aquella ventana, divisando en el portón, la llegada de los alumnos del instituto Tomoeda.
Limpió su rostro con el reverso de su mano y dio unas suaves palmadas a sus mejillas, dándole una tonalidad rosa natural.
-No puedo ponerme triste.- se dijo, animándose.- Daré lo mejor, ahora y siempre.- continuó, llenando su espíritu de confianza y entrega.- Por mi familia, por Kero-chan, por Tomoyo-chan, por…. Syaoran-kun y…por mí.
El salón fue llenándose poco a poco. Afables estudiantes se saludaban los unos a los otros mientras que jovencitas reían en los pasillos comentando lo que habían hecho el día anterior.
Alrededor de la carpeta de la joven de cabellos cortos y marrones, había un grupo de jovencitas que reían sutilmente. Una de ellas, llevaba gafas y poseía un cabello largo y liso; su nombre Naoko Yanagisawa. A su lado, una joven conversaba con la susodicha de forma entusiasta, ella era Chiharu Mihada, que también era la novia del estudiante de mayor “ingenio” de la escuela, Takashi Yamazaki. Una joven de delicadas facciones sonreía a lo comentado por la otra muchacha. De cabellos oscuros y ondeados, Rika Sasaki a medida que se involucraba en la conversación, no dejaba de acariciar aquel anillo que posaba en su dedo anular izquierdo.
Estar rodeada de aquellas personas la hacía feliz. El poder conversar con ellas la motivaba a seguir sonriendo.
Una voz débil pero armoniosa interrumpió la conversación.
-Buenos días.- saludó la recién llegada.
Tomoyo Daidouji se presentaba ante ellas con escasos minutos de retraso. Se disculpó diciendo que habían llamado de la oficina de su madre y requerían sus servicios como modelo para un nuevo lanzamiento de muñecas que su madre estaba promocionando. Aparte de una prominente cantante, a su corta edad había sido la imagen para numerosas marcas de ropa y era la modelo adolescente más cotizada.
Aquello no le llamaba mucho la atención pero era de suma importancia para su madre. Así que la complacía. Además, al involucrarse en aquel mundo, aprendía con devoción lo necesario para que su sueño de confeccionar vestuarios se hiciese realidad. Su ideal incluía a su mejor amiga, Sakura Kinomoto, como la principal modelo.
-Buenos días, Tomoyo-chan.- respondió al momento la de cabellos cortos marrones.
-¿Qué tal, Sakura-chan? – respondió con encantadora sonrisa, ubicándose a su lado, en la carpeta que le tocaba.
-Muy bien, gracias.
La conversación no pudo durar más debido a la llegada del tutor de la clase. Un hombre alto de carácter amable y de claros ideales, que robaba suspiros a las escolares y hacía sonrojar de ternura a una muy especial.
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Los cursos del día acabaron y las campanas anunciando el retiro del alumnado comenzaron a sonar. La joven de largos cabellos azulinos, Tomoyo Daidouji, se acercó a Kinomoto.
-Con las chicas pensábamos en ir a las tiendas que se encuentran en el centro después de clase. ¿Te gustaría ir? – preguntó con dulzura el prodigio del canto.
-¿A las tiendas? – repitió inocente la antes cazadora.
-Así es. Iremos a conocer la marca de maquillaje que mi mamá produjo hace unos meses.- continuó, esperando que la jovencita aceptase.- Seguramente, si somos más, nos harán buenos descuentos.- finalizó con sonrisa un tanto maliciosa.
-Nunca había ido a ver maquillaje…- murmuró Sakura.- Pero, está bien, iré. Sólo dame un momento.- aceptó, guardando rápidamente sus útiles en su maleta.- Listo.- curvó sus labios en radiante sonrisa.
Naoko, Chiharu y Rika; las esperaban en la puerta principal de la escuela.
-Se demoraron.- habló la más entusiasta.
-Que bueno que decidiste acompañarnos.- dijo Naoko, cambiando el humor de la conversación.
-Sí, gracias por invitarme.- contestó una avergonzada jovencita.- Pero a decir verdad, nunca he tenido oportunidad de mirar maquillaje, ni mucho menos probármelo.- sus mejillas se encendieron ante su sinceridad.
Rika rió.- Yo tampoco he podido hacerlo, Sakura. Pero me llama la atención y creo que es mejor si vamos todas juntas.- confortó ella.
-Gracias, Rika-chan.- agradeció la susodicha.
-Entonces, vamos yendo.- intervino, Tomoyo.
Las jóvenes adolescentes se dirigieron con rumbo al centro de la ciudad de Tomoeda. El lugar en donde la mayor parte de los habitantes pasaba largas horas en sus almacenes y restaurantes. Disfrutando de lo apacible que podía ser ese pueblo y sin siquiera recordar los incidentes que pasaron hace años. Gente alegre y conversando era lo que se podía observar a donde se voltease la vista.
Recorrieron las galerías principales de la zona antes de dirigirse al lugar en donde se ofrecía el producto que era de su interés inicial. Eran jóvenes mujeres y la curiosidad de aquel elemento que transformaba hasta la menos agraciada en un monumento a la belleza femenina, que si bien, ninguna en realidad lo necesitaba, era un simple “intentar” ante tanto comercio que veían en el sitio.
Entraron al local y fueron recibidas por mujeres de divina silueta que las acompañaron hasta un área que, con un cartel, indicaban los productos especiales para niñas. Rubores de ligeros colores, labiales de tonos rosados, brillos, compactos de tonalidades pastel; y demás artículos de belleza que no denotasen agresividad en ellos. Todo pensando en lo más natural para las pre-adolescentes.
Chiharu fue la más interesada, probaba los labiales y sonreía ante un gran espejo que había en ese pequeño lugar. Naoko sólo reía ante las poses que podía hacer su amiga cuando se dejaba llevar. Rika observaba avergonzada un compacto de sombras, dudosa de probárselo. Tomoyo sólo se limitaba a observar con Sakura a su lado.
Pronto, la dueña de las cartas tuvo la urgencia de seguir el juego con sus amigas. Acercándose hacia un mostrador que portaba brillos de distintas tonalidades en pastel. Tomó uno y los desenroscó. Untó un poco en sus labios y observó su rostro en el espejo.
Se ruborizó ante lo que veía. Sus amigas la rodearon.
-Te queda muy bien, Sakura-chan.- habló Chiharu.
-Sí, te ves muy linda.- corroboró Naoko, la de lentes.
-¿Lo…lo creen así? – temerosa, la de ojos jades, quiso dejar el artículo en su lugar pero una mano la detuvo. Tomoyo le miraba con ternura y agregó.
-Te lo puedes quedar, Sakura-chan. Es un regalo mío.- convenció la de cabellos azulinos y largos.
-Pero…- dudó de nuevo, la nombrada como las flores de cerezo.
-Acéptalo, ¿si?
Tras un momento de incierto. Ella dijo que sí.
Al salir de la estancia, Sakura anunció que debía retirarse a su hogar. Tenía que preparar la cena.
-Volveremos a salir muy pronto.-comunicó Naoko.
-Espero que también vengas con nosotras.- habló Chiharu con alegría en el tono.
-Sí, lo haré.- agradeció la escolar, dándose vuelta.- Muchas gracias por el regalo, Tomoyo-chan.- dijo antes de partir.
-No hay de qué.- contestó finalmente la antigua maniática de las grabaciones, Tomoyo Daidouji.
Las cuatro amigas vieron como una de las suyas se perdía entre la multitud de las personas. Todas llevaban un semblante tranquilo y sonrisas corrían en la comisura de los labios de cada una. Sus corazones latían impasibles y las dudas de semanas atrás parecían haberse disipado.
-Me alegro que Sakura-chan, nos haya acompañado.- comentó una jovencita de cabellos marrones casi cobrizos, Chiharu Mihara.
-Ha estado cabizbaja desde que iniciamos el nuevo curso.- continúo la de lentes y de cabello lacio, Naoko Yanagisawa.
-Es cierto, no se comportaba como antes y su sonrisa parecía vacía.- Rika Sasaki, agregó con sutil tono de preocupación.- Fue buena idea el salir todas juntas, verdad Tomoyo-chan? – la mirada de la nombrada aún trataba de encontrar la espalda femenina que las había dejado momentos atrás. Al oír su nombre, volteó hasta fijarse en los ojos de quien le hablaba.
Asintió con la cabeza.
-Fue bueno verla sonreír. Aunque el motivo de la salida no fue algo especial...-confesó.- Al menos, Sakura-chan pudo relajarse y divertirse…al menos…ya no estaba con ese semblante triste y ese ver distraído…- habló la jovencita de quince años de cabellos largos azulinos oscuros.- Sólo me gustaría poder ver aquella sonrisa más a menudo, como antes. Como cuando Li-kun estaba entre nosotras…-divagó.
-Ella no ha podido… ¿verdad?
-No, aún lo sigue esperando.- habló Daidouji.- Lo seguirá haciendo y no se rendirá. Yo sé que Sakura-chan se repondrá pronto y volverá a ser como antes. Volverá a saludarnos con tanta energía que hará que nos contagiemos de ella. Será esa misma alegría y devoción lo que hará que Li-kun regrese.
-Ojalá y así sea, Tomoyo-chan.- dijo Rika, observando la faz preocupada de su amiga.
-Yo confío en Sakura-chan; y “sé que todo estará bien”.
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Tomó un camino diferente al habitual al retornar al su domicilio. Distinto pero no desconocido. Se deslizó por las avenidas cuesta abajo de la pequeña ciudad y cruzó calles con una velocidad impresionante. No quería detenerse, pero tampoco quería llegar pronto al lugar que había dicho al que llegaría.
Sus irises verduscos divisaron un complejo de departamentos que ocupaban una gran manzana a la vuelta de la esquina. Frenó sus patines y se quedó estática frente a ese lugar. Su mirada estaba quieta en una puerta visible a sus ojos pero con el sólo mirarla, no lograría que esta se abriese.
Ella sabía desde hace mucho tiempo que la puerta de aquel departamento, el interior, era habitado por una familia diferente. Ya no encontraría a aquel chico detrás de aquel lumbral. Ya no vería la sonrisa que con cariño la recibía, aprecio que ella en su niñez no percató los indicios del verdadero amor. El corazón alojado en su pecho marchó sin cesar en un palpitar acelerado. Sus mejillas calientes, sus manos temblantes y el labial inferior apretado con sutileza contra el otro…, ella quiso llorar.
Aguantó la respiración y negó fuertemente con la cabeza colocando las manos sobre su pecho.
-No, no voy a llorar.- se dijo así misma.- No lo haré.- repitió.- Porque cuando vea a Syaoran-kun, lo recibiré con una sonrisa…-susurró con su dulce voz de enamorada.- Porque yo…- rosadas mejillas aumentaron sus tonalidades y la voz cesó por emoción más que por vergüenza.- Será mejor, ir a casa.- dando un último vistazo a gran edificio delante de ella.- Adiós…
Con una velocidad menor a la primera, Kinomoto regresó a su hogar con la vista clara y con un suave viento rozando su rostro. Las palmas de sus manos casi podían tocar el aire al sentirse tan ligeras.
Al llegar, abrió la puerta para luego cerrarla con llave. Notó que los zapatos tanto de su padre como de su hermano, no se encontraban en el recibidor. La curvatura de sus labios se alargó en una gran sonrisa, ahora podía preparar la cena sin preocupaciones por el tiempo. Corrió por el pasillo y subió las escaleras con dirección a su habitación.
Tocó como de costumbre la puerta para avisarle a la criatura mágica sobre su presencia, pero no recibió respuesta. Abrió despacio y se sorprendió que su guardián no saliese a recibirla.
-Que raro…- habló.- ¿Kero-chan…?- llamó con incertidumbre.- Ya llegué, Kero-chan. Sal…- buscó en el cajón y no lo encontró. Divisó en la superficie de su escritorio una nota escrita torpemente. La cogió y leyó las letras superficiales que habían sido trazadas con rapidez.
“Sakura, como no llegaste a escuchar lo que quería pedirte, he decido ir por mi cuenta a ver los dulces de esa tienda nueva que aquella periodista comía con mucho apetito por la televisión. No tardaré.
Saludos,
El gran Kerberos.
P.D: Escuché decir a tu padre que llegaría tarde, y que tu hermano tendría prácticas hasta entrada la noche. Aún así, prepara una deliciosa cena y un gran postre.”
La muchacha releyó la carta otra vez. Y fuera de que Kero había salido en busca de dulces por su cuenta, de que su padre y su hermano no estarían con ella para cenar…descubrió que estaba sola en su casa.
Estaba sola en su casa…
Dejó el trozo de papel sobre el escritorio de lisa madera y fue a sentarse en su cama de cubrecama rosa pastel.
Suspiró.
Movió inconcientemente sus pies de arriba abajo. No sabía que hacer. Tenía tiempo suficiente de preparar la comida sin necesidad de hacerla en ese preciso momento. Sus ojos se perdieron en la infinidad del piso, como buscando la respuestas en el parquét de madera. Dándose cuenta que aún seguía con el uniforme de la escuela media Tomoeda, se dio prisa en cambiarse de atuendo.
Optando por una falda de pliegues color blanco y un polo de tiras delgadas naranja, el calor la obligaba a vestirse lo más cómodamente posible para poder así estar a gusto dentro de aquel lugar cerrado y en el que a escasas maneras la brisa de un aire acondicionador llegaba.
Sentándose ahora en el suelo, frente a aquel aparato que brindaba frescura, cogió su maletín sacando de su interior: cuadernos, su caja de útiles, dos libros de texto y…en un pequeño estuche, aquel regalo que su mejor amiga le había obsequiado.
Miró con curiosidad el empaque de aquel producto de belleza. Era alargado y de color rosa. Con un motivo de estrella en el centro que encerraba el nombre de la compañía de la madre de la de azulina mirada y miembro del coro de la escuela a la cual asisten. Destapó el objetó y desenroscó hasta ver salir por la superficie aquella silicona de color transparente que haría de otorgar a sus labios un brillo natural.
Allá en la tienda, con esmero presenció como sus amigas se divertían con aquellas muestras y ella también quiso ser parte de eso. Agarró lo primero que a su vista cruzó y su intención jamás fue el de llevar tal objeto con ella. Un regalo dado especialmente por aquella persona que la quiere como una hermana y con el fin de animar su espíritu.
Volvió a probar en sus labios aquel brillante material. Viéndose detenidamente a un espejo, se miró como en mucho tiempo no lo hacía. Las facciones suaves de su rostro se tiñeron de un carmesí que hacía juego con el color del labial y sus ojos miraban incrédulos a lo que su cristal reflejaba.
Se veía a sí misma, mayor y… ¿bonita?
Se avergonzó terriblemente.
-Je…je…je…- río en su nerviosismo.-…que estoy haciendo…si me vieran…así - sus irises destellaban sin perder la vista a aquella imagen de joven mujer.- Que pensaría…- posó una palma sobre la mitad de su rostro en el espejo.-…que diría Syaoran-kun…si me viese mayor…-soltó de repente, meditándolo en lo personal de su alcoba.- Es posible, ¿qué aún…sienta lo mismo por mí…? – Su mente no pensaba con claridad y sus labios profesaban a la imagen aquello que su corazón evitaba sentir.- …le gustaría de esta manera...- retiró la mano de la superficie del espejo, contemplando a la joven de quince años.- O…- con el revés de su mano, limpió de ras aquellos delicados labios, quitando por completo el luminoso material.- o…así? – La faz de niña volvía a aparecer, con una sonrisa triste y una expresión de vergüenza.-…que estoy haciendo…- en confusión, regresó a la pregunta del principio y la fundamental.
Cerró sus brazos alrededor de sus piernas y aproximó su mentón a sus rodillas, dejando que su rostro cayese completamente sobre ellas y, así, ocultar las fuertes lágrimas que resbalaban por la cándida superficie de su rostro.
-Syaoran-kun…- sollozó tristemente. Su aliento tibio chocaba contra sus piernas y las gotas caían de los irises verduscos sin poderse detener. El cabello de castaño claro color, tapaba su frente y resbalaba por los contornos de su fino rostro- Syaoran-kun…- una vez más, en susurro. Cesando sus palabras, sólo se dedicó a derramar su corazón y sus esperanzas en cristales de acuoso elemento. Unos minutos pasaron, el reloj era su sonido de fondo y sus oídos seguían fielmente ese tic-tac que le alertaban o, más bien desmentían, que el tiempo seguía su curso y que por ella, no se detendría.
El tiempo es traicionero. Aquel muchacho le pidió que le esperara y ella accedió.
“Para siempre”, dijo ese día en la parada de autobús, exhausta después de haber perseguido aquel vehículo que se llevaba a su verdadero amor.
“Te quiero”, gritó emocionada aquella vez en que pensó que él le había olvidado. Cuando creyó que no había más en que poder fiarse completamente y que su amor había desaparecido. Ese día sintió que el mundo en verdad había llegado a su fin. Pero, “Amor” le salvó.
-Te quiero…ahora….-la agitación volvió a embargarla a medida que recordaba los sucesos pasados y su desesperación se volvió una angustia severa.- Quiero que vuelvas.- lloró.- Quiero que vayamos a la escuela juntos.- sus manos, abrazadas a sus piernas, se sujetaron con firmeza.- Quiero conversar contigo, poder reírnos juntos, que Tomoyo-chan nos grave con su cámara y que Yamazaki-kun nos diga sus historias…-una pausa.- Quisiera…- su voz confusa cayó.- Tan sólo desearía…volver a repetir esas palabras…- y, de nuevo, sucumbió en llanto.
Aquel sonido tan lamentable, lo era aún más para aquellas criaturas mágicas que, desde su forma primaria, escuchaban los sollozos de su querida dueña y, sobretodo, amiga. Las cartas de nombre Sakura, que poseían sentimientos y voluntad, maquinaban alguna solución para poder aliviar el pesar de aquella muchacha. Su dolor era el de ellas, y la amistad les impedían el no actuar. Pronto, comprendieron el real deseo de su señora. No es que desconocieran de el, pero no podían aliviar el corazón que frente a ellas se destrozaba. Conocían el motivo, la persona, el alma, las palabras; que tanto Sakura Kinomoto quería entender, tener, abrazar y escuchar.
Si la magia lo solucionase todo, hubiesen evitado que aquel joven se marchase.
Como que así pudo ser…pero no fueron los deseos de ella en ese momento. La fe es lo mantiene de pie las esperanzas. Las ansias de querer ver al ser amado pronto sucumben con el traicionero y real tiempo, y tarde o temprano, ese momento tan cruel de la desolación vendría.
Pero estaban preparadas.
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Cuando el cielo se cubrió en una sábana negra estampada de puntos luminosos, ya la dueña de las cartas mágicas antes pertenecientes a Clow, cansada por el llanto, cayó en pesado sueño. La intrusa luna, escabullía uno de sus rayos desafiantes por una cortina entreabierta del cuarto de la doncella. Aquel haz de luz se posó sobre la superficie de una baraja de apariencia normal.
Pronto, la primera carta brilló.
“SUEÑO”
Y, el cuerpo de la Card Captor se iluminó.
Una ciudad de luces artificiales.
Cristales de color jade observaban atónitos un paisaje no esperado.
La Torre de Tokio.
De pie, sobre la superficie de una azotea de algún edificio, ella estaba parada…
-Porque…-habló desconcertada.- Porque estoy soñando con esto.- dijo más fuerte tomándose por los codos y sujetándolos contra su pecho.- Yo ya no tenía este sueño desde hace mucho tiempo…-miró su cuerpo. No había un traje especial de “batalla” hecho por su amiga de la infancia. Se vio que portaba su uniforme del instituto y que tampoco tenía el báculo de la estrella en sus manos, ni el colgante de la llave en su cuello.
Pronto se dio cuenta.
-Un sueño…premonitorio…- sus labios esbozaron las palabras pero ningún sonido salió de ellos.- Pero…por qué…-pensó más calmada.
Sin embargo, antes de que profundizase en su pensar, una fuerte ventisca la sacó de ese estado mental. Sus cabellos taparon su visión y aquel aire, le hizo perder un poco el balance. Pronto, sus ojos divisaron un componente faltante en la escena.
Los pétalos de cerezo.
Sakura por primera vez sostenía con sus manos las flores de las que provenía su nombre. Eran tan delicadas…
La ventisca volvió, esparciendo las pequeñas delicias rosadas por el aire, Kinomoto estaba maravillada por el espectáculo. Una sonrisa ingenua apareció en su rostro. Aquellas flores le recordaban el camino que tomaba todos los días para ir a la escuela y en los cuales iba acompañada de su hermano y de su primera ilusión, Yukito Tsukishiro. Eran hermosos recuerdos.
Pero, el momento de emotividad no le duró mucho.
Como si aquellas ventiscas anteriores anunciaran la venida de un torbellino desastroso, la ciudad cayó en tinieblas y lo único que alumbraba aquella oscuridad, era la imponente Torre de Tokio, maravilla de Japón.
La dueña de la baraja hechizada, no sabía porqué, pero supuso que debía acercarse a ese lugar. Arquitectura que se le fue anunciada en su primer sueño y que decidiría su vida para siempre. Aquel sitio en el cual habría librado el juicio final con el ser mágico Yue y que había vencido gracias a su valor y su fuerza del corazón. Además de ser el lugar en donde, en un sueño también, conocería a Eriol Hiragisawa y a sus guardianes, Ruby Moon y Spinel Sun. Los cuales también la pondrían a prueba y conseguirían, no sólo la transformación de sus aliadas, sino la realización del primero amor.
Un espacio con el cual estaba relacionada íntimamente.
Aún así, no se movió de su lugar.
No por miedo, no por dubitación.
Sino, porque lo vio.
Una figura estaba parada al borde de un peldaño de aquella estructura. Alta y con un porte elegante. No parpadeó para no evitar ni un solo detalle y talvez, por temor a que ese espejismo lejano no se esfumara. No pudo divisar su rostro, pero aquellos cabellos marrones, movidos por la brisa, oscuros bañados por lo plateado de la luna, si los pudo reconocer. Era como esa vez, como en ese sueño en el que anunciaba su llegada. Con el rostro tapado con un grueso cerquillo y un traje con motivos chinos; con el tablero mágico en una mano tratando de ubicarla. Pero esta vez, aquella forma masculina portaba un traje oscuro y sujetaba un objeto con firmeza a su lado.
Sakura gritó pero su voz fue cortada cuando la luna iluminó el rostro de aquella persona tan lejana a ella. Un rayo captó la dulce sonrisa y el ver bondadoso de su amado, Syaoran Li.
Ella dejó que una lágrima recorriera el borde de su rostro y juntando ambas manos en el pecho, como si tratase de que su corazón se quedase quieto y dejara de latir tan violentamente contra su delicado pecho, exclamó el nombre tan deseado.
-SYAORAN-KUN!
-SYAORAN-KUN! – el eco devolvió el llamado.
La jovencita quiso acercársele pero las delicias rosas rodearon su cuerpo, impidiéndole su aproximación al cuerpo que yacía en aquel brillante lugar.
-SYAORAN-KUN, SYAORAN-KUN! – llamó con desesperación. Las lágrimas eran llevadas por el aire que circulaba a su alrededor, pero unas nuevas salían al instante. Gotas gruesas llegaron a caer al suelo, dejando su marca de dolor en ella.
El rostro de esa persona acentúo una sonrisa y le dirigió unas palabras.
-…….
Ella no las escuchó. El viento arrasó con la imagen de una Torre de Tokio y de un perfil luminoso en ella.
Todo se volvió oscuridad.
Los pétalos pararon en su danza brusca y fueron descendiendo a lo que podía llamarse piso. Una alfombra de rosa color se formó. La de ojos esmeraldas ahora teñidos en desgracia, cayó de rodillas en ella. La suavidad de aquella manta impidió que se lastimara, más eso no le importaba.
Le había “perdido” otra vez.
-Por…qué…- voz temblante y entrecortada susurraba una búsqueda de esta tragedia.
Talvez fue por su estado emocional quebrantado, pero la joven mujer no se percató de que había despertado.
Su frágil cuerpo tiritaba y sus manos, que sujetaban la cubre cama con fuerza, podían verse temblar. Su hermoso rostro, tan de niña, tan de mujer, expresaba una mueca de profunda desolación. Un sueño premonitorio…, una realidad que se avecina, una desgracia por carta adelantada, unas lágrimas que habían sido ahorradas pero ahora derrochadas por la tristeza. Ella no entendía.
-Fue todo… un sueño… ¿verdad? – dijo para sí en un suspiro, último aliento después de tranquilizarse. Sus ojos observaban quietos sus manos ahora relajadas. Con el reverso de la izquierda, limpio su frente de las gotas de sudor que allí estaban. Volvió su ver a su mano derecha, notando que esta encerraba en ella algo. Abriéndola, descubrió un solo pétalo de flor de cerezo. Lo miró atónita y, cerrándola, acercó su mano hasta su pecho, confiando, en que todo lo que había visto en ese sueño era cierto y que, pronto habría buenas nuevas.
Dejó escapar un suspiro y curvó sus labios.
-Te volveré a ver…-sus ojos cerrados hacían un voto a la flor y sonriendo con la esperanza que brotaba siempre en su pecho y que, ni el tiempo ni el dolor habría logrado vencer.- No importa cuanto tardes, Syaoran-kun…sólo lo sé.- sus mejillas se tornaron de un delicado color sonrosado.- Te esperaré, mi querido Syaoran-kun.
Aún inquieta por lo que había visto, se dispuso a volver a retomar el sueño. Después de todo, eran las tres de la mañana…
En el escritorio, las cartas que eran suyas, resplandecieron nuevamente. Pero, esta vez, ningún poder fue evocado de ellas. Más bien, parecían contentas, un brillo de regocijo, porque estaban seguras, que su ama tendría un buen sueño lo que continuase de la noche.
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-Mmmm…
Un animal parecido a un peluche observaba suspendido en el aire a una joven muchacha dormir.
-Hay…algo raro en ella.- masticaba en sus labios aquel pensamiento que tenía desde que había salido del cajón en el cual descansaba.- Parece…feliz…- dijo en tono dubitativo.
Acercándose a ella, la miró fijamente.
-Mmmm…Syaoran-kun…
Escuchó de los labios de ella.
-Cómo? – habló el guardián en miniatura totalmente confundido.- Soñando, Sakura? – en tonalidad cariñosa, soltó al oído de la susodicha. Una sonrisa había sido dibujada en los juveniles labios, facción que no será borrada aún cuando despertase la dueña de las cartas.
Virando los ojos hacia el reloj despertador, percató que faltaban pocos minutos para que este sonase. Voló hasta posarse al costado de aquel objeto. Tomándolo con sus patas, manipuló las cuerdas hasta agregar treinta minutos más a la alarma que despertaría a su amiga.
-No es necesario que crezcas tan rápido, Sakura.- habló la criatura, sus pequeños ojos oscuros miraban con estima a la durmiente.- No es necesario que cambies.- volviéndose a las cartas que estaban encima del amplio escritorio, estás se iluminaron.- Nos gustas tal y como eres,…Sakura.- agregó en sonrisa.- diciendo esto, voló de regreso al cajón.- Descansa unos minutos más, mi señora.
El cajón se cerró y la habitación volvió a quedar en silencio.
En la primera planta de la casa, ruidos de la cocina indicaban que los habitantes de la morada estaban despiertos. Treinta minutos habían pasado desde que el muñeco cambiase la hora escogida. Ella seguía durmiendo cual ángel en gracia de Dios. La sonrisa hermosa no se esfumaba.
Sonó el objeto antes modificado indicando la hora.
-Sakura! Ya es tarde! – se oyó en tono alarmante.
-Mmmm, un rato…ya me levanto.- perezosamente, Kinomoto se sentó en su cama. Estirándose, con una mano cogió el reloj.- Pero si aún es temprano…- sin abrir los ojos, habló.
-Mira otra vez.- dijo el peluche en sonrisa burlona.
-Eh?- fijó los esmeraldas en las manecillas, notó con espanto que habían cambiado la hora antes señalada.- EHHHHHHH!!!
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En el primer piso, el padre de la dueña de las cartas escuchó el grito proveniente del segundo piso de su casa.
-Al parecer Sakura ya despertó.- habló complacido el hombre, depositando una taza de café en la mesa.
-Algunos hábitos nunca cambian.- dijo con sorna, el joven hermano de la muchacha, recibiendo el recipiente que le había extendido su padre. Esbozó una sonrisa comprensiva a la hora de tomar el líquido caliente.
Arriba, bulla era lo único que se lograba escuchar.
-Pero, pero…. Estoy segura que dejé el despertador fijo…entonces…porqué…- decía como podía, Sakura mientras se colocaba, con torpeza, el uniforme estudiantil.- Como…..- se cuestionaba, acomodándose la corbata.
-No lo sé.-
La de ojos jade me dirigió una mirada acusadora que fue esquivada con gracia.
-Sakura! Yo ya me voy.- la voz de su hermano llegó hasta el cuarto de la hechicera, distrayéndola.
-Hermano, espérame! – contestó, peinándose con un cepillo las hembras de su no tan corto cabello.
Bajó las escaleras rápidamente. Entró a la cocina, saludó a su padre y tomó con velocidad aquello servido en la mesa, unas migajas de pan aún se veían en su rostro. Se dirigió hacia la salida, encontrando a su hermano montado en su bicicleta en el umbral de la puerta, listo para irse. Le sorprendió ver una sonrisa tranquila en el rostro de su aquel hombre.
-Aún eres una niña de primaria que se queda dormida y se atraganta al desayunar.- habló con calma, señalando el rostro de su pequeña hermana.
-No es así.- contestó enfadada ella, limpiándose con los dedos los residuos de comida.
Touya Kinomoto amplió una sonrisa y perdió su mirada por las calles de la cuidad.
-Me voy, Yukito me espera.- dicho y hecho, partió.
-Pero…-trató de detenerlo, pero ya era muy tarde.- Mi hermano aún me fastidia por lo de levantarme tarde…aunque ya sea estudiante de media…-habló con pesadez y vergüenza.
-Sakura, ya pasaste la hora límite.- señaló su padre con una sonrisa cariñosa.
-Ehhh, si, ya me voy.- se despidió ella.- Es tarde, tarde…
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Saliendo de la casa, por el enfado, había olvidado ponerse los patines que había utilizado el día anterior. Corrió con velocidad, tomando la misma ruta de siempre, aquella vía con cerezos adornando la vista. El viento chocaba su rostro mientras corría y en sus pensamientos, el llegar temprano era lo único que los llenaba.
Hasta que lo vio.
Un joven estaba caminado delante de ella con parsimonia. Uno de los brazos del muchacho estaba recogido llevando un objeto entre su mano y pecho. Por detrás, los ojos verdes de Sakura, examinaron lo alto del hombre, el cabello fino de color marrón oscuro y el uniforme masculino de su escuela. La curiosidad la llamaba.
Pasando por su lado, aminorando la velocidad, miró de reojo al muchacho y sus pies de detuvieron automáticamente.
Un oso rosa alado estaba posado en el brazo del joven hombre.
Sus ojos no podían creer lo que veían y sus labios se entreabrieron para soltar una sola palabra tan extrañada como los abrazos de su madre y dicha de una manera tan dulce, que si no fuese por la sorpresa la repetiría constantemente.
-Syaoran…kun…?- soltó con delicadeza.
Y el viento llevó ese nombre hasta los oídos de aquella persona tan ansiada…
martes, 15 de enero de 2008
miércoles, 26 de diciembre de 2007
¿Existe realmente el “fin” de un deseo?
¿Se puede simplemente dejar de “soñar”?
¿Qué sucede después de ver un sueño cumplido?
¿Acaso, no se vuelve a soñar?
Si todo deseo tiene un precio que pagar, ¿cuánto estaremos dispuestos los humanos a gastar para ver nuestros sueños cumplidos?
¿Cuánto puede querer una persona? ¿No hay límites acaso?
¿Cuánto se puede ser egoísta…?
Si eres aquel individuo que constantemente cambia de parecer, ¿cuánto deberá de aguantar tu pobre corazón, el cambio de tus ideas?
Indecisión y temor…
Es lamentable. ¿Verdad?
Dime.
¿Quién es el encargado de conceder esos deseos?
¿Lo que obtiene a cambio…la hace feliz?
Define feliz.
¿Alguien acaso, le ha preguntado que es lo que “desea” esa persona?
Por eso digo que somos egoístas.
Por curiosidad... no seremos ciegos a la verdad…
Lo trivial y mundano es lo que realmente importa… ¿qué pasaron con las cosas que valen no por el precio que se le pueda otorgar sino más bien porque son importantes para el crecimiento del alma?
El corazón no tiene precio…o, ¿se le pueden colocar cifras a los sentimientos…?
Volviendo con lo anterior.
¿Qué será lo que desea aquella persona?
¿La ley del cambio equivalente se aplicará también a ella?
Y por último, ¿quién será el individuo que conceda aquel sueño?
El soñar y el desear…traen serios problemas.
El siempre pedir y obtener sin esfuerzo hacen al individuo flojo y materialista.
¿Dónde quedo las esperanzas del mejor futuro…?
Repito.
¿Existirá el final de este “sueño”?
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Era un verano demasiado caluroso. La gente salía a las calles con menudas prendas y faldas o shorts que apenas cubrían sus cuerpos. La vergüenza no existía prácticamente, lo único importante era apaciguar el calor. Las bebidas frías, los helados, las idas a las piscinas públicas…todo ello estaba permitido si era necesario para calmar la temperatura del cuerpo.
Caminando por las estrechas calles de la ciudad, doblando algunas esquinas, frente a un farol apagado y entre dos largos edificios; se encontraba lo que para la gente común era un terreno abandonado. Nadie había sentido la curiosidad de entrar a ese lugar. Sólo estaba ahí, ocupando un espacio en el ambiente.
Sin embargo, para algunos, la existencia de ese vacío, no lo era tanto.
Watanuki Kimihiro, es un joven el cual se destaca sutilmente como estudiante y como deportista. Es un muchacho como cualquier otro que vive enamorado de una joven de su escuela y que tiene una amistad-rivalidad con un antiguo compañero de la infancia. Trabaja medio tiempo en una tienda, hace cosas como arreglar, limpiar y hacerse cargo de los clientes. Tiene un jefe con el cual lleva una relación especial…etc, etc.
Si uno observa estas características desde un punto de vista objetivo, reconocerá que son cosas que haría un muchacho común…Pero, Watanuki no es un muchacho común, no trabaja en una tienda como cualquier otra y…su jefe está por encima de lo que se conoce como normal.
De belleza intoxicante, atrevidas ropas y de extrañas filosofías, Yuuko Ichihara se encargaba de hacerle la vida un poco más divertida a su querido empleado. Además, él le cocinaba, servía de mandadero y cumplía sus caprichos aunque fuesen a altas horas de la noche.
El muchacho, pese a su carácter explosivo y contundentes palabras, hacía lo que se le pedía. Y, muchas veces ganaba algo a cambio. Talvez un poco más de experiencia y sabiduría sobre la vida que la misma Yuuko casualmente quería mostrarle.
Fue así que, entre misión y misión, el jovencito de oscuros cabellos, se ganó la confianza de la hechicera encargada de cumplir los deseos. El estudiante pasaba mucho tiempo en la tienda “fantasma” y hasta había veces que se quedaba a dormir. Hecho que se volvió mas común a medida del tiempo. Todo bajo el consentimiento y, quizá, gusto de la bruja.
Fue en una de esas misteriosas noches, en las que se quedaba, donde sucedió.
-.-.-.-.-.
No podía volver dormir. Había tenido un sueño que ni los adivinos podrían descifrar. En aquel sueño, su cuerpo era envuelto en finas telas transparentes, que al contacto con su piel se adherían formando una segunda epidermis. El “yo” de su sueño, permanecía inerte, expectante y gustoso de ser enrollado en tan deliciosa tela. Además una fragancia lo endulzaba y lo hacía sonreír a medida que era asfixiado por su nueva piel. Pronto aquella tela desapareció para dejar un rastro de mariposas que revoloteaban a su alrededor divertidas, el sonreía complacido y feliz. Sin embargo, no era el sentido del sueño lo que lo mortificaba, sino la sensación de satisfacción que sintió. Un sentir que lo completaba.
Al despertar, el vacío, en su ser, cayó cual agua helada.
Un viento gélido recorrió su cuerpo. Sus ojos vacilaron en el techo, su mente trabajaba en alguna respuesta, inquietud que jamás tuvo pero que quisiera volver a experimentar. Nostalgia a esa suave textura tocar su cuerpo.
Se sonrojó y no sabía con exactitud el porqué.
Se incorporó del futón en donde estaba echado. Sus cortos y dóciles cabellos cayeron a su frente, aún se encontraba taciturno. Una mano se encargó de sacarlos de ahí, rozando otros de su ansiosa cabeza.
-“Talvez Yuuko-san pueda ayudarme con esto”- pensó estando allí. Sonrió con ironía al imaginar el rostro de la susodicha y su mística forma de explicarle el sentido de las cosas. Siempre entendía al revés, necesitaba experimentarlas para comprenderlas…porque a veces la teoría no lo era todo.
Se levantó con dificultad, su cuerpo se sentía pesado y su vista, un tanto borrosa. Se arregló la holgada yukata y volvió a posar su mano en su sien. Dolor. Punzante y constante.
Caminó por los pasillos, sus ojos se perdían en la oscuridad de estos y sus oídos se agudizaron ante el repentino crujido que se escuchó de repente. Dirigió su vista hacia la procedencia del sonar pero este había cesado, perdiéndose también en la negrura de los pasillos de madera hueca.
Movió su cabeza a ambos lados, negando lo que claramente había oído. Pero, sin rodeos, que suceso extraño no había percibido desde el día que nació. Un simple “ruido” no era algo para asustarse ni para estar alarmado.
O quizá sí.
A veces lo oculto, lo desconocido, es más atemorizante que aquello que se nos muestra con una forma.
Volvió en su andar, dirigiéndose a la habitación con motivos de mariposas inscritos en ella. Cuando estuvo parado frente a la puerta corrediza que separaba la grandiosa estancia de aquel lugar lleno de extrañeza y misterio, dudó.
¿Estaría despierta?
Era muy probable que la mujer de hipnotizantes ojos estuviese dormida. Watanuki recordaba que antes de acostarse, la hechicera lo había mandado a comprar una cantidad considerable de bebida y, lo que más le asombró fue que la mujer se acabó el licor en menos tiempo de lo que le tomó a él comprarlo y traerlo a la tienda.
-“Debe estar en pleno trance…”- pensó en ironía mientras que sacudía una mano vagamente en señal de “es un hecho”.- “Es mejor regresar…le preguntaré en la mañana.”.- con resignación. - “Tal vez, ya no halla necesidad” – terminó, cerrando los inciertos ojos y girando su cuerpo para marcharse.
Otra vez, el quejido corto se escuchó haciendo voltear el rostro al estudiante.
Tembló en sorpresa al notar que aquel sonar provenía de la habitación de la hechicera. Tragó saliva y dudó en acercarse, no era temor, no. Acercó la pálida mano al pasante de la puerta para poder abrirla, se olvidó de los modales occidentales y su curiosidad predominó.
Un golpe seco le hizo parar en su acto.
Pareciera como si un objeto pesado hubiese caído, por la fuerza de gravedad, chocando estrepitosamente en el suelo de madera reluciente. Su mente creaba suposiciones con rapidez y temió lo peor. De golpe, deslizó la puerta de decorados de mariposas y la oscuridad lo recibió.
Ya no había más ruido.
Un silencio de ultratumba, como si ningún alma rondase en aquel espacio, como si las mismas ánimas se negaran a asomar sus traslúcidas esencias por el temor, no existente, de conocer lo que ese lugar guardaba en las cortinas negras dominantes de la habitación.
Kimihiro la buscó con la mirada. Deseaba encontrar alguna señal de la mujer. Ansiedad.
Sus labios no articularon palabra alguna y ni siquiera un suspiro fue liberado cuando la encontró.
Bajo un rayo de una escurridiza luna, notó el perfil divino de la criatura de largos y lisos cabellos negros. Estaba sentada con una postura casi rígida, cabizbaja y silenciosa. No era la usual fémina que lo recibía después de la escuela u ordenaba la cena con intrépido ánimo.
No era Yuuko en absoluto.
Quedó estático esperando la reacción de la bruja, pero esto sería en vano.
La mirada oscurecida de la mujer observaba con sumisa admiración lo que parecía ser un espejo de corte antiguo y oriental. Una mueca de tristeza fue vista en los rojizos labios.
-¿Yuuko-san…? – habló, al fin, con preocupación el muchacho de cabellos azabache. Con tranquilidad, la persona hablada cerró los ojos y los dirigió hacia quien le dirigía palabras.
Notó con agrado, el temor en ellas.
-Watanuki, ¿se te ofrece algo? – preguntó en sutil tono. Aquello ocasionó que el muchacho se extrañara aún más.
Fijó sus ojos de ambiguo color a los rectos de ella.
-Creí haber escuchado un ruido, ¿todo está bien, Yuuko-san? – dijo, sus ojos ahora no sólo observaban a la mujer de tez blanquecina sino al curioso objeto que traía en sus manos.
Los finos ojos de la bruja de las dimensiones se entrecerraron.
-¿Te parece que algo estuviera mal? – contestó con sublime tono, claramente notando el creciente interés del muchacho en lo que ella traía. El chico la miró confundido. Yuuko dibujó una suave sonrisa en sus labios- Todo está bien, Watanuki.- habló, tranquilizando un poco la mirada extrañada.
-Que…que bueno.- volvió a notar el espejo.- Yuuko-san, ¿y eso?
La mujer apretó el circular objeto contra sí.- Un pequeño pero querido recuerdo de una persona que ya no está en este mundo y, talvez, en ningún otro.-contestó con leve melancolía fingida, provocando así el efecto deseado: Watanuki no preguntó más.
Los irises de distinto color miraron al suelo. Se había olvidado la razón de estar aquí.
-¿Pasa algo? – interrogó gentil la de largo cabello sin recoger.
Parpadeó tratando de recordar.
-Es muy atrevido de tu parte venir a la habitación de una mujer a estas altas horas de la noche, sabes.- comunicó con gracia, a la vez que colocaba un largo dedo en su mejilla. Mientras que las del susodicho intruso se coloreaban de una suave tonalidad rosada.
-¡No! ¡Se equivoca! ¡Se equivoca! Yo…! – se encontraba nervioso, fastidiado por el comentario burlón pero sentía su corazón latir con fuerza en su pecho por la sola idea de…-¡NO! – terminó agitado y con la faz aún más roja.
Yuuko se sorprendió por la reacción tan cómica de su empleado y rió abiertamente.
Esto, hizo que el muchacho la observara. Esa sí era la Yuuko que él reconocía.
-Te preguntaré otra vez, ¿Qué se te ofrece, Watanuki Kimihiro? – había recobrado el habitual tono y sus hechizantes ojos se apoderaban de los de él.
El intruso calmó su expresión cuando ella volvió preguntar, interrogante cuya respuesta estaba cubierta sutilmente en las arenas del olvido. Los ojos inquietantes de la bruja no se alejaban de la faz del muchacho de frágiles facciones, este abrió la boca para contestar con duda.
-Un…sueño, Yuuko-san.- dijo, desde su lugar en el marco de la puerta, si atreverse a pisar tan oscuro lugar.
La belleza divina dibujó una sonrisa en la esquina de sus largos labios.- ¿Y qué tiene eso de nuevo? – volvió a interrogar con falso interés.
Los ojos del empleado se entrecerraron.-Yo…tuve una sensación de…felicidad…- contestó un poco avergonzado, la hechicera le hizo un gesto para que entrara, cosa que el pasó por alto. Ella esperó que el muchacho continuara.- Pero, no es el mismo sentimiento que tengo cuando estoy con Himawari-chan o cuando mis habilidades…si poseo alguna… ayudan a alguna persona…, es más bien….-pero fue cortado por Ichihara.
-Es curioso…-una pausa.- como se colocan escalas, grados o valores a los sentimientos…-habló al aire.
El joven la examinó con confusión.
-Continúa.- le indicó con interés naciente.
-Yo…-dudó, pero aquellos ojos le insistían.- Era feliz.- repitió.- Feliz de que, una sustancia envolviera mi cuerpo, no permitiéndome respirar. Una tela tan suave y aromática, que yo caía en su embrujo…-habló.- Pero, no luchaba por salir de ella. No era mortificante.- señaló con énfasis lo último.- Más bien, me sentía…satisfecho…- un rubor ligero paseó por su rostro, esperaba que la que concede deseos no lo notara.
Pero nada escapa al ojo experto de la mujer galante.
-Te sentías bien, dices.- indicó la mujer a lo obvio.- Entonces, si era un sueño tan placentero, porque vienes a mí?
Kimihiro miró el suelo por un momento.- Porque pensé que Yuuko-san podría explicarme la razón de mi felicidad…
Ella esbozó una sonrisa misteriosa.
-Nadie se conoce mejor que sí mismo, Watanuki.- habló la hechicera desde su posición. Su largo cabello bailaba suavemente alrededor de su cuerpo delgado.- Me pides que lea tu corazón y te explique de sentimientos…cosa que lo puedes hacer y gratis, por tu cuenta.
El de diferente color de ojos volvió a posar sus ojos en la mujer de amplia sonrisa pero a veces una muy triste.
-Lo…sé…-contestó un poco decepcionada de haber ido por gusto a la habitación de aquella dama.
Yuuko le miró.
-Watanuki, acércate.- le indicó con la voz suave. El muchacho dudó pero no tardó mucho en ir a donde ella le había dicho. Tomando asiento a su lado.
Podía percibir en el ambiente, aquel perfume que emanaba del cuerpo de la bruja. La miró de reojo, encontrándose con ese espejo que ella antes le había evitado hablar.
-A veces, se requiere examinar los sueños de una manera tan poco profunda.- la voz suave pero intrigante le sacó de sus pensamientos, haciéndole virar la vista hasta el rostro de la mujer.- Si cavas mucho en la arena de las experiencias, es probable que en vez de encontrar verdades y sabidurías, tengas obstáculos que harán que acumules preguntas y cansancio. Tantas serán, que tendrás que volver al principio y empezar a cavar de nuevo, volviéndolo un ciclo interminable.- Respiró, mirando la luna que estaba en lo alto de la oscura noche. Tan plateada, tan divina. Cerró los ojos como si estuviera meditando.- Pero, si tan sólo nos fijáramos en la superficie de la arena, veríamos en sus granos lo necesario para encontrar la verdad. Reuniendo cada fragmento de aquella arena, examinarla y ver que en cada uno hay lo necesario para llegar a un fin, lograríamos acumular lo necesario del saber, y veríamos más claramente que estar cavando en ella con la dulce espera de encontrar con rapidez lo que se anda buscando.
Kimihiro Watanuki nuevamente no entendía a lo que se estaba refiriendo aquella mujer del holgado kimono.
-Dime, Watanuki.- sus ojos negros le miraron intensos y el rostro fino de la de largo cabello negro se iba aproximando al del muchacho. Ambos ojos de diferente color del escolar, ámbar y azul, brillaban constantemente.- Tienes algún apuro en encontrar el sentido de tu sueño? Hay…alguna razón en especial que te haga querer indagar hasta saber una respuesta? O, es sólo curiosidad…lo que te ha hecho estar aquí sentado al lado mío.
-Yo creo…- la piel clara del muchacho se estremecía por la cercanía de esa mujer a su rostro. Pero se mantuvo quieto, esfumando su nerviosismo y concentrándose en lo antes dicho para él.- Creo que si es un sueño que he tenido, uno feliz, cosa que no los he tenido en mucho tiempo, es importante.- soltó con franqueza.- Es importante saber que significa. Para mí…sería…sumamente…importante, Yuuko-san.
La mujer se detuvo y contempló los ambiguos ojos del de cabellera corta negra, sonrió con exquisitez.
-Como gustes, Watanuki.- colocándose de nuevo en una posición correcta, acarició el marco de aquel espejo circular.- Pero, como ya te lo he mencionado antes, yo no puedo darte aquello que ya tienes.
-¿Que ya poseo, dice? – confundido, Kimihiro preguntó.
-Conocimiento, claro.- respondió ella con gracia.- Puedes examinar por ti mismo y encontrar sentido a aquello que buscas.- aclaró con sonrisa en su rostro.
-En otras palabras…- habló cansado el muchacho.
-Que esta charla es una sentido, jojojo – comentó divertida la mujer, riéndose en la cara enfadada de su temperamental ayudante.
-¡Eso no es gracioso, Yuuko-san!- exclamó el muchacho a su lado. Ella siguió riendo como era habitual. El escolar le quedó viendo fijamente, extrañado y con melancolía. Los cabellos largos de la mujer que caían por el pecho de la mujer, cubrieron la superficie del espejo que las delicadas manos sujetaban con empeño. Recordando las palabras antes dichas por la mujer, sintió una opresión en su corazón: “Un pequeño pero querido recuerdo de una persona…”
Pensó, cuando vio el objeto, que era una de las tantas cosas que ella había tomado posesión por uno de los muchos deseos que ella concedía. Sin embargo, estaba en su habitación. Él sabía que aquellas cosas eran guardadas en uno de los almacenes de la tienda. Acumulados en pilas y que a él le costó tanto ordenar. Habían varios objetos sin valor aparente y extraños que ella había ido pidiendo a cambio de la realización de lo que querían las personas. Pero, ninguno de esos raros tesoros eran encontrados en sus aposentos. Sólo aquello que en realidad valían para ella, se encontraban allí.
Así que supuso, que quién le hubiese dado ese espejo, fue muy querido por ella. O…
-…ella tal vez fue muy querida por alguien.- pensó con extraña tristeza. Sus ojos se debilitaron en su color y se ensombrecieron.
La divina mujer le observaba de reojo.
-No crees que las estrellas están más cerca esta noche? – enunció para despejar de pensamientos molestos al de cabellera corta y oscura.
-¿Las estrellas? – miró al firmamento teñido de negro y con diamantes esparcidos sobre él.
Aquellos brillantes puntos en lo alto parecían, en verdad, estar muy próximos a ellos. Como si uno si pudiese extender la mano y tomar un puñado de estrellas entre sus dedos. Se veía tan hermoso. La luna completaba el cuadro colocándose en el medio de aquel espectáculo para amantes. Ambas personas quedaron enmudecidas al tener la oportunidad de contemplarlo.
Watanuki tenía un rostro que exclamaba ingenuidad al mirar al cielo. Yuuko sonreía con sutileza a aquella pintura en lo alto. El aire corrió meciendo ambas cabelleras. Él sintió frió. Un escalofrío recorrió su cuerpo haciéndole perder por segundos el embobecimiento que aquella maravilla le había concedido. Se abrazó a sí mismo para resguardarse. El iris de color ámbar miró a la doncella hechicera mientras que el azulino quedaba cerrado por el estremecimiento, se preguntó porqué ella no tenía frío…
Como si leyese su pensamiento, cosa que podía, “Ichihara” volvió su faz a él.
-Será mejor que vuelvas a dormir, Watanuki.
-Eh, si….- respondió el delgado hombre poniéndose de pie. Pero, antes de irse, se volvió hacia la que, estando de espaldas, aún observaba el firmamento.- No vas a ir descansar, Yuuko-san?
Un silencio.
-¿Yuuko-san…? – llamó el joven al creer que no había sido escuchado.
-Lo haré en un momento, Watanuki. Sólo…quiero observar esto un poco más.- contestó luego de haber callado unos pocos segundos.
El alto hombre le miró con asombro bañado en preocupación. Algo le pasaba a la hechicera, por mucha burla que hiciese o que sonrisas despreocupas dibujadas en el hermoso rostro mostrase, eran imposibles de ocultar aquel rasgo de tristeza y añoranza que ella se veía.
-Ve y descansa.- habló una vez más la de labios rojos.- Nos vemos en la mañana.- agregó.
-Sí…en la mañana.- repitió el que podía ver fantasmas y salió de la habitación.
De nuevo, aquel lumbral había quedado en silencio. Los pasos del antes intruso ahí, eran seguidos obedientemente por los oídos de la mujer que aún estaba despierta dentro de un cuarto a oscuras. Con la punta de sus dedos, acarició el marco tallado del objeto que posaba ahora en su regazo, luego la superficie del vidrio, más claramente, bordando con sus dedos su propio reflejo en el.
-Falta muy poco para el fin.- musitó a su yo en el espejo.- Yo…ya no puedo interferir más en los sueños de ese joven.- volvió a hablar con seriedad.- Watanuki debe ser capaz de lograrlo.- sus largas pestañas entrecerraron sus ojos.- Watanuki… ¿estarás listo para acarrear sobre ti el peso de las verdades de este mundo? Todos los sufrimientos…todo lo malo…la tristeza que te traerá…- su voz se entrecortaba con cada palabra, haciéndolas difíciles de pronunciar, como no queriendo que aquello que se pronunciase fuese a cumplirse.- Habrá…todavía algo que yo pueda hacer…? – meditó con aquella sublime seriedad que la caracterizaba en los momentos más terribles. Sus ojos se cerraron.
-Lloverá.
El cielo comenzó a oscurecerse, nubes de negro color cubrían el manto de estrellan, borrando aquella pintura que antes había maravillado a dos seres. Escasas gotas de lluvia comenzaron a caer. Pocas al principio pero que con el tiempo acrecentaron en su cantidad. Aún con los ojos cerrados, Yuuko podía escuchar como las gotas de agua caían en el gras, tan rápidamente, tan continuas…, volviéndose charcos.
-Cuando sea el momento perfecto, la lluvia será aquello que limpiará los rostros llorosos por la infinita tristeza y desesperación…o, será aquel llanto de felicidad y de completa satisfacción…- cuestionó.- El futuro puede ser cambiado si hay un corazón que sea capaz de aguantar lo que ello trae.
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Siguió lloviendo, desde otro lugar, una delgada figura observaba aquello con indiferencia, cuyos pensamientos estaban sumados en lo que un producto de sus fantasías había logrado emerger, situando sus acciones en un sueño.
-Yuuko-san no me va ayudar esta vez -
Una sonrisa de falsa comprensión se mostró en sus labios.
-Aunque es mejor…no puedo estar contando con Yuuko-san para siempre…- volvió a hablar, su pesar se hacía evidente.
Se recostó en su futón dispuesto a conciliar nuevamente el sueño, pero la figura femenina volvía a su mente, obligándolo a pensar en ella. En su rostro, en sus labios, en los cabellos que caían por su espalda y se dispersaban por el suelo, de aquella expresión tan poco común en ella y las misma palabras que le confundían desde la primera vez que la vio.
-No debería llover ahora…eso sólo deprime a uno aún más.- se quejó, uno de sus ojos miraba a una ventana. La lluvia no cedería a sus quejas con sólo enunciarlas.
Giró, dándole la espalda a esa molesta agua. Sus labios estaban en una curva caía y sus cabellos cubrían sus mejillas con suavidad. El rostro fino del muchacho trataba de hallar alguna explicación…tanto se estaba abordando en ella que ya se le estaba olvidando el porqué había ido a la habitación de la dama en primer lugar.
Yuuko Ichihara, su persona siempre le traía intrigas.
Pero, que cosas exactamente sabía de ella como para poder decir que la conocía.
No sabía ni su nombre verdadero…
Sabía que era una haragana, alcohólica y que disfrutaba de la buena comida.
Una bruja astuta que pedía algo a cambio de ejercer lo que sabía hacer mejor que nadie.
Una persona que lo había introducido más en aquel mundo que precisamente él trataba de huir: el sobrenatural.
Una mujer que había logrado engañarlo millonarias veces para lograr que hiciese algo que iba contra su voluntad.
Pero que a pesar de todo, se había vuelto una persona muy importante en su vida. Sería correcto decir, que fue ella quien hizo de su rutinaria y aburrida vida, una más interesante y provechosa. Había aprendido muchas cosas acerca del vivir: las emociones, los sentimientos tanto positos como negativos, los actos humanos…los no humanos también. Poco a poco, también, había él aceptado ser envuelto en ese mundo. Conocer más sobre sí mismo y…crecer un poco cada día.
-El yo de ahora…no es el mismo que hace unos meses, semanas, días, horas, minutos, segundos…atrás.- reflexionó mirando la pared de aquel espacioso cuarto.- Nadie puede explicar mejor mis sentimientos que mi yo de ahora.
Regresó entonces a meditar sobre aquella fantasía que lo había llevado a ir al cuarto de la hechicera. Aquel aroma que percibió de ella y que encontró tan encantador pero tan familiar era parecido con el cual había soñado. Una fragancia que lo hizo sonreír y querer hundirse en ella. Llenar sus pulmones, vaciar el aire y contaminarlo con ese adictivo aroma. Hundirlo en la frescura de ser asfixiado por tal intoxicante veneno…pero sería una muerte feliz.
¿Qué muerto muere feliz?
¿Aquél que ha vivido por más tiempo?
¿Aquél que ha encontrado el amor?
¿Aquél que, como él, después de haberse sentido tanto tiempo perdido y solo, encuentra brazos que lo abrigan y le motivan a vivir cada día, llenándolo de risas o de tristezas,…?
¿Aquél…que ha aprendido a vivir es aquél…que puede morir feliz?
¿Aquél que amó la vida a plenitud es capaz de dejarla sin remordimientos?
Sonrió.
-He encontrado mi motor de la vida.- susurró.
Aquella mujer le ha entregado sin pedir nada a cambio la experiencia para poder apreciar el estar vivo.
Haber conocido personas como Kohane-chan, la abuela de la adivinación, el zorrito y su padre, la dulce fantasma de las montañas, la malhumorada pero dedicada fantasma de la lluvia, su amigo de escuela y mayor rival, Doumeki; también superó su nerviosismo al hablar con la muchacha que consideraba un encanto, Himawari-chan….Maru y Moro, la mokona Negra…tantas personas y entidades mágicas que le habían enseñado un poco más…
Y claro está, ella.
La bruja de las dimensiones con la cual hizo un trato. Trato en el cual el prestaría sus servicios con la condición que ella se encargase de desaparecer esa particular cualidad de ver fantasmas y apariciones que él poseía…
Condición que ni él mismo estaba seguro que quería que se cumpliese.
Gracias a esa particularidad en él, había logrado todo lo que es ahora.
Gracias a haberlos conocido, él era la persona que es en ese momento.
Si “eso” desapareciese, es muy probable que nada vuelva a ser igual.
Cerró sus ojos, cansado de pensar. Se acurrucó en el blando futón y subió la cobija hasta tapar parcialmente su rostro. Sentía frío nuevamente, la lluvia acarrearía un cambio de clima a la ciudad. Porque, si bien estaban en verano, pronto las temperaturas bajarían, llegaría una nueva estación y los colores del cielo cambiarían…
-Los días cambian y yo con ellos.- pensó.
Cuando quiso volver a tratar de pensar sobre su sueño, el cansancio le venció y no pudo ejercer más pensamientos que no sean la mueca de tristeza que una hechicera le mostró en la oscuridad.
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Pasaron una par de horas, las suficientes como para que la lluvia parase y sólo dejase pequeños, grandes charcos de agua sobre el césped como recuerdo de su presencia ahora pasada. Tejado de la tienda estaba empapado y de sus bordes, agua goteaba. El ambiente era uno gris y el viento corría libremente por los pasillos de la misteriosa casa. Sólo dos entidades de la casa se habían percatado del inicio exacto de la lluvia, los otros aún continuaban un sueño sin interrupciones. De aquellas dos personas, sólo una había conciliado entras al mundo de lo posible.
La otra persona, estaba aún despierta. Había admirado la lluvia caer desde un principio hasta su final. Orfeo no venía por ella para llevarla a descansar. Ni había duende con polvos mágicos que la invitasen a cerrar los ojos…ella no dormía. No ese día.
En la habitación al final del corredor, con la puerta de motivos de mariposas, oscura cual templo, ella estaba de pie. Aquel redondo objeto aún estaba en sus manos. Yuuko, caminó, despidiéndose de aquel paisaje que le había sido de acompañante lo que duró de la noche, y posó el espejo cerca de un lugar parecido a un altar.
-Mokona…-susurró al espejo.- Que lo que queda del viaje de esos niños, no sea más que venturas y no desgracias.- habló a la superficie que reflejaba su imagen.
Dando la espalda a ese sitio, se alejó de él. Caminó por los pasillos de su tienda, los recorrió como hacía diariamente y se detuvo frente a la habitación de su empleado. Joven hombre que le había interesado en más de una manera. Sabía que si quisiera o no conocerlo, el destino se habría de encargar que su encuentro se aproximase con rapidez. Ella ya le había explicado eso a él, que estaba destinado que Watanuki Kimihiro llegase a ese lugar.
Su destino le había apuntado a Yuuko, la Bruja de las Dimensiones…, y ella se sometió a lo dicho.
Pero, estaba agradecida por haber conocido a ese joven de explosivas reacciones y sonrisas esporádicas. Serias miradas que le eran lanzadas y que ella ágilmente había eludido con risas o frases para irritarlo más. Le era divertido tratar con él porque…así el destino lo dijo.
Eran compatibles, de muchas maneras nuevamente.
Colocó su mano sobre la puerta corrediza, pero no la movió. Su rostro era impasible y tranquilo. Sus ojos miraban el suelo y sus labios rojizos estaban cerrados fuertemente.
Sin embargo, dejó escapar un suspiro. Como si el alma estuviese cargando un terrible peso…
Abrió la puerta sin llamar.
Y lo encontró durmiendo.
Sonrió.
Sigilosamente, se acercó a él. Su largo kimono rozaba contra el suelo, su caminar era uno con gracia y seductor, como si se tratase de una amante entrando en el lecho de su persona amada. Tomó asiento a un lado del futón y observó el rostro sin el ceño fruncido del de ojos, ahora cerrados, de colores diferentes.
Se veía en paz. Sin que hubiese algún miedo que corrompa ese estado de tranquilidad tan sublime que en él se manifestaba. Tan relajado, tan inocente,…ingenuo y amable…inclusive en un rostro dormido, puedes ver el alma de la persona en su perfecta forma. Un individuo con un sueño tranquilo es aquel que no posee pecados que esconder ni mentiras que disfrazar.
Watanuki Kimihiro era una preciosa persona a la cual nadie debería corromper.
Una preciosa esencia sin mancha la cual ella no podría teñir con los colores tan obscuros como su magia.
Eso, le atormentaba.
Una mano acarició con ternura una mejilla. Estaba tibio y su tacto era uno frío, estremeció al durmiente mas no se despertó. Ahora, el ver de la mujer era uno sin expresión, como si por sus ojos, lo más querido estuviese tan lejano. La melancolía y la ausencia de sentimientos estaban dibujadas en su bella faz.
-Yo ya no puedo interferir más de lo que ya he hecho.- un pulgar fino acariciaba con ternura esa superficie del rostro tan blanco.- Pero, confío…- susurró mirando los labios entreabiertos del joven.-…que este será, mi último regalo para ti…- con lentitud, la proximidad de sus rostros…se hizo nula.
Y lo besó en la mejilla.
Una caricia tan suave, tan tierna, tan amable pero que mucha pena.
Pena que luego carcomería sus noches.
Le besó hasta que ella sintiese que no estaba excediendo con lo permitido por el destino.
Cuando supo que ya debía separarse, lo hizo: liberó aquella mejilla adolescente de los suyos.
Sonrió con decepción al notar que su beso no sirvió para despertar al “bello durmiente”, suficiente prueba que señalaba que su destino no era el de estar juntos. Separó unos molestos flecos de cabello de la frente del joven hombre y la acarició con la misma ternura antes dada a la mejilla ahora solitaria.
-La próxima vez que hablemos de sueños, será en uno, Watanuki.- soltó lentamente y de bajo volumen.-Ya no seré aquella tela que te envuelve, porque sé que algún día no estaré ahí para protegerte…pronto, te dejaré…- abandonó su mano de la frente y la regresó a su regazo.- Pero, gracias por decir,…que eres feliz conmigo, Watanuki.- los negros ojos de la bruja brillaron y se entrecerraron.- Hasta ese momento,…sigue siendo como eres.-levantándose, antes de tocar la manija de la puerta, divisó una última vez el semblante dormido.
Opresión en el pecho.
Cerró la puerta tras sí. Abandonando la habitación del escolar escogido por el destino a que durmiese en aquel lugar perteneciente a la bella y esbelta dama mariposa, ya que fue con ella que su viaje comenzó, que su evolución tuvo un sentido.
Volvió a recorrer los mismos pasillos hasta llegar al lugar en que ella reposaba. Miró sus propios motivos de mariposas, figuras que la representaban perfectamente. Abrió la puerta y la cerró lentamente. Cuando estuvo cerrada, ella se dio vuelta, una mueca triste y vencida adornaba un rostro de sonrisa caída. Los largos cabellos negros caían en su pecho y algunos, atrevidos, se escabullían por lo holgado de su kimono.
Ese rostro digno de compasión y empatía, una facción que quien fuese que hubiera amado y abandonado, lo hubiese tenido.
Sonrió más, la mueca triste y abatida.
-Incluso, “eso” sucedió tal y como lo dijiste…Clow.- habló en tono serio pero divertido.
Miró nuevamente hacia ese lugar en el que había estado sentada por muchas horas, meditando acerca de lo que pronto se avecinará y de los efectos que tendrá en ese mundo. El como podría amortiguarlos sin cambiarlos totalmente. El como podría defender a su protegido hasta que llegase el momento de su despertar…
Amanecía. Cansada, fue hasta su amplia cama acolchonada y se dispuso a descansar por primera vez en mucho tiempo, ya que había hecho algo le había quemado en el pecho desde que supo de su existencia y que, quiera o no, tenía que hacer.
Ya que Destino así lo había predispuesto.
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El sol se avecinaba dispuesto a secar lo mojado por la lluvia. Aceras, calles, bancas de los parques, el mismo suelo o césped, terrazas de las casas o algún vehículo dejado por accidente y sin refugio. Incluso, animales que no pudieron encontrar donde resguardarse de la lluvia.
Watanuki ya había empezado ha hacer sus quehaceres desde que había salido el sol. Era día viernes, último de la semana y debía ir a clases temprano. Se dispuso ha hacer su desayuno, el de las niñas, el de Mokona y el de Yuuko-san, pero la ausencia de esta le preocupó.
Con Maru y Moro de acompañantes, fue hasta la habitación de su empleadora.
Tocó dos veces.
-Yuuko-san, el desayuno ya está listo.- llamó cauteloso.
No hubo respuesta. Tanto las niñas como Watanuki se miraron.
-Eso le pasa por acostarse tan tarde…todo por mirar las estrellas…-regañó el muchacho a la maestra de la brujería.
-¿Eh? – preguntaron las niñas tan parecidas pero tan diferentes.
-Olvídenlo.- habló, con las mejillas sonrosadas por vergüenza y torpeza.
-Yuuko no saldrá hasta el mediodía.- la voz de la Mokona negra, sorprendió a Kimihiro.
-¿Al mediodía? – Interrogó el joven.- Por qué tan tarde?
-Así ha dicho ella.- respondió la criatura parecida a un dulce.
-¿Cuándo te dijo eso? – volvió a preguntar.
-No te importa.- contestó rápidamente el animalito subiéndose al hombre del muchacho. Este enojado se quejó.
-¿¡Como que no me importa!?
-Todas mis palabras son de la misma Yuuko.- respondió audaz Mokona.- Y di yo digo que “no te importa” es porque ella lo dice.-siguió.
Watanuki miró con cólera al ser mágico pero, no tarde en calmarse.
-Debe estar preocupada por algo.- pensó.- Será mejor que descanse entonces.- habló para todos los presentes con él.
-¡Siii! – respondieron las encargadas de proteger la tienda, Maru y Moro.
-Ahora, ¡¡a desayunar!! También debes pensar ya en que harás para la cena Watanuuuuki…- habló la hermana de la Mokona blanca.
-Ya va, ya va. De ahí pensaré que hacer.- contestó resignado el muchacho de cortos cabellos negros y de finas facciones, yéndose con sus compañeros a terminar de comer.
Sin embargo, había algo que no lo dejaba tranquilo. Sus ojos se entrecerraron recordando ese “algo” que le inquietaba: otro sueño. Uno tan real que si no fuera por lo que es, lo consideraría un hecho fáctico: un beso otorgado por la mujer que tanto admiraba y que si tuviese alguna oportunidad, amaría.
Sus mejillas se entibiaron.
-Un sueño…o lo que desea mi corazón…-dudó.
Pero, este, seguramente sería un sueño que no podría contar a la hechicera de las dimensiones y dueña de gran potencial mágico: “Yuuko Ichihara”
-Algún día...¿ella me dirá su verdadero nombre…verdad? – pensó con esperanza a la medida que su figura se perdía en los pasillos en dirección a la cocina de la gran tienda.
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Detrás de aquella puerta corrediza, en una habitación perfumada y con objetos de maravilloso talle, en una amplia cama con velos, una mujer de apariencia joven dormía plácidamente.
Una delicada sonrisa adornaba aquellos labios que habían robado el primer beso a un muchacho puro.
Pero, más que nada, yo me pregunto…
¿Qué soñará…aquella que concede sueños…?
¿Se puede simplemente dejar de “soñar”?
¿Qué sucede después de ver un sueño cumplido?
¿Acaso, no se vuelve a soñar?
Si todo deseo tiene un precio que pagar, ¿cuánto estaremos dispuestos los humanos a gastar para ver nuestros sueños cumplidos?
¿Cuánto puede querer una persona? ¿No hay límites acaso?
¿Cuánto se puede ser egoísta…?
Si eres aquel individuo que constantemente cambia de parecer, ¿cuánto deberá de aguantar tu pobre corazón, el cambio de tus ideas?
Indecisión y temor…
Es lamentable. ¿Verdad?
Dime.
¿Quién es el encargado de conceder esos deseos?
¿Lo que obtiene a cambio…la hace feliz?
Define feliz.
¿Alguien acaso, le ha preguntado que es lo que “desea” esa persona?
Por eso digo que somos egoístas.
Por curiosidad... no seremos ciegos a la verdad…
Lo trivial y mundano es lo que realmente importa… ¿qué pasaron con las cosas que valen no por el precio que se le pueda otorgar sino más bien porque son importantes para el crecimiento del alma?
El corazón no tiene precio…o, ¿se le pueden colocar cifras a los sentimientos…?
Volviendo con lo anterior.
¿Qué será lo que desea aquella persona?
¿La ley del cambio equivalente se aplicará también a ella?
Y por último, ¿quién será el individuo que conceda aquel sueño?
El soñar y el desear…traen serios problemas.
El siempre pedir y obtener sin esfuerzo hacen al individuo flojo y materialista.
¿Dónde quedo las esperanzas del mejor futuro…?
Repito.
¿Existirá el final de este “sueño”?
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Era un verano demasiado caluroso. La gente salía a las calles con menudas prendas y faldas o shorts que apenas cubrían sus cuerpos. La vergüenza no existía prácticamente, lo único importante era apaciguar el calor. Las bebidas frías, los helados, las idas a las piscinas públicas…todo ello estaba permitido si era necesario para calmar la temperatura del cuerpo.
Caminando por las estrechas calles de la ciudad, doblando algunas esquinas, frente a un farol apagado y entre dos largos edificios; se encontraba lo que para la gente común era un terreno abandonado. Nadie había sentido la curiosidad de entrar a ese lugar. Sólo estaba ahí, ocupando un espacio en el ambiente.
Sin embargo, para algunos, la existencia de ese vacío, no lo era tanto.
Watanuki Kimihiro, es un joven el cual se destaca sutilmente como estudiante y como deportista. Es un muchacho como cualquier otro que vive enamorado de una joven de su escuela y que tiene una amistad-rivalidad con un antiguo compañero de la infancia. Trabaja medio tiempo en una tienda, hace cosas como arreglar, limpiar y hacerse cargo de los clientes. Tiene un jefe con el cual lleva una relación especial…etc, etc.
Si uno observa estas características desde un punto de vista objetivo, reconocerá que son cosas que haría un muchacho común…Pero, Watanuki no es un muchacho común, no trabaja en una tienda como cualquier otra y…su jefe está por encima de lo que se conoce como normal.
De belleza intoxicante, atrevidas ropas y de extrañas filosofías, Yuuko Ichihara se encargaba de hacerle la vida un poco más divertida a su querido empleado. Además, él le cocinaba, servía de mandadero y cumplía sus caprichos aunque fuesen a altas horas de la noche.
El muchacho, pese a su carácter explosivo y contundentes palabras, hacía lo que se le pedía. Y, muchas veces ganaba algo a cambio. Talvez un poco más de experiencia y sabiduría sobre la vida que la misma Yuuko casualmente quería mostrarle.
Fue así que, entre misión y misión, el jovencito de oscuros cabellos, se ganó la confianza de la hechicera encargada de cumplir los deseos. El estudiante pasaba mucho tiempo en la tienda “fantasma” y hasta había veces que se quedaba a dormir. Hecho que se volvió mas común a medida del tiempo. Todo bajo el consentimiento y, quizá, gusto de la bruja.
Fue en una de esas misteriosas noches, en las que se quedaba, donde sucedió.
-.-.-.-.-.
No podía volver dormir. Había tenido un sueño que ni los adivinos podrían descifrar. En aquel sueño, su cuerpo era envuelto en finas telas transparentes, que al contacto con su piel se adherían formando una segunda epidermis. El “yo” de su sueño, permanecía inerte, expectante y gustoso de ser enrollado en tan deliciosa tela. Además una fragancia lo endulzaba y lo hacía sonreír a medida que era asfixiado por su nueva piel. Pronto aquella tela desapareció para dejar un rastro de mariposas que revoloteaban a su alrededor divertidas, el sonreía complacido y feliz. Sin embargo, no era el sentido del sueño lo que lo mortificaba, sino la sensación de satisfacción que sintió. Un sentir que lo completaba.
Al despertar, el vacío, en su ser, cayó cual agua helada.
Un viento gélido recorrió su cuerpo. Sus ojos vacilaron en el techo, su mente trabajaba en alguna respuesta, inquietud que jamás tuvo pero que quisiera volver a experimentar. Nostalgia a esa suave textura tocar su cuerpo.
Se sonrojó y no sabía con exactitud el porqué.
Se incorporó del futón en donde estaba echado. Sus cortos y dóciles cabellos cayeron a su frente, aún se encontraba taciturno. Una mano se encargó de sacarlos de ahí, rozando otros de su ansiosa cabeza.
-“Talvez Yuuko-san pueda ayudarme con esto”- pensó estando allí. Sonrió con ironía al imaginar el rostro de la susodicha y su mística forma de explicarle el sentido de las cosas. Siempre entendía al revés, necesitaba experimentarlas para comprenderlas…porque a veces la teoría no lo era todo.
Se levantó con dificultad, su cuerpo se sentía pesado y su vista, un tanto borrosa. Se arregló la holgada yukata y volvió a posar su mano en su sien. Dolor. Punzante y constante.
Caminó por los pasillos, sus ojos se perdían en la oscuridad de estos y sus oídos se agudizaron ante el repentino crujido que se escuchó de repente. Dirigió su vista hacia la procedencia del sonar pero este había cesado, perdiéndose también en la negrura de los pasillos de madera hueca.
Movió su cabeza a ambos lados, negando lo que claramente había oído. Pero, sin rodeos, que suceso extraño no había percibido desde el día que nació. Un simple “ruido” no era algo para asustarse ni para estar alarmado.
O quizá sí.
A veces lo oculto, lo desconocido, es más atemorizante que aquello que se nos muestra con una forma.
Volvió en su andar, dirigiéndose a la habitación con motivos de mariposas inscritos en ella. Cuando estuvo parado frente a la puerta corrediza que separaba la grandiosa estancia de aquel lugar lleno de extrañeza y misterio, dudó.
¿Estaría despierta?
Era muy probable que la mujer de hipnotizantes ojos estuviese dormida. Watanuki recordaba que antes de acostarse, la hechicera lo había mandado a comprar una cantidad considerable de bebida y, lo que más le asombró fue que la mujer se acabó el licor en menos tiempo de lo que le tomó a él comprarlo y traerlo a la tienda.
-“Debe estar en pleno trance…”- pensó en ironía mientras que sacudía una mano vagamente en señal de “es un hecho”.- “Es mejor regresar…le preguntaré en la mañana.”.- con resignación. - “Tal vez, ya no halla necesidad” – terminó, cerrando los inciertos ojos y girando su cuerpo para marcharse.
Otra vez, el quejido corto se escuchó haciendo voltear el rostro al estudiante.
Tembló en sorpresa al notar que aquel sonar provenía de la habitación de la hechicera. Tragó saliva y dudó en acercarse, no era temor, no. Acercó la pálida mano al pasante de la puerta para poder abrirla, se olvidó de los modales occidentales y su curiosidad predominó.
Un golpe seco le hizo parar en su acto.
Pareciera como si un objeto pesado hubiese caído, por la fuerza de gravedad, chocando estrepitosamente en el suelo de madera reluciente. Su mente creaba suposiciones con rapidez y temió lo peor. De golpe, deslizó la puerta de decorados de mariposas y la oscuridad lo recibió.
Ya no había más ruido.
Un silencio de ultratumba, como si ningún alma rondase en aquel espacio, como si las mismas ánimas se negaran a asomar sus traslúcidas esencias por el temor, no existente, de conocer lo que ese lugar guardaba en las cortinas negras dominantes de la habitación.
Kimihiro la buscó con la mirada. Deseaba encontrar alguna señal de la mujer. Ansiedad.
Sus labios no articularon palabra alguna y ni siquiera un suspiro fue liberado cuando la encontró.
Bajo un rayo de una escurridiza luna, notó el perfil divino de la criatura de largos y lisos cabellos negros. Estaba sentada con una postura casi rígida, cabizbaja y silenciosa. No era la usual fémina que lo recibía después de la escuela u ordenaba la cena con intrépido ánimo.
No era Yuuko en absoluto.
Quedó estático esperando la reacción de la bruja, pero esto sería en vano.
La mirada oscurecida de la mujer observaba con sumisa admiración lo que parecía ser un espejo de corte antiguo y oriental. Una mueca de tristeza fue vista en los rojizos labios.
-¿Yuuko-san…? – habló, al fin, con preocupación el muchacho de cabellos azabache. Con tranquilidad, la persona hablada cerró los ojos y los dirigió hacia quien le dirigía palabras.
Notó con agrado, el temor en ellas.
-Watanuki, ¿se te ofrece algo? – preguntó en sutil tono. Aquello ocasionó que el muchacho se extrañara aún más.
Fijó sus ojos de ambiguo color a los rectos de ella.
-Creí haber escuchado un ruido, ¿todo está bien, Yuuko-san? – dijo, sus ojos ahora no sólo observaban a la mujer de tez blanquecina sino al curioso objeto que traía en sus manos.
Los finos ojos de la bruja de las dimensiones se entrecerraron.
-¿Te parece que algo estuviera mal? – contestó con sublime tono, claramente notando el creciente interés del muchacho en lo que ella traía. El chico la miró confundido. Yuuko dibujó una suave sonrisa en sus labios- Todo está bien, Watanuki.- habló, tranquilizando un poco la mirada extrañada.
-Que…que bueno.- volvió a notar el espejo.- Yuuko-san, ¿y eso?
La mujer apretó el circular objeto contra sí.- Un pequeño pero querido recuerdo de una persona que ya no está en este mundo y, talvez, en ningún otro.-contestó con leve melancolía fingida, provocando así el efecto deseado: Watanuki no preguntó más.
Los irises de distinto color miraron al suelo. Se había olvidado la razón de estar aquí.
-¿Pasa algo? – interrogó gentil la de largo cabello sin recoger.
Parpadeó tratando de recordar.
-Es muy atrevido de tu parte venir a la habitación de una mujer a estas altas horas de la noche, sabes.- comunicó con gracia, a la vez que colocaba un largo dedo en su mejilla. Mientras que las del susodicho intruso se coloreaban de una suave tonalidad rosada.
-¡No! ¡Se equivoca! ¡Se equivoca! Yo…! – se encontraba nervioso, fastidiado por el comentario burlón pero sentía su corazón latir con fuerza en su pecho por la sola idea de…-¡NO! – terminó agitado y con la faz aún más roja.
Yuuko se sorprendió por la reacción tan cómica de su empleado y rió abiertamente.
Esto, hizo que el muchacho la observara. Esa sí era la Yuuko que él reconocía.
-Te preguntaré otra vez, ¿Qué se te ofrece, Watanuki Kimihiro? – había recobrado el habitual tono y sus hechizantes ojos se apoderaban de los de él.
El intruso calmó su expresión cuando ella volvió preguntar, interrogante cuya respuesta estaba cubierta sutilmente en las arenas del olvido. Los ojos inquietantes de la bruja no se alejaban de la faz del muchacho de frágiles facciones, este abrió la boca para contestar con duda.
-Un…sueño, Yuuko-san.- dijo, desde su lugar en el marco de la puerta, si atreverse a pisar tan oscuro lugar.
La belleza divina dibujó una sonrisa en la esquina de sus largos labios.- ¿Y qué tiene eso de nuevo? – volvió a interrogar con falso interés.
Los ojos del empleado se entrecerraron.-Yo…tuve una sensación de…felicidad…- contestó un poco avergonzado, la hechicera le hizo un gesto para que entrara, cosa que el pasó por alto. Ella esperó que el muchacho continuara.- Pero, no es el mismo sentimiento que tengo cuando estoy con Himawari-chan o cuando mis habilidades…si poseo alguna… ayudan a alguna persona…, es más bien….-pero fue cortado por Ichihara.
-Es curioso…-una pausa.- como se colocan escalas, grados o valores a los sentimientos…-habló al aire.
El joven la examinó con confusión.
-Continúa.- le indicó con interés naciente.
-Yo…-dudó, pero aquellos ojos le insistían.- Era feliz.- repitió.- Feliz de que, una sustancia envolviera mi cuerpo, no permitiéndome respirar. Una tela tan suave y aromática, que yo caía en su embrujo…-habló.- Pero, no luchaba por salir de ella. No era mortificante.- señaló con énfasis lo último.- Más bien, me sentía…satisfecho…- un rubor ligero paseó por su rostro, esperaba que la que concede deseos no lo notara.
Pero nada escapa al ojo experto de la mujer galante.
-Te sentías bien, dices.- indicó la mujer a lo obvio.- Entonces, si era un sueño tan placentero, porque vienes a mí?
Kimihiro miró el suelo por un momento.- Porque pensé que Yuuko-san podría explicarme la razón de mi felicidad…
Ella esbozó una sonrisa misteriosa.
-Nadie se conoce mejor que sí mismo, Watanuki.- habló la hechicera desde su posición. Su largo cabello bailaba suavemente alrededor de su cuerpo delgado.- Me pides que lea tu corazón y te explique de sentimientos…cosa que lo puedes hacer y gratis, por tu cuenta.
El de diferente color de ojos volvió a posar sus ojos en la mujer de amplia sonrisa pero a veces una muy triste.
-Lo…sé…-contestó un poco decepcionada de haber ido por gusto a la habitación de aquella dama.
Yuuko le miró.
-Watanuki, acércate.- le indicó con la voz suave. El muchacho dudó pero no tardó mucho en ir a donde ella le había dicho. Tomando asiento a su lado.
Podía percibir en el ambiente, aquel perfume que emanaba del cuerpo de la bruja. La miró de reojo, encontrándose con ese espejo que ella antes le había evitado hablar.
-A veces, se requiere examinar los sueños de una manera tan poco profunda.- la voz suave pero intrigante le sacó de sus pensamientos, haciéndole virar la vista hasta el rostro de la mujer.- Si cavas mucho en la arena de las experiencias, es probable que en vez de encontrar verdades y sabidurías, tengas obstáculos que harán que acumules preguntas y cansancio. Tantas serán, que tendrás que volver al principio y empezar a cavar de nuevo, volviéndolo un ciclo interminable.- Respiró, mirando la luna que estaba en lo alto de la oscura noche. Tan plateada, tan divina. Cerró los ojos como si estuviera meditando.- Pero, si tan sólo nos fijáramos en la superficie de la arena, veríamos en sus granos lo necesario para encontrar la verdad. Reuniendo cada fragmento de aquella arena, examinarla y ver que en cada uno hay lo necesario para llegar a un fin, lograríamos acumular lo necesario del saber, y veríamos más claramente que estar cavando en ella con la dulce espera de encontrar con rapidez lo que se anda buscando.
Kimihiro Watanuki nuevamente no entendía a lo que se estaba refiriendo aquella mujer del holgado kimono.
-Dime, Watanuki.- sus ojos negros le miraron intensos y el rostro fino de la de largo cabello negro se iba aproximando al del muchacho. Ambos ojos de diferente color del escolar, ámbar y azul, brillaban constantemente.- Tienes algún apuro en encontrar el sentido de tu sueño? Hay…alguna razón en especial que te haga querer indagar hasta saber una respuesta? O, es sólo curiosidad…lo que te ha hecho estar aquí sentado al lado mío.
-Yo creo…- la piel clara del muchacho se estremecía por la cercanía de esa mujer a su rostro. Pero se mantuvo quieto, esfumando su nerviosismo y concentrándose en lo antes dicho para él.- Creo que si es un sueño que he tenido, uno feliz, cosa que no los he tenido en mucho tiempo, es importante.- soltó con franqueza.- Es importante saber que significa. Para mí…sería…sumamente…importante, Yuuko-san.
La mujer se detuvo y contempló los ambiguos ojos del de cabellera corta negra, sonrió con exquisitez.
-Como gustes, Watanuki.- colocándose de nuevo en una posición correcta, acarició el marco de aquel espejo circular.- Pero, como ya te lo he mencionado antes, yo no puedo darte aquello que ya tienes.
-¿Que ya poseo, dice? – confundido, Kimihiro preguntó.
-Conocimiento, claro.- respondió ella con gracia.- Puedes examinar por ti mismo y encontrar sentido a aquello que buscas.- aclaró con sonrisa en su rostro.
-En otras palabras…- habló cansado el muchacho.
-Que esta charla es una sentido, jojojo – comentó divertida la mujer, riéndose en la cara enfadada de su temperamental ayudante.
-¡Eso no es gracioso, Yuuko-san!- exclamó el muchacho a su lado. Ella siguió riendo como era habitual. El escolar le quedó viendo fijamente, extrañado y con melancolía. Los cabellos largos de la mujer que caían por el pecho de la mujer, cubrieron la superficie del espejo que las delicadas manos sujetaban con empeño. Recordando las palabras antes dichas por la mujer, sintió una opresión en su corazón: “Un pequeño pero querido recuerdo de una persona…”
Pensó, cuando vio el objeto, que era una de las tantas cosas que ella había tomado posesión por uno de los muchos deseos que ella concedía. Sin embargo, estaba en su habitación. Él sabía que aquellas cosas eran guardadas en uno de los almacenes de la tienda. Acumulados en pilas y que a él le costó tanto ordenar. Habían varios objetos sin valor aparente y extraños que ella había ido pidiendo a cambio de la realización de lo que querían las personas. Pero, ninguno de esos raros tesoros eran encontrados en sus aposentos. Sólo aquello que en realidad valían para ella, se encontraban allí.
Así que supuso, que quién le hubiese dado ese espejo, fue muy querido por ella. O…
-…ella tal vez fue muy querida por alguien.- pensó con extraña tristeza. Sus ojos se debilitaron en su color y se ensombrecieron.
La divina mujer le observaba de reojo.
-No crees que las estrellas están más cerca esta noche? – enunció para despejar de pensamientos molestos al de cabellera corta y oscura.
-¿Las estrellas? – miró al firmamento teñido de negro y con diamantes esparcidos sobre él.
Aquellos brillantes puntos en lo alto parecían, en verdad, estar muy próximos a ellos. Como si uno si pudiese extender la mano y tomar un puñado de estrellas entre sus dedos. Se veía tan hermoso. La luna completaba el cuadro colocándose en el medio de aquel espectáculo para amantes. Ambas personas quedaron enmudecidas al tener la oportunidad de contemplarlo.
Watanuki tenía un rostro que exclamaba ingenuidad al mirar al cielo. Yuuko sonreía con sutileza a aquella pintura en lo alto. El aire corrió meciendo ambas cabelleras. Él sintió frió. Un escalofrío recorrió su cuerpo haciéndole perder por segundos el embobecimiento que aquella maravilla le había concedido. Se abrazó a sí mismo para resguardarse. El iris de color ámbar miró a la doncella hechicera mientras que el azulino quedaba cerrado por el estremecimiento, se preguntó porqué ella no tenía frío…
Como si leyese su pensamiento, cosa que podía, “Ichihara” volvió su faz a él.
-Será mejor que vuelvas a dormir, Watanuki.
-Eh, si….- respondió el delgado hombre poniéndose de pie. Pero, antes de irse, se volvió hacia la que, estando de espaldas, aún observaba el firmamento.- No vas a ir descansar, Yuuko-san?
Un silencio.
-¿Yuuko-san…? – llamó el joven al creer que no había sido escuchado.
-Lo haré en un momento, Watanuki. Sólo…quiero observar esto un poco más.- contestó luego de haber callado unos pocos segundos.
El alto hombre le miró con asombro bañado en preocupación. Algo le pasaba a la hechicera, por mucha burla que hiciese o que sonrisas despreocupas dibujadas en el hermoso rostro mostrase, eran imposibles de ocultar aquel rasgo de tristeza y añoranza que ella se veía.
-Ve y descansa.- habló una vez más la de labios rojos.- Nos vemos en la mañana.- agregó.
-Sí…en la mañana.- repitió el que podía ver fantasmas y salió de la habitación.
De nuevo, aquel lumbral había quedado en silencio. Los pasos del antes intruso ahí, eran seguidos obedientemente por los oídos de la mujer que aún estaba despierta dentro de un cuarto a oscuras. Con la punta de sus dedos, acarició el marco tallado del objeto que posaba ahora en su regazo, luego la superficie del vidrio, más claramente, bordando con sus dedos su propio reflejo en el.
-Falta muy poco para el fin.- musitó a su yo en el espejo.- Yo…ya no puedo interferir más en los sueños de ese joven.- volvió a hablar con seriedad.- Watanuki debe ser capaz de lograrlo.- sus largas pestañas entrecerraron sus ojos.- Watanuki… ¿estarás listo para acarrear sobre ti el peso de las verdades de este mundo? Todos los sufrimientos…todo lo malo…la tristeza que te traerá…- su voz se entrecortaba con cada palabra, haciéndolas difíciles de pronunciar, como no queriendo que aquello que se pronunciase fuese a cumplirse.- Habrá…todavía algo que yo pueda hacer…? – meditó con aquella sublime seriedad que la caracterizaba en los momentos más terribles. Sus ojos se cerraron.
-Lloverá.
El cielo comenzó a oscurecerse, nubes de negro color cubrían el manto de estrellan, borrando aquella pintura que antes había maravillado a dos seres. Escasas gotas de lluvia comenzaron a caer. Pocas al principio pero que con el tiempo acrecentaron en su cantidad. Aún con los ojos cerrados, Yuuko podía escuchar como las gotas de agua caían en el gras, tan rápidamente, tan continuas…, volviéndose charcos.
-Cuando sea el momento perfecto, la lluvia será aquello que limpiará los rostros llorosos por la infinita tristeza y desesperación…o, será aquel llanto de felicidad y de completa satisfacción…- cuestionó.- El futuro puede ser cambiado si hay un corazón que sea capaz de aguantar lo que ello trae.
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Siguió lloviendo, desde otro lugar, una delgada figura observaba aquello con indiferencia, cuyos pensamientos estaban sumados en lo que un producto de sus fantasías había logrado emerger, situando sus acciones en un sueño.
-Yuuko-san no me va ayudar esta vez -
Una sonrisa de falsa comprensión se mostró en sus labios.
-Aunque es mejor…no puedo estar contando con Yuuko-san para siempre…- volvió a hablar, su pesar se hacía evidente.
Se recostó en su futón dispuesto a conciliar nuevamente el sueño, pero la figura femenina volvía a su mente, obligándolo a pensar en ella. En su rostro, en sus labios, en los cabellos que caían por su espalda y se dispersaban por el suelo, de aquella expresión tan poco común en ella y las misma palabras que le confundían desde la primera vez que la vio.
-No debería llover ahora…eso sólo deprime a uno aún más.- se quejó, uno de sus ojos miraba a una ventana. La lluvia no cedería a sus quejas con sólo enunciarlas.
Giró, dándole la espalda a esa molesta agua. Sus labios estaban en una curva caía y sus cabellos cubrían sus mejillas con suavidad. El rostro fino del muchacho trataba de hallar alguna explicación…tanto se estaba abordando en ella que ya se le estaba olvidando el porqué había ido a la habitación de la dama en primer lugar.
Yuuko Ichihara, su persona siempre le traía intrigas.
Pero, que cosas exactamente sabía de ella como para poder decir que la conocía.
No sabía ni su nombre verdadero…
Sabía que era una haragana, alcohólica y que disfrutaba de la buena comida.
Una bruja astuta que pedía algo a cambio de ejercer lo que sabía hacer mejor que nadie.
Una persona que lo había introducido más en aquel mundo que precisamente él trataba de huir: el sobrenatural.
Una mujer que había logrado engañarlo millonarias veces para lograr que hiciese algo que iba contra su voluntad.
Pero que a pesar de todo, se había vuelto una persona muy importante en su vida. Sería correcto decir, que fue ella quien hizo de su rutinaria y aburrida vida, una más interesante y provechosa. Había aprendido muchas cosas acerca del vivir: las emociones, los sentimientos tanto positos como negativos, los actos humanos…los no humanos también. Poco a poco, también, había él aceptado ser envuelto en ese mundo. Conocer más sobre sí mismo y…crecer un poco cada día.
-El yo de ahora…no es el mismo que hace unos meses, semanas, días, horas, minutos, segundos…atrás.- reflexionó mirando la pared de aquel espacioso cuarto.- Nadie puede explicar mejor mis sentimientos que mi yo de ahora.
Regresó entonces a meditar sobre aquella fantasía que lo había llevado a ir al cuarto de la hechicera. Aquel aroma que percibió de ella y que encontró tan encantador pero tan familiar era parecido con el cual había soñado. Una fragancia que lo hizo sonreír y querer hundirse en ella. Llenar sus pulmones, vaciar el aire y contaminarlo con ese adictivo aroma. Hundirlo en la frescura de ser asfixiado por tal intoxicante veneno…pero sería una muerte feliz.
¿Qué muerto muere feliz?
¿Aquél que ha vivido por más tiempo?
¿Aquél que ha encontrado el amor?
¿Aquél que, como él, después de haberse sentido tanto tiempo perdido y solo, encuentra brazos que lo abrigan y le motivan a vivir cada día, llenándolo de risas o de tristezas,…?
¿Aquél…que ha aprendido a vivir es aquél…que puede morir feliz?
¿Aquél que amó la vida a plenitud es capaz de dejarla sin remordimientos?
Sonrió.
-He encontrado mi motor de la vida.- susurró.
Aquella mujer le ha entregado sin pedir nada a cambio la experiencia para poder apreciar el estar vivo.
Haber conocido personas como Kohane-chan, la abuela de la adivinación, el zorrito y su padre, la dulce fantasma de las montañas, la malhumorada pero dedicada fantasma de la lluvia, su amigo de escuela y mayor rival, Doumeki; también superó su nerviosismo al hablar con la muchacha que consideraba un encanto, Himawari-chan….Maru y Moro, la mokona Negra…tantas personas y entidades mágicas que le habían enseñado un poco más…
Y claro está, ella.
La bruja de las dimensiones con la cual hizo un trato. Trato en el cual el prestaría sus servicios con la condición que ella se encargase de desaparecer esa particular cualidad de ver fantasmas y apariciones que él poseía…
Condición que ni él mismo estaba seguro que quería que se cumpliese.
Gracias a esa particularidad en él, había logrado todo lo que es ahora.
Gracias a haberlos conocido, él era la persona que es en ese momento.
Si “eso” desapareciese, es muy probable que nada vuelva a ser igual.
Cerró sus ojos, cansado de pensar. Se acurrucó en el blando futón y subió la cobija hasta tapar parcialmente su rostro. Sentía frío nuevamente, la lluvia acarrearía un cambio de clima a la ciudad. Porque, si bien estaban en verano, pronto las temperaturas bajarían, llegaría una nueva estación y los colores del cielo cambiarían…
-Los días cambian y yo con ellos.- pensó.
Cuando quiso volver a tratar de pensar sobre su sueño, el cansancio le venció y no pudo ejercer más pensamientos que no sean la mueca de tristeza que una hechicera le mostró en la oscuridad.
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Pasaron una par de horas, las suficientes como para que la lluvia parase y sólo dejase pequeños, grandes charcos de agua sobre el césped como recuerdo de su presencia ahora pasada. Tejado de la tienda estaba empapado y de sus bordes, agua goteaba. El ambiente era uno gris y el viento corría libremente por los pasillos de la misteriosa casa. Sólo dos entidades de la casa se habían percatado del inicio exacto de la lluvia, los otros aún continuaban un sueño sin interrupciones. De aquellas dos personas, sólo una había conciliado entras al mundo de lo posible.
La otra persona, estaba aún despierta. Había admirado la lluvia caer desde un principio hasta su final. Orfeo no venía por ella para llevarla a descansar. Ni había duende con polvos mágicos que la invitasen a cerrar los ojos…ella no dormía. No ese día.
En la habitación al final del corredor, con la puerta de motivos de mariposas, oscura cual templo, ella estaba de pie. Aquel redondo objeto aún estaba en sus manos. Yuuko, caminó, despidiéndose de aquel paisaje que le había sido de acompañante lo que duró de la noche, y posó el espejo cerca de un lugar parecido a un altar.
-Mokona…-susurró al espejo.- Que lo que queda del viaje de esos niños, no sea más que venturas y no desgracias.- habló a la superficie que reflejaba su imagen.
Dando la espalda a ese sitio, se alejó de él. Caminó por los pasillos de su tienda, los recorrió como hacía diariamente y se detuvo frente a la habitación de su empleado. Joven hombre que le había interesado en más de una manera. Sabía que si quisiera o no conocerlo, el destino se habría de encargar que su encuentro se aproximase con rapidez. Ella ya le había explicado eso a él, que estaba destinado que Watanuki Kimihiro llegase a ese lugar.
Su destino le había apuntado a Yuuko, la Bruja de las Dimensiones…, y ella se sometió a lo dicho.
Pero, estaba agradecida por haber conocido a ese joven de explosivas reacciones y sonrisas esporádicas. Serias miradas que le eran lanzadas y que ella ágilmente había eludido con risas o frases para irritarlo más. Le era divertido tratar con él porque…así el destino lo dijo.
Eran compatibles, de muchas maneras nuevamente.
Colocó su mano sobre la puerta corrediza, pero no la movió. Su rostro era impasible y tranquilo. Sus ojos miraban el suelo y sus labios rojizos estaban cerrados fuertemente.
Sin embargo, dejó escapar un suspiro. Como si el alma estuviese cargando un terrible peso…
Abrió la puerta sin llamar.
Y lo encontró durmiendo.
Sonrió.
Sigilosamente, se acercó a él. Su largo kimono rozaba contra el suelo, su caminar era uno con gracia y seductor, como si se tratase de una amante entrando en el lecho de su persona amada. Tomó asiento a un lado del futón y observó el rostro sin el ceño fruncido del de ojos, ahora cerrados, de colores diferentes.
Se veía en paz. Sin que hubiese algún miedo que corrompa ese estado de tranquilidad tan sublime que en él se manifestaba. Tan relajado, tan inocente,…ingenuo y amable…inclusive en un rostro dormido, puedes ver el alma de la persona en su perfecta forma. Un individuo con un sueño tranquilo es aquel que no posee pecados que esconder ni mentiras que disfrazar.
Watanuki Kimihiro era una preciosa persona a la cual nadie debería corromper.
Una preciosa esencia sin mancha la cual ella no podría teñir con los colores tan obscuros como su magia.
Eso, le atormentaba.
Una mano acarició con ternura una mejilla. Estaba tibio y su tacto era uno frío, estremeció al durmiente mas no se despertó. Ahora, el ver de la mujer era uno sin expresión, como si por sus ojos, lo más querido estuviese tan lejano. La melancolía y la ausencia de sentimientos estaban dibujadas en su bella faz.
-Yo ya no puedo interferir más de lo que ya he hecho.- un pulgar fino acariciaba con ternura esa superficie del rostro tan blanco.- Pero, confío…- susurró mirando los labios entreabiertos del joven.-…que este será, mi último regalo para ti…- con lentitud, la proximidad de sus rostros…se hizo nula.
Y lo besó en la mejilla.
Una caricia tan suave, tan tierna, tan amable pero que mucha pena.
Pena que luego carcomería sus noches.
Le besó hasta que ella sintiese que no estaba excediendo con lo permitido por el destino.
Cuando supo que ya debía separarse, lo hizo: liberó aquella mejilla adolescente de los suyos.
Sonrió con decepción al notar que su beso no sirvió para despertar al “bello durmiente”, suficiente prueba que señalaba que su destino no era el de estar juntos. Separó unos molestos flecos de cabello de la frente del joven hombre y la acarició con la misma ternura antes dada a la mejilla ahora solitaria.
-La próxima vez que hablemos de sueños, será en uno, Watanuki.- soltó lentamente y de bajo volumen.-Ya no seré aquella tela que te envuelve, porque sé que algún día no estaré ahí para protegerte…pronto, te dejaré…- abandonó su mano de la frente y la regresó a su regazo.- Pero, gracias por decir,…que eres feliz conmigo, Watanuki.- los negros ojos de la bruja brillaron y se entrecerraron.- Hasta ese momento,…sigue siendo como eres.-levantándose, antes de tocar la manija de la puerta, divisó una última vez el semblante dormido.
Opresión en el pecho.
Cerró la puerta tras sí. Abandonando la habitación del escolar escogido por el destino a que durmiese en aquel lugar perteneciente a la bella y esbelta dama mariposa, ya que fue con ella que su viaje comenzó, que su evolución tuvo un sentido.
Volvió a recorrer los mismos pasillos hasta llegar al lugar en que ella reposaba. Miró sus propios motivos de mariposas, figuras que la representaban perfectamente. Abrió la puerta y la cerró lentamente. Cuando estuvo cerrada, ella se dio vuelta, una mueca triste y vencida adornaba un rostro de sonrisa caída. Los largos cabellos negros caían en su pecho y algunos, atrevidos, se escabullían por lo holgado de su kimono.
Ese rostro digno de compasión y empatía, una facción que quien fuese que hubiera amado y abandonado, lo hubiese tenido.
Sonrió más, la mueca triste y abatida.
-Incluso, “eso” sucedió tal y como lo dijiste…Clow.- habló en tono serio pero divertido.
Miró nuevamente hacia ese lugar en el que había estado sentada por muchas horas, meditando acerca de lo que pronto se avecinará y de los efectos que tendrá en ese mundo. El como podría amortiguarlos sin cambiarlos totalmente. El como podría defender a su protegido hasta que llegase el momento de su despertar…
Amanecía. Cansada, fue hasta su amplia cama acolchonada y se dispuso a descansar por primera vez en mucho tiempo, ya que había hecho algo le había quemado en el pecho desde que supo de su existencia y que, quiera o no, tenía que hacer.
Ya que Destino así lo había predispuesto.
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El sol se avecinaba dispuesto a secar lo mojado por la lluvia. Aceras, calles, bancas de los parques, el mismo suelo o césped, terrazas de las casas o algún vehículo dejado por accidente y sin refugio. Incluso, animales que no pudieron encontrar donde resguardarse de la lluvia.
Watanuki ya había empezado ha hacer sus quehaceres desde que había salido el sol. Era día viernes, último de la semana y debía ir a clases temprano. Se dispuso ha hacer su desayuno, el de las niñas, el de Mokona y el de Yuuko-san, pero la ausencia de esta le preocupó.
Con Maru y Moro de acompañantes, fue hasta la habitación de su empleadora.
Tocó dos veces.
-Yuuko-san, el desayuno ya está listo.- llamó cauteloso.
No hubo respuesta. Tanto las niñas como Watanuki se miraron.
-Eso le pasa por acostarse tan tarde…todo por mirar las estrellas…-regañó el muchacho a la maestra de la brujería.
-¿Eh? – preguntaron las niñas tan parecidas pero tan diferentes.
-Olvídenlo.- habló, con las mejillas sonrosadas por vergüenza y torpeza.
-Yuuko no saldrá hasta el mediodía.- la voz de la Mokona negra, sorprendió a Kimihiro.
-¿Al mediodía? – Interrogó el joven.- Por qué tan tarde?
-Así ha dicho ella.- respondió la criatura parecida a un dulce.
-¿Cuándo te dijo eso? – volvió a preguntar.
-No te importa.- contestó rápidamente el animalito subiéndose al hombre del muchacho. Este enojado se quejó.
-¿¡Como que no me importa!?
-Todas mis palabras son de la misma Yuuko.- respondió audaz Mokona.- Y di yo digo que “no te importa” es porque ella lo dice.-siguió.
Watanuki miró con cólera al ser mágico pero, no tarde en calmarse.
-Debe estar preocupada por algo.- pensó.- Será mejor que descanse entonces.- habló para todos los presentes con él.
-¡Siii! – respondieron las encargadas de proteger la tienda, Maru y Moro.
-Ahora, ¡¡a desayunar!! También debes pensar ya en que harás para la cena Watanuuuuki…- habló la hermana de la Mokona blanca.
-Ya va, ya va. De ahí pensaré que hacer.- contestó resignado el muchacho de cortos cabellos negros y de finas facciones, yéndose con sus compañeros a terminar de comer.
Sin embargo, había algo que no lo dejaba tranquilo. Sus ojos se entrecerraron recordando ese “algo” que le inquietaba: otro sueño. Uno tan real que si no fuera por lo que es, lo consideraría un hecho fáctico: un beso otorgado por la mujer que tanto admiraba y que si tuviese alguna oportunidad, amaría.
Sus mejillas se entibiaron.
-Un sueño…o lo que desea mi corazón…-dudó.
Pero, este, seguramente sería un sueño que no podría contar a la hechicera de las dimensiones y dueña de gran potencial mágico: “Yuuko Ichihara”
-Algún día...¿ella me dirá su verdadero nombre…verdad? – pensó con esperanza a la medida que su figura se perdía en los pasillos en dirección a la cocina de la gran tienda.
-----
Detrás de aquella puerta corrediza, en una habitación perfumada y con objetos de maravilloso talle, en una amplia cama con velos, una mujer de apariencia joven dormía plácidamente.
Una delicada sonrisa adornaba aquellos labios que habían robado el primer beso a un muchacho puro.
Pero, más que nada, yo me pregunto…
¿Qué soñará…aquella que concede sueños…?
jueves, 6 de diciembre de 2007
Capítulo 175. Tsubasa Reservoir Chronicle español.
Sin más, os dejo el capítulo, disfrutad!
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